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Manuel Llamas

Zapatero S.A.

En el mercado libre cuando un empresario fracasa es únicamente su capital el que se resiente. Zapatero es un nefasto empresario, pero sus proyectos perduran en el tiempo porque preside una S.A. muy especial llamada Estado.

Manuel Llamas
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¿Se imaginan a Zapatero dirigiendo una empresa? Pese a tratarse de una utopía, la verdad es que los ejemplos sobre la valía emprendedora del presidente no faltan. De hecho, abundan por doquier. Si algo caracteriza a un empresario de éxito es, sin duda, su capacidad para descubrir una oportunidad de ganancia mediante la satisfacción de las necesidades del consumidor. Para ello ha de prever parcialmente el futuro, ya que arriesgará su capital para producir un bien o servicio con la expectativa de que éste sea demandado a un precio siempre superior al de su coste de producción.

Bajo esta premisa, Zapatero no tiene precio como empresario por ser éste, simplemente, nulo. Sus iniciativas emprendedoras han obtenido un rotundo fracaso. Y no me estoy refiriendo al desastroso conglomerado de empresas públicas (estatales, autonómicas y locales) que arrojan pérdidas mil millonarias año tras año a costa del sufrido contribuyente sino a la innata capacidad del presidente para orientar, a golpe de talonario público, la producción de determinados sectores hacia proyectos ruinosos.

Por poner tres ejemplos, cabe destacar el fiasco de las energías renovables, el desastre de la vivienda pública (VPO) y el ridículo del coche eléctrico. La política energética verde impulsada por el Gobierno supone más de 6.000 millones de euros anuales en subvenciones y ha terminado por configurar un sistema eléctrico enormemente costoso, caro e improductivo. No obstante, el déficit tarifario sigue creciendo al tiempo que la factura que paga la industria española es un 17% superior a la media europea. Hasta el ministro de Industria entona ya el mea culpa. El problema es que el daño ya está hecho y se materializará en nuevas subidas de luz e impuestos.

Por otro lado, el Ejecutivo insiste en invertir dinero público en la construcción y alquiler de viviendas en un momento en el que España cuenta con cerca de 1,5 millones de pisos nuevos a la venta. Lejos de dar marcha atrás, la ministra del ramo, Beatriz Corredor, señala que "ahora el Ministerio de Vivienda tiene más sentido que nunca". El Estado sigue destinando miles de millones a levantar pisos y a financiar promotores, es decir, a despilfarrar los escasos recursos de los españoles. Además, Corredor afirma que "la Sociedad Pública de Alquiler (SPA) ofrece un servicio único". ¡Y tan único! El Gobierno mantiene en pie una inmobiliaria técnicamente quebrada desde 2008.

Pero algunos no aprenden. El coche eléctrico es la última gran visión de Zapatero. El Gobierno prevé la matriculación de 250.000 vehículos de este tipo hasta 2014. Mucho van a tener que crecer las ventas, ya que en lo que va de año apenas se han cerrado 16. ¿El coste para el contribuyente? 8.400 euros por unidad.

Todo ello pone en evidencia la nula visión emprendedora de Zapatero. El Gobierno invierte cantidades ingentes de dinero público en proyectos empresariales (energéticos, inmobiliarios, automovilísticos y un largo etcétera) que el mercado o bien no demanda o bien no está dispuesto a asumir a ese precio. Estas particulares empresas no existirían sin la inyección de dinero público, muestra inequívoca de que no son necesarias. Lo grave, sin embargo, es que siguen en marcha, ya que su éxito o fracaso no depende, en última instancia, de la soberana voluntad del consumidor sino del político de turno.

Y ello gracias a que el coste de sus errores lo asume íntegramente el contribuyente (con su dinero) y el consumidor (con un servicio deficiente y un precio elevado). En el mercado libre sucede justo lo contrario: cuando un empresario fracasa es únicamente su capital el que se resiente. Zapatero es un nefasto empresario, pero sus proyectos perduran en el tiempo porque preside una S.A. muy especial llamada Estado, en la que todos los que pagan impuestos son accionistas de forma obligatoria y coactiva.

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