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Mark Steyn

La voluntad de perder

Darfur es un símbolo apropiado del progresismo del siglo XXI: lo que importa es que instes a la acción, no que hagas nada de verdad.

Mark Steyn
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El nuevo libro de John O'Sullivan, El presidente, el Papa y la primer ministro, contiene una maravillosa anécdota del funeral de Yuri Andropov. En caso de que lo haya olvidado, fue uno de aquellos últimos líderes soviéticos con pinta de haber sido arrancado a toda prisa de las manos del embalsamador y apoyado en la barandilla del balcón para el desfile del primero de mayo. Cuando fue declarado (oficialmente) muerto en 1984, un ayudante de Margaret Thatcher logró que ésta se detuviera de camino al aeropuerto para hacerse con unas botas forradas de lana para el frío entierro de febrero. Thatcher estuvo quejándose del precio durante todo el camino hasta Moscú. Allí se reunió con el sucesor de Andropov, Konstantin Chernenko, a quien el Politburó había declarado como próximo cadáver en jefe. Y, tras estrecharle la mano, dejó de quejarse del precio de sus botas Kremlin. "Han sido una prudente inversión a largo plazo", dijo a su ayudante.

El vicepresidente George H. W. Bush se acercó aún más a la realidad al despedirse del personal de la embajada norteamericana tras el funeral de Andropov: "El año que viene, a la misma hora, en el mismo lugar". Falló por muy poco. Chernenko murió trece meses después.

La decrepitud de los hombres de cera del Politburó y sus clientes de Europa del Este encarnó la salud ideológica del comunismo: Andropov y Chernenko fueron la esclerosis del régimen en persona. En las democracias la decrepitud es más difícil de reconocer. Nuestros líderes son más jóvenes, e incluso en el Senado norteamericano –lo más parecido que tiene el mundo occidental al politburó Brezhnevita– aparece ocasionalmente sangre nueva: Barack Obama es joven, apuesto y ocurrente, pese a que ninguna de sus ideas políticas lo son. Pero los caldos viejos en botellas nuevas se venden mejor que los caldos viejos en botellas viejas, como evidentemente ha terminado por reconocer John Kerry. La semana pasada, el senador tomó la palabra y entre lágrimas anunció que lamentablemente había decidido no presentarse a presidente de nuevo. John Edwards lo enterró en el ataúd de los recuerdos con tonterías de abogado sobre la disposición de Kerry a "responder a cualquier llamada para servir a su país". ¿Ha llamado alguien? ¿Y por qué lo iban a hacer? ¿Por qué lloriqueó el propio senador Kerry, aparte de por sus propias ambiciones frustradas? ¿Qué defendió? ¿Cuál fue su visión, aparte de la fe en su propia indispensabilidad?

Lamentablemente, el aire de cansancio andropoviano no está confinado en Massachusetts. En el discurso del Estado de la Unión, el presidente (como están acostumbrados los presidentes a hacer las noches de martes de enero) habló acerca de la energía, pero no parecía tener ninguna. Hace cinco años, cuando estaba realmente metido en harina, quería hacer prospecciones en la ANWR y fomentar la energía nuclear. Fue enérgico con la energía. Cuando ambas excelentes ideas acabaron en agua de borrajas, el presidente Bush reculó murmurando algunas perogrulladas familiares sobre vagos objetivos y nuevas regulaciones y crecientes eficacias.

Esto parece encajarles a los demócratas. La única energía demostrada por Nancy Pelosi fue cuando se levantó de un salto un nanosegundo después de que el presidente mencionara Darfur. Allá que se levantó madame presidente y toda la plana mayor demócrata como los participantes más tontos de un concurso televisivo. ¡Darfur! ¡Todos estamos a favor de Darfur! ¡La gente está siendo asesinada! ¡Cientos de miles! ¡Tenemos que hacer algo! Como, eh, saltar arriba y abajo cuando se menciona en un discurso. Y, eh, pedir que la comunidad internacional se movilice. Tal vez uno de esos roqueros de los años sesenta con la piel como cuero podría organizar un concierto de estrellas o algo así. Si Darfur fuera realmente un concurso, los sudaneses descubrirían rápidamente que es uno de esos en los que descubres con decepción que has perdido todos los grandes premios pero que no te vas a casa con las manos vacías: "No, caballero, aquí tiene su propia camiseta ¡Salvad Darfur! autografiada por Nancy Pelosi y George Clooney".

