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Marcel Gascón Barberá

Ayuso frente a la izquierda

El Gobierno y sus terminales mediáticas la atacan e intentarán humillarla y hundirla, sin renunciar a la violenta misoginia que reservan a las mujeres brillantes de la derecha.

Marcel Gascón Barberá
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El Gobierno y sus terminales mediáticas la atacan e intentarán humillarla y hundirla, sin renunciar a la violenta misoginia que reservan a las mujeres brillantes de la derecha.
Isabel Díaz Ayuso, en la misa de homenaje a las víctimas del covid-19 celebrada en La Almudena | Comunidad de Madrid

No hay en el panorama político español de hoy una asimetría tan grande como la que resulta de poner en el mismo plano a la presidenta de la Comunidad de Madrid y a la izquierda gubernamental y mediática que la ataca.

Isabel Díaz Ayuso no solo fue pionera en pedir medidas cuando las ministras saltaban por las calles de Madrid en su fiesta anual de despedida de soltera y el virus se expandía por España a la velocidad que ya se conocía de Italia. Desde que el Gobierno se vio obligado a hacerle y le dejó hacer lo que pedía, Díaz Ayuso protagonizó una gestión modélica por su eficacia, claridad y transparencia.

Mientras el engolado presidente Sánchez se parapetaba detrás de la censura de Oliver, y sigue sin dar entrevistas desde que se declaró el estado de alarma, una Ayuso enferma y con signos evidentes de estar agotada atendía uno tras otro a los medios desde su cuarentena para informar con rigor y sentido común del trabajo para armarse frente a la pandemia. Aunque el poder de movilización de la Comunidad de Madrid sea una insignificante comparado con el del Estado, Ayuso le robó el foco al siempre titubeante y superado Gobierno de España. Lo hizo a la hora de comprar y traer a España material de protección adecuado, y con el colosal despliegue de medios y esfuerzos con que la región más afectada de España respondió a la urgencia de camas construyendo el hospital de Ifema.

Aunque el Gobierno tomó formalmente el mando de todas las Administraciones para centralizar la gestión, Ayuso sentó una vez más ejemplo abrazando y coordinando la contribución del sector privado, tanto a la contención de la pandemia como a paliar su impacto sobre la gente.

Por mucho que la insulten los intelectuales orgánicos y la amenace el matón del chalet con su su pose más cruda, no somos pocos los que no olvidaremos todo esto.

Como no olvidaremos cómo Ayuso se rompía la cabeza para traer mascarillas y el mismo Gobierno que ha creado escasez de todo las retenía en la aduana arguyendo formalidades burocráticas que ellos se saltan a diario con la misma naturalidad con la que desprecian las leyes.

El falso escándalo de Telepizza, en que hemos visto indignarse a gordos de McDonald’s diario como Maestre porque los niños coman pizza una vez a la semana, fue un ejemplo más de lo mismo. Con imaginación y flexibilidad, Ayuso había encontrado una solución a un problema. Pero la izquierda del escudo social (que más que un escudo es una camiseta de manifa con su lema) quiso abortarla para atacar a Ayuso a costa de los niños que necesitaban los menús.

El último ejemplo de su apabullante superioridad sobre este Gobierno que se esconde detrás de un panel de expertos anónimos para no asumir la responsabilidad de lo que hace lo dio esta misma semana en el programa de Federico.

Ayuso anunció que su Gobierno eliminará los trámites legales que retrasan durante meses los proyectos de construcción y agilizará el proceso para cambiar un establecimiento de finalidad de uso, de manera que pueda adaptarse a las circunstancias de la desescalada sin que el dueño pierda dinero o tenga directamente que cerrar mientras espera.

La audacia de estas propuestas es justo lo que necesita España para remontar la debacle económica. Pero el Gobierno solo contempla convertir a millones en dependientes, financiando el gasto con la caridad europea y subidas de impuestos que pronto podrán pagar muy pocos, mientras redobla la vieja política de intimidación a lo privado de quienes ven en todo empresario un ser sin escrúpulos que disfruta despidiendo.

Ayuso ha hecho todo esto sin dejar de defender su gestión y responder a las trampas demagógicas de la izquierda con el desparpajo y la falta de complejos a la que ya nos tiene acostumbrados.

Por ello el Gobierno y sus terminales mediáticas la atacan e intentarán humillarla y hundirla. Con todos los instrumentos a su alcance, incluido el enorme poder de fuego de las instituciones del Estado que van capturando y el manejo político de las fases de la desescalada a costa de la recuperación del motor económico de España. Y sin renunciar, por supuesto, a la violenta misoginia que reservan a las mujeres brillantes de la derecha.

Como nadie ignora, la dimisión de la directora de Salud Pública es simplemente un pretexto para abrir la veda contra el político al que más temen. (Cuando terminaba de escribir este artículo, por cierto, Pablo Casado aún no había salido a apoyar a Ayuso).

En primer lugar, la dimisión de Yolanda Fuentes es un raro signo de normalidad democrática en el clima de adhesión dictatorial impuesto por presuntos expertos que bailan al ritmo cambiante que impone el Gobierno al tiempo que critican a los medios y se aplauden a ellos mismos en los conciertos. Pero es que además Ayuso no hizo nada mal al supeditar el bien de la contención del virus y de la salud pública al de la recuperación económica y de las libertades. Como dijo el exministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble en una reciente entrevista en ABC,

no debemos dejar las decisiones únicamente en manos de los virólogos, sino que debemos tener en cuenta también los efectos económicos, sociales, psicológicos y de otro tipo.

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