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Max Boot

Necesitamos espiar más

La administración no ha hecho nada de lo que avergonzarse. El único escándalo aquí es que algunas personas prefieren el desarme unilateral en nuestra lucha contra los terroristas suicidas.

Max Boot
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La práctica totalidad del mundo está de acuerdo en que nuestra capacidad de espionaje humano está desaparecida en combate. Las probabilidades de que un agente de la CIA esté en la misma caverna que Osama bin Laden mientras se esté planeando el próximo 11 de Septiembre son remotamente pequeñas. Las probabilidades de que nuestra porosa seguridad fronteriza o seguridad del transporte detenga a la próxima banda de decapitadores islamistas no son mucho mayores. Proteger todo objetivo tentador en una nación del tamaño de un continente de casi 300 millones de habitantes es simplemente imposible.

En lo que se refiere a la guerra contra el terror, la mayor ventaja de la que disponemos viene de nuestra habilidad electrónica. La Agencia de Seguridad Nacional tiene sus problemas, pero desde hace tiempo ha sido la mejor en el negocio de descifrar e interceptar las comunicaciones del enemigo. Hasta ahora. Si los agitadores de las libertades civiles, los políticos ostentosos y egocéntricos editorialistas de prensa se salen con la suya, tendremos que abandonar nuestra potente línea de defensa a causa de preocupaciones en gran medida hipotéticas acerca de las violaciones de la privacidad.

Diversos críticos, tomándose un respiro en su ataque a la administración Bush por hacer muy poco por proteger a la nación, la atacan ahora por hacer demasiado. ¿Cómo se atreve la NSA a hurgar en los historiales telefónicos de AT&T, BellSouth o Verizon sin la autorización de un tribunal? Incluso si los historiales son anónimos y ni siquiera incluyen el contenido de ninguna llamada (Verizon y BellSouth han negado ahora que ofrezcan ninguna información), preocupados crónicos nos aseguran que ha llegado el fascismo.

Se supone que Qwest es el héroe de esta historia por haber tenido, en palabras de USA Today, "la integridad de resistir a la presión gubernamental". Ese no es un cumplido que se haga a menudo a una empresa que ha sido acusada de fraude masivo y cuyo director ejecutivo está acusado de 42 cargos de comercio ilícito. Tal vez Qwest deba celebrarlo lanzando una campaña de publicidad presentándose como el proveedor de comunicaciones favorito de Al Qaeda.

Toda esta preocupación por la privacidad sería enternecedora si no fuera tan selectiva. Con unos cuantas pulsaciones de teclado, Google mostrará todo lo publicado por, o acerca de, usