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Mauricio Rojas

Chile, rumbo al Estado benefactor y la democracia chavista

Chile está ante una elección claramente rupturista que le llevará por un derrotero muy distinto al seguido hasta ahora.

Mauricio Rojas
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Chile está ante una elección claramente rupturista que le llevará por un derrotero muy distinto al seguido hasta ahora.

Chile es hoy un enigma. Existe un amplio consenso en medios internacionales en aquello que la OCDE constató en su informe de octubre de este año: "Chile ha logrado avances formidables hacia una mayor prosperidad económica y reducción de la pobreza. El ingreso per cápita se ha más que duplicado durante los últimos 20 años, convirtiéndose en el más elevado de América Latina". A pesar de esto, los chilenos parecen dispuestos a votar abrumadoramente este domingo por un cambio profundo del modelo de desarrollo que tantos éxitos les han reportado.

Así es. El desempeño económico y social de Chile es, de lejos, el mejor de la región. Sin embargo, el informe también indica que se debe seguir avanzando en una serie de terrenos para mantener la senda del progreso y lograr una sociedad con menores desigualdades: educación, capacitación e innovación, incorporación de la mujer al mercado laboral y reducción del desempleo juvenil, calidad de los servicios públicos y lucha contra la evasión fiscal, energía y medio ambiente.

Con este diagnóstico en mente, la presente contienda electoral adquiere un tono francamente surrealista: según la mayoría de los aspirantes a La Moneda, parece que viviésemos en el peor de los mundos posibles y que sólo un cambio radical nos podría salvar de esta especie de infierno que, a su juicio, sería el Chile de hoy. Sólo la candidata del centroderecha, Evelyn Matthei, levanta, al parecer con muy poco éxito, una visión distinta y propone avanzar dentro de la continuidad.

Chile está, por tanto, ante una elección claramente rupturista que le llevará por un derrotero muy distinto al seguido hasta ahora. Esto será particularmente claro en dos áreas fundamentales: el papel del Estado y el carácter de la democracia. Veamos cada punto por separado.

Poca duda cabe de que el gran ganador de la elección será el Estado, un Estado que promete hacerse cargo de nuestra seguridad, garantizarnos una amplia gama de derechos, asegurarnos mejores sueldos, buenas pensiones y viviendas dignas, en fin, un Estado benefactor, grande, poderoso y generoso, como una madre protectora –bien encarnado por la figura de Michelle Bachelet–, que sólo quiere nuestro bien y nunca nos abandona. Esto es, más allá del nombre del nuevo presidente, lo esencial, ya que impulsará a la sociedad chilena en una dirección incierta bajo el signo de un estatismo más o menos radical.

Al respecto, cabe señalar que no sólo se trata de la expansión presupuestaria del Estado, sino de asignarle un rol prácticamente excluyente en la gestión de los servicios que reciben financiamiento público. Esto no deja de sorprender, ya que va a contracorriente de las reformas modernizadoras impulsadas en muchos países europeos, como por ejemplo Suecia, para dinamizar el sector público a través de una amplia colaboración público-privada que, por cierto, no excluye a las empresas con fines de lucro. Esta ha sido la manera de salvar unos Estados del Bienestar que han estado a punto de hundirse a causa de sus abultados costos y sus evidentes ineficiencias asociadas a la falta de competencia. En Chile, sin embargo, los autodenominados "sectores progresistas" quieren construir un tipo de Estado benefactor ya desahuciado en los países que lo crearon.

El segundo punto se refiere al carácter de la democracia. Este aspecto es clave, ya que se pretende pasar de una democracia limitada o liberal, donde la protección de las libertades individuales y las minorías es fundamental, a una democracia ilimitada y basada en el mayoritarismo, donde, para decirlo con la canción del grupo Abba, the winner takes it all. Esta es la deformación chavista de la democracia, que encuentra su expresión más radical en la idea de una asamblea constituyente, mediante la cual la mayoría inventa el país de nuevo a su antojo. En Chile, esto significaría el paso de una institucionalidad estable y basada en amplios consensos parlamentarios a una que promueve la polarización y es proclive a fuertes vaivenes, lo que no sólo afectaría negativamente nuestra convivencia cívica, sino que crearía una situación de riesgo potencial que ralentizaría el desarrollo general del país.

Cabe, por último, preguntarse cómo se ha llegado a semejante estado de cosas en un país al que objetivamente le ha ido tan bien. La respuesta es aleccionadora: la realidad no es algo dado de por sí o que hable por sí misma, sino lo que las personas creen que es, y ello no se decide en el terreno de las estadísticas o los datos duros sino en el de las ideas, las interpretaciones y las visiones del mundo. O, para decirlo cortamente, en el de la cultura, en el sentido más amplio de la palabra. Y es justamente en ese terreno donde la opción de centroderecha ha sido aplastantemente derrotada, creando las condiciones de la derrota electoral que probablemente se avecina. Se trata de un largo proceso que tuvo su espectacular eclosión el año 2011, con grandes movilizaciones sociales que lograron instalar un discurso antisistema que cuestionó los pilares mismos del modelo chileno.

Ahora bien, hay que resaltar que en este caso se trata, sobre todo, de una derrota autoinfligida. Más que una batalla que se perdió, ha sido una batalla que nunca se dio. En buenas cuentas, en esta elección se pagará aquello que Axel Kaiser en su libro La fatal ignorancia llamó la "anorexia cultural de la derecha", es decir, su incapacidad para entender "el poder de las ideas y de la cultura como factores decisivos de la evolución política, económica y social". El centroderecha chileno creyó que la eficiencia del sistema le daría automáticamente legitimidad y apoyo y descuidó el terreno donde realmente se decide el derrotero de las sociedades: el de las ideas.

Ojalá que otros aprendan de esta lección, ya que la indolencia cultural del centroderecha chileno no es en absoluto algo único.

Mauricio Rojas (Santiago de Chile, 1950), exmiembro del Parlamento sueco y profesor adjunto de Historia Económica de la Universidad de Lund (Suecia).

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