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'Benghazi-Gate'

Durante dos semanas la Administración norteamericana se dedicó a la manipulación y el encubrimiento.

Manuel Pastor
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Aunque la expresión Benghazi-Gate viene rondando desde finales de septiembre (yo mismo la usé en mi artículo "Obama contra la Constitución"), tras el atentado terrorista del 11-S en Bengasi (Libia) que causó la muerte a cuatro ciudadanos estadounidenses –entre ellos el embajador Christopher Stevens–, el pasado día 9 Sean Hannity tuvo de invitado en su programa de la Fox a un personaje bien especial que le dio sanción simbólica. Me refiero al veterano y superfamoso reportero del Watergate Bob Woodward.

Es significativo que Woodward haya aparecido (creo que ya van dos o tres veces) en la Fox, concretamente en el programa más conservador, Hannity, que para los progres es el de los fachas. Yo no soy precisamente un fan de Woodward, pero le reconozco olfato político, y ahora debe de haber olido alguna smoking gun en la Casa Blanca.

La situación, según las informaciones que van aflorando, es la siguiente: veinticuatro horas después del atentado, el Gobierno de Obama ya sabía –por informes de la inteligencia– que se trataba de un acto terrorista; sin embargo, entre los días 13 y 15 el propio presidente, la secretaria de Estado –Hillary Clinton–, la embajadora ante la ONU –Susan Rice– y el secretario de prensa de la Casa Blanca –Jay Carney– engañaron a la opinión pública apuntando a una revuelta espontánea motivada por un oscuro video anti-islámico. Todavía el día 25 Obama insistió en la mentira ante la Asamblea General de la ONU. Es decir, durante dos semanas la Administración norteamericana se dedicó a la manipulación y el encubrimiento (cover-up).

El presunto cover-up del presidente Nixon en el Watergate, asunto infinitamente menor y sin muertos (¿alguien sabe o se acuerda del motivo de la intrusión en el complejo de apartamentos Watergate?), dio lugar a un proceso de impeachment y a la dimisión motu proprio del propio Nixon..

El motivo del impeachment contra el presidente Clinton –cometió perjurio para ocultar su aventura con la becaria Monica Lewinsky– resulta casi infantil comparado con el Benghazi-Gate.

El asunto está ahora donde debe estar: en manos de una comisión de investigación del Congreso, bajo la supervisión del valiente representante por California Darrell Issa, republicano, quien ha llevado también otro caso de encubrimiento en el que el presidente ha invocado el "privilegio ejecutivo" para proteger a su secretario de Justicia: se trata del asunto Fast and Furious, operación fallida de inteligencia con venta de armas a narcotraficantes y muertos (dos agentes estadounidenses y centenares de mejicanos) de por medio.

Obviamente, la intención de la Administración Obama era ocultar los hechos al menos hasta después de las elecciones del 6 de noviembre, por el posible daño que pudieran ocasionar al presidente. Pero la cuestión de fondo es que el Benghazi-Gate representa el fracaso de la política exterior anunciada en El Cairo en mayo de 2009. La primavera árabe ha degenerado en un invierno islamista. Obama se ha negado, contra toda evidencia, a reconocer que los Estados Unidos y las democracias occidentales siguen en guerra mundial contra el terrorismo (exterior e interior), y que Al Qaeda, pese a la muerte de Ben Laden, sigue viva, y particularmente activa en Libia.

Creo que no exagero al afirmar que las carreras de Hillary Clinton y Susan Rice han quedado gravemente dañadas. Otros ya abandonaron el barco (el director nacional de Inteligencia, almirante Denis Blair; el consejero nacional de Seguridad, general James Jones; los jefes de staff de la Casa Blanca Rahm Emanuel y William Daley), hartos de la incompetencia de los responsables de la seguridad nacional (James Clapper, Tom Donilon, John Brennan) o de la camarilla ideológica que rodea al presidente en cuestiones de política exterior (David Axelrod, Mark Lippert, Denis McDonough, Samantha Power y, sobre todo, la más influyente, radical e incompetente Valerie Jarrett, amiga íntima del matrimonio Obama).

Durante el desastroso debate con Mitt Romney del pasado día 3, Obama estaba como ausente. El idiota obamita Bill Maher, que ha donado un millón de dólares para su reelección, se preguntaba con sarcasmo si el presidente necesitaba del teleprompter o se había gastado su millón en marihuana. Hoy sospechamos que su mente estaba probablemente en el desastre de Bengasi y las consecuencias de su abandono del liderazgo mundial, lo que eufemísticamente sus corifeos han denominado lead from behind.

Para el colmo, el pretexto del infame video (Greg Gutfeld ha insinuado con razón que Obama es responsable de incitar a las revueltas de las masas islamistas... que ni siquiera sabían de la existencia del video) ha llevado al propio presidente a proponer la censura para las críticas a la religión islámica, patética propuesta que invita a vulnerar la Primera Enmienda de la Constitución. Nunca se le ocurrió cosa semejante ante los reiterados insultos y ataques de las izquierdas progresistas contra el cristianismo, y en particular contra la Iglesia Católica, a propósito de su rechazo del aborto y del matrimonio gay.
 

Manuel Pastor, director del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid y presidente del Instituto Conde de Floridablanca. 

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