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Al Qaeda: lo que no la mata la hace más fuerte

Cuando el califato del Estado Islámico termine de colapsar, Al Qaeda seguirá ahí, advierten los expertos en terrorismo islamista.

Mario Noya
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Lean How Al-Qaeda Survived Drones, Uprisings, and the Islamic State, libro que da cuenta de una muy sustancial jornada de trabajo organizada el pasado 17 de marzo por el imprescindible Washington Institute for Near East Policy sobre "la naturaleza de la amenaza actual", la yihadista, y sabrán que la Al Qaeda que todos –empezando naturalmente por Barack Obama– daban por muerta luego de la caza, captura y ejecución de Osama ben Laden el 2 de mayo de 2011 en Abotabad, Pakistán, está vivísima y hará que salten todas las alarmas.

La ominosa red terrorista parecía tener los días contados, sí, y que la Primavera Árabe que en ese mismo 2011 puso patas arriba Oriente Medio iba a terminar de rematarla, por obra y gracia de una juventud humillada y ofendida que, en Egipto como en Túnez y finalmente en Siria, llenó las plazas a reventar y se hizo dueña y señora de Twitter, monumental ágora, ay, demasiado virtual.

Esa Al Qaeda moribunda se encontró entonces aliviada de presiones y ante el prodigio de ver caer uno detrás de otro a regímenes a los que detestaba pero no podía doblegar. Y se dedicó a llenar el vacío que dejaron y que no supieron ni pudieron llenar aquellos jóvenes arrasados por los hunos y por los hotros e ignorados o, peor, despreciados por un Occidente, cuando no estúpido, abominablemente cínico o miserable. Con el paso muy cambiado, o lentísimo de reflejos, EEUU siguió golpeando a Al Qaeda en Pakistán y Afganistán sin percatarse de que Al Qaeda estaba ya también asentada en buena parte del norte de África. Y sobre todo en Siria e Irak, donde los hombres de Aymán al Zawahiri volvieron a sacar petróleo de las peores circunstancias.

En Siria e Irak, el Estado Islámico, tras romper tumultuosamente con Al Qaeda, logró victorias asombrosas que acabaron por dinamitar esos países y le permitieron proclamar un califato con dominio formidable sobre vastas extensiones de territorio y ciudades tan importantes como Mosul, la tercera ciudad de Irak (diga lo que diga el latiguillo teletípico, es la tercera y no la segunda: la segunda es sin la menor de las dudas Basora). Con el Estado Islámico desatado, librando campañas de exterminio contra minorías religiosas, aniquilando patrimonio milenario, perpetrando auténticas carnicerías en el corazón de Europa y haciendo lo que jamás hizo Al Qaeda, es decir, controlar un territorio de la misma manera en que lo hace, precisamente, un Estado, la organización fundada por Osama ben Laden dejó de ser el paradigma de la amenaza islamista en el imaginario global y de acaparar el interés de los actores más relevantes en el panorama internacional. Tesitura que aprovechó para recomponerse, consolidarse y cambiar de manera de proceder. Frente al Estado Islámico perentorio y arrogante, Al Qaeda prefería trabajarse a las poblaciones y organizaciones islamistas locales, cooperar en lugar de comandar, hacer una dawa de largo aliento que le permitiera echar duraderas raíces profundas. Como consecuencia, el EI se está viniendo abajo rodeado de enemigos y sin nadie que le ayude mientras Al Qaeda no sólo no retrocede sino que incluso gana o afianza posiciones y se dispone a recibir con los brazos abiertos a los cada vez más numerosos desertores de la organización del desaparecido (¿también muerto?) Abubaker al Bagdadi.

***

Cuando el califato del Estado Islámico termine de colapsar, Al Qaeda seguirá ahí, advierten monterrosinos los expertos en terrorismo islamista consultados por el Washington Institute. Una Al Qaeda fortalecida por lo que no la ha matado, la guerra de los drones y las espectaculares operaciones especiales del presidente Obama y el propio Estado Islámico que surgió de sus entrañas y acabó por disputarle la hegemonía en el universo yihadista.

© Revista El Medio

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