Darfur es un símbolo apropiado del progresismo del siglo XXI: lo que importa es que instes a la acción, no que hagas nada de verdad. Sobre Irak, mientras tanto, el presidente declaró: "Dejadnos encontrar nuestra resolución, y dar un vuelco a los sucesos hacia la victoria". Y los demócratas se sentaron.

La izquierda norteamericana ha deplorado desde hace tiempo la confianza retórica de Bush en vulgares engaños tales como "bien" y "mal". Pero se diría que incluso "victoria" parece un concepto problemático, y ahora mismo el ánimo está completamente a favor de la derrota de un tipo u otro. Estados Unidos se está moviendo voluntariamente en dirección a una derrota que sobre el terreno no ha tenido lugar (aún), y que sería fatalmente perjudicial para la credibilidad de esta nación si tuviera lugar. El año pasado Arthur M. Sulzberger Jr., editor del New York Times, dio un discurso en una ceremonia de graduación de un narcisismo típico de la generación del 68 tan exagerado que parecía una parodia, elogiando el idealismo pacifista de los de su edad. Defendiendo la derrota por primera vez, John Kerry estimaba que Estados Unidos podría tener que reubicar a unos cuantos miles de aliados locales. Millones murieron en Vietnam y Camboya. Y lo menos que podrían hacer fraudes absortos en sí mismos como Sulzberger es recordar de tanto en tanto que en el mundo hay algo más que su vanidad moral.

Los derrotistas abiertos del bando demócrata y los derrotistas discretos entre los republicanos "moderados" parecen pensar que los países grandes pueden elegir perder guerras pequeñas. Después de todo, rezan los "realistas", Irak no es mucho más importante para los americanos de lo que lo era Vietnam. Pero un cínico conocedor de la realpolitik es consciente del precio táctico de todo y del valor estratégico de nada. Esto es algo de una escala completamente diferente a los años 30: hace 70 años, Gran Bretaña y Europa no pudieron despertar por sí mismas para centrarse en una guerra inminente; hoy, no podemos despertarnos ni siquiera para centrarnos en una guerra que está teniendo lugar ahora mismo. Lea el 100% de las plataformas de los candidatos presidenciales demócratas y una franja considerable de las de los republicanos: estamos llenos de pseudo-energía para crisis fantasma y enemigos de pega como "el calentamiento global".

El otro día me encontraba leyendo un informe de la última idea genial de Gran Bretaña. El sistema de intercambio de emisiones de CO2 impuesto por Kyoto es absurdo y completamente ineficaz, pero en Londres, David Cameron ahora quiere aplicarlo a las hamburguesas. Allí, un Big Mac cuesta tres pavos más o menos. Pero, si los niños comen demasiados, los problemas posteriores de obesidad infantil serán un peso adicional sobre el Servicio Nacional de Salud. De modo que Cameron quiere imponer una especie de sistema de intercambio de calorías a lo Kyoto sobre los distribuidores de comida rápida, según el cual, a McDonald's se le impondrían ciertos límites de grasas hidrogenadas con el fin de garantizar que asume una parte mayor del gasto de lo que cuesta realmente un Big Mac de tres dólares a la sociedad.

Y David Cameron es el líder del supuesto partido conservador.

También vive en un país cuyas ciudades importantes han sido presa de células islamistas. No obstante, mientras Inglaterra se convierte en una Somalia con puestos de patatas fritas, gravar los puestos de patatas fritas es la prioridad de los conservadores.

El mundo civilizado afronta profundos desafíos que amenazan el orden mundial. Pero la mayor parte de las democracias avanzadas son ahora sistemas bipartidistas en los que ambos partidos se presentan al electorado ofreciendo "derechos" económicamente inasumibles cuyos costes pueden meterse bajo la alfombra, incluso cuando la alfombra no es más que un pequeño felpudo y la capa de basura que tiene debajo llega ya hasta el techo. Esa es la verdadera crisis energética.

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