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Mark Steyn

La verdadera guerra contra los niños

Esa es la verdadera "guerra contra los niños": en Europa está matando su futuro. No cometamos el mismo error en Estados Unidos.

Mark Steyn
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El Congreso intentó revocar hace unos días el veto del presidente Bush a someter a reforma el SCHIP. ¿SCHIP? ¿Eso no es algo sobre sanidad para niños? Desde luego. Y he aquí al congresista Pete Stark (demócrata, California) abordando la materia con su habitual mordacidad forense:

Los republicanos temen no poder pagar el seguro de 10 millones de niños más. Ciertamente no tienen problemas en encontrar 200.000 millones de dólares para librar la guerra ilegal en Irak. ¿De dónde vais a sacar ese dinero? ¿Nos vais a contar mentiras como las que nos contáis hoy? ¿Es así como vais a financiar la guerra? ¿No tenéis dinero para financiar la guerra contra los niños, pero vais a gastarlo para volar por los aires gente inocente? Os basta con que puede conseguir que suficientes chicos se hagan lo bastante mayores para que los enviéis a Irak a volarse la cabeza para diversión del presidente.

No estoy seguro de seguir correctamente el hilo: ¿el presidente Bush quiere que criemos a una generación de niños enfermizos sin seguro médico para enviarlos a Irak a dar vueltas por el triángulo sunní tambaleándose, débiles, delgaduchos y demacrados –hechos una piltrafa, vamos–, para hacer que les vuelen la cabeza? ¿Es eso lo esencial del asunto?

En realidad, da lo mismo. El congresista Stark se limitó a usar todos los términos de moda –"niños", "guerra ilegal", "200.000 millones", "mentiras", etc.–, que en estos tiempos se parecen mucho a los muebles modulares: puede usted decirlas en cualquier orden y aún así conseguirá una aclamación de la muchedumbre. Es poco probable que nadie confunda alguna vez al congresista Stark con el general Stark, que dio a New Hampshire su inspirador lema: "¡Vive libre o muere!" En el caso del congresista, la elección aparece ser: "¡Vive libre a costa de la sanidad pública o muere en la guerra ilegal de Bush!" No obstante, entre toda la morralla habitual, el delirante Stark empleó una expresión interesante: "la guerra contra los niños".

Uno asume que se refiere a alguna "guerra contra los niños" ilegal del Partido Republicano. Nancy Pelosi, como marca la moda, utilizó la palabra "niños" como si de un tic nervioso verbal se tratara , una especie de síndrome demócrata de Tourette: "Esto es un debate sobre los niños de Estados Unidos (...) Podríamos convertirnos en el Congreso de los niños (...) Dar la cara en representación de los niños (...) Intenté hacer eso cuando juré el cargo de presidenta de la Cámara rodeada de niños. Fue un momento espontáneo, pero que llevaba n mensaje claro: estamos en esta Cámara para legislar en nombre de los niños."

Etcétera. Así que, ¿qué es lo mejor que podría hacer Estados Unidos "por los niños"? Bueno, podría intentar no incurrir en el mismo error que la mayor parte del resto del mundo occidental y evitar legar a la próxima generación un sistema de derechos sociales insostenibles que conviertan a la nación entera en un esquema piramidal gigante. La mayor parte de nosotros, por ejemplo, entendemos que la Seguridad Social necesita ser "arreglada"; es decir, que tendremos que subir los impuestos o la edad de jubilación o recortar las prestaciones. Pero, simplemente para poner en perspectiva el debate de las prestaciones sociales, diré que se espera que la responsabilidad pública de pago de pensiones se incremente hacia el 2040 hasta alrededor del 6,8% del PIB en los Estados Unidos; en Grecia, la cifra equivalente es del 25%. Eso no es algo que se arregle subiendo impuestos o ajustando la edad de jubilación: es un colapso social completo.

¿Y a mí que?, dicen los votantes, encogiéndose de hombros. No es mi problema. Yo pago mis impuestos, quiero mis derechos sociales. En Francia, el presidente Sarkozy está proponiendo un paso muy modesto –que aquellos que se jubilen antes de la edad de 65 años no reciban atención médica gratuita– y los franceses se han puesto en pie de guerra. Su propuesta está siendo furiosamente denunciada por los jubilados de 53 años, una franja demográfica desconocida hasta la fecha en las sociedades que funcionan. Uno pasa los primeros 25 años de su vida siendo formado, trabaja durante dos décadas o tres, y después pasa un tercio de siglo viviendo de una generosa pensión, con el Estado haciéndose cargo de sus gastos sanitarios. Ninguna sociedad puede hacer cuadrar esos números. Y así, en un sistema democrático, los electores de hoy votan para que les siga llegando el dinero fácil proveniente de los fondos públicos y dejar a "los niños" de mañana la responsabilidad de arreglarlo. Ésa es la verdadera "guerra contra los niños", y cada vez que se añade un nuevo derecho social al presupuesto hace menos probable que puedan ganarla.

Hace un par de semanas, los demócratas presentaban a un beneficiario del SCHIP de 12 años procedente de Baltimore llamado Graeme Frost para dar su respuesta oficial al discurso radiofónico de la mañana del sábado del presidente. E inmediatamente después, Rush Limbaugh, Michelle Malkin y un servidor arrastramos a este chaval enfermo a un oscuro callejón y le propinamos una paliza. O eso pensará usted a juzgar por lo que dijo la prensa: el Washington Post nos llamó "tacaños". Bueno, es cierto que nosotros, los liberales de corazón endurecido, somos incapaces de llegar al nivel de civilización del discurso de Pete Stark. Pero estábamos intentando explicar un punto importante, no sobre el niño, sino sobre su familia y su relevancia como icono en favor de la expansión de la atención médica pública. El señor y la señora Frost afirman que sus ingresos rondan los 45.000 dólares al año. Ella trabaja "a media jornada" como recepcionista en una consulta médica y él trabaja "intermitentemente" como carpintero independiente. Tienen una casa de 279 metros cuadrados mas una segunda propiedad comercial que valen entre las dos más de 400.000 dólares y tres coches: un Chevrolet Suburban nuevo, un todoterreno Volvo y una camioneta Ford F250.

La manera en que han conseguido cuadrar los números es algo entre ellos y su contable. Pero he aquí la idea: los Frost no son tanto un símbolo de aquellos que necesitan de atención médica pública en Estados Unidos como de las falsas ilusiones del mundo occidental en general. Esperan ser capaces de trabajar "a tiempo parcial" e "intermitentemente", pero tener dos propiedades y tres vehículos de gama alta y hacer que el Estado se haga cargo de los gastos sanitarios. ¿A quién piensan cargar la factura? ¿A los propietarios de cuatro coches? En gran parte de Francia se vive ya de esa manera: una población sana, rica y bien educada trabaja por ley un máximo de 35 horas a la semana con seis semanas de vacaciones pagadas y jubilación a los 55 años, y con el Gobierno financiando todas las responsabilidades centrales de la vida adulta.

Estoy a favor de las desgravaciones fiscales para los gastos médicos de los niños y de las cuentas de ahorro de salud para los adultos y de cualquier otra reforma que ponga el énfasis en que es cada ciudadano adulto el responsable de sí mismo y de quienes dependen de él. Pero la aparición sigilosa y repentina de las prestaciones sociales para la clase media estaría mal incluso si se pudiera pagar, aunque Bill Gates extendiera un cheque para sufragarla todos los meses, porque convierte a ciudadanos nacidos en libertad en débiles súbditos del Estado niñera.

Como a Gerald Ford le gustaba decir cuando intentaba congraciarse con las audiencias liberales, "un Gobierno lo bastante grande para darle todo lo que quiere es lo bastante grande para quitarle todo lo que tiene". Pero hay una etapa intermedia: un Gobierno lo bastante grande para darle todo lo que quiere que no es lo bastante grande como para obligarle a devolver nada. Como señalo en mi libro, nada hace más egoísta a un ciudadano que el comunitarismo socialmente equitativo: en cuanto alguien prueba los frutos de los euroderechos sociales, le importa un comino el interés social general. Él tiene lo suyo; ¿a quién le importa si el Estado quiebra en cuestión de una generación?

Esa es la verdadera "guerra contra los niños": en Europa está matando su futuro. No cometamos el mismo error en Estados Unidos.

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