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El silencio de las cacerolas

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Faltan pocos días para el 27 de abril, la fecha en que los argentinos elegirán a un nuevo presidente. Y ya no se escuchan los golpes de las cacerolas que durante el 2002 fueron el icono de protesta de la sociedad civil argentina contra la corporación política. Lentamente los argentinos han regresado a sus rutinas, intentando curarse las heridas que les dejaron dos años de crisis aguda, con la plata atrapada en los bancos, sin trabajo y mucho más pobres que antes.

No es que la crisis haya pasado, en estos primeros meses del año la economía aún no muestra señales claras de reactivación tras la importante caída del 11% del Producto Bruto Interno en el 2002. Y parece difícil que la debilitada producción industrial, que en los dos últimos años retrocedió a niveles de 1993, pueda recuperarse con rapidez.

Lo que sucede es que el silencio le llegó a algunos a través del subsidio de 150 pesos (alrededor de 50 dólares) que el gobierno de Eduardo Duhalde distribuye a 2,1 millones de personas desde el año pasado. Ese subsidio, llamado Jefes y Jefas de Hogar, cuenta con un presupuesto de 3.765 millones de pesos para este año. Otros argentinos, los que no reciben el subsidio, deben atender urgencias más inmediatas como conseguir trabajo en un mercado laboral reducido, donde el desempleo alcanza actualmente al 17,8 % de la población. Pero para unos y otros éste es, fundamentalmente, un tiempo de tregua.

La radiografía argentina de los dos últimos años muestra una combinación de desaciertos políticos y económicos que desencadenaron un escenario de desempleo crónico: 57,5 % de la población viviendo bajo la línea de pobreza y violación de los derechos de propiedad (como la confiscación de los ahorros por parte del Estado). El país se había convertido en un campo de batalla.

Hasta el inicio de la crisis a finales del 2001, la sociedad civil argentina había crecido vigorosamente. Durante los primeros años de los 90 se instaló en la opinión pública el consenso sobre los beneficios de la participación ciudadana en la vida pública y los argentinos dieron forma a múltiples organizaciones no gubernamentales y asociaciones civiles que contribuyeron al sostenimiento de la democracia.

Pero la crisis lo cambió todo y los ciudadanos salieron a la calle a ejercitar la “democracia de la manifestación” enfrentándose a la Sociedad Política y a algunos de sus aliados como los sindicatos, a través de los “cacerolazos” y las protestas callejeras como las de los “ahorristas estafados”

Cuando la presión social se agudizó, Eduardo Duhalde fijó la fecha de las elecciones presidenciales para el 27 de abril. Y ese fue el inicio de la tregua.

En un contexto de marcada incertidumbre política y económica, los argentinos aguardan al nuevo presidente. La bronca que hasta el año pasado los hacía salir a las calles pidiendo que se vayan todos los políticos dio paso al escepticismo y por ahora guardan las cacerolas en casa. Lo que está por verse es si los políticos argentinos aprendieron o no la lección.

El silencio de las cacerolas es periodista argentina, directora ejecutiva de la Fundación del Sur.

© AIPE

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