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Martín Higueras

La verdad que nadie quiere ver

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El pasado jueves 28 de agosto, la Comisión de la Verdad y Reconciliación de Perú, creada hace dos años para investigar la violencia durante el periodo 1980-2000 en el país, entregó su informe al presidente Toledo en Ayacucho, la ciudad que más ha sufrido por la barbarie terrorista. Sus conclusiones, que ocupan nueve voluminosos tomos, han sorprendido e indignado a muchos, pero también han sido numerosos los que han quedado satisfechos.

Durante el tiempo que duró su elaboración, los miembros de la comisión tuvieron que soportar el ataque de congresistas y líderes políticos: Que si sus integrantes eran simpatizantes de los grupos terroristas, que si eran prosenderistas, que si podrían proponer una amnistía a los terroristas presos... acusaciones sin fundamento. Finalmente, el trabajo concluyó y los resultados no podían ser más alarmantes: durante esos veinte años de conflicto interno se han contabilizado 69.000 peruanos muertos o desaparecidos, es decir, algo más del doble de lo que todos pensábamos.

El informe identifica con claridad al grupo terrorista Sendero Luminoso como la causa “inmediata y fundamental para el desencadenamiento del conflicto armado interno”. En menor grado, también considera responsables de la violencia a los miembros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Aunque sin equiparlos con los terroristas, señala asimismo las responsabilidades de las Fuerzas Armadas y de los “ronderos” de las comunidades indígenas. Considera la comisión que los seguidores de Abimael Guzmán ocasionaron el 54 por ciento de las víctimas, mientras que el 1,5 corresponde a los llamados emerretistas.

Tras su presentación las críticas han llovido sobre la Comisión que elaboró el informe, aunque tampoco han faltado los elogios a su labor. Pero, por lamentable que parezca, la clase política peruana ha perdido otra gran oportunidad de encabezar lo que ellos mismos pretendían al pedir la creación de dicho grupo: la reconciliación del país. No sorprende ver cómo el APRA se defiende e intenta eludir sus responsabilidades, pues lo viene haciendo desde hace mucho tiempo. Pero en el caso de Acción Popular, muchos esperaban que Valentín Paniagua, que tan buen recuerdo dejó durante su presidencia interina durante unos meses entre 2000 y 2001, encabezara una autocrítica de su grupo. Nada de eso. Tanto él como Alan García han eludido cualquier tipo de responsabilidad escudándose en que sus gobiernos entre 1980 y 1990 (Belaúnde, de Acción Popular, fue presidente entre 1980 y 1985) tuvieron una política antiterrorista adecuada. Resulta extraño, considerando que esta “política adecuada” fue un total fracaso. Pero no, ni el más leve indicio de autocrítica. Aquí nadie es culpable. ¿De qué reconciliación estamos entonces hablando?

Alan García tiene aún que responder por muchas cosas. Resulta por lo menos curioso buscar y encontrar en los archivos declaraciones del líder del APRA acerca de los terroristas y mientras era presidente del Perú. En un discurso que pronunció en el VII Congreso Nacional de las Juventudes Apristas en mayo de 1988, García dijo que “...y debemos reconocer cómo Sendero Luminoso tiene militantes activos, entregados, sacrificados. Debemos reconocer algo que ellos tienen y nosotros no tenemos como partido (...) equivocado o no, criminal o no, el senderista tiene lo que nosotros no tenemos: mística y entrega (...) Esa es la gente que merece nuestro respeto y mi personal admiración porque son, quiéranse o no, militantes. Fanáticos les dicen. Yo creo que tienen mística, y es parte de nuestra autocrítica, compañeros, saber reconocer que quien, subordinado o no, se entrega a la muerte, entrega la vida, tiene mística”. Alan García sigue repitiendo que ha aprendido del pasado, pero es evidente que no es así.

Lo de Fujimori roza lo cómico y, como en los anteriores ocasiones, también elude sus responsabilidades que la Comisión califica de penales. El huido japonés tiene a sus espaldas, junto a su inseparable “doc” Montesinos, matanzas como las de Barrios Altos o de la Cantuta, crímenes en ambos casos cometidos por el Grupo Colina, creación de ambos. Pero además señala que el informe forma parte de una persecución política en su contra. Es posible que también diga que las imágenes de vídeo recientemente emitidas en las que se le ve contando grandes cantidades de dinero son parte de un montaje: ¿Propina semanal para sus hijos? No es de extrañar que un puñado de fujimoristas recibiera a los miembros de la Comisión insultándoles, poco antes de la entrega del informe.

El Informe también se refiere a las responsabilidades de uno de los mejores amigos de Fujimori, el actual arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, mientras estuvo al frente de la archidiócesis de Ayacucho. En una de sus conclusiones indica que “la defensa de los derechos humanos no fue firme en el arzobispado de Ayacucho durante la mayor parte del conflicto armado (...) Durante buena parte del conflicto dicho arzobispado puso obstáculos a la labor de organizaciones de la Iglesia vinculadas al tema, a la vez que negaba violaciones de los derechos humanos”, aunque alaba la labor de la institución en otros aspectos. Cipriani, cómo no, ha manifestado que rechaza las conclusiones del Informe, aunque en varias oportunidades y en privado, ha declarado su desprecio por los derechos humanos.

El Perú pidió hace dos años que se formara esta Comisión para conocer la verdadera implicación del terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA durante el periodo investigado. Los resultados han sido desgarradores. Ahora que ya tenemos el informe, nadie quiere aceptar la verdad y le da la espalda. La clase política da nuevamente una imagen pobre frente a la tragedia. La Comisión nunca propuso la tan mencionada, aunque inventada amnistía, mencionó a los subversivos como terroristas y les responsabilizó de gran parte de las víctimas. ¿No era eso lo que queríamos? Lamentablemente, parece ser que el Perú mismo no desea recuperarse de su gran fracaso social que arrastra desde hace ya tantas décadas. Para la mayoría de los políticos parece que las víctimas no importan, tal vez porque no eran las víctimas que necesitaban o que querían.

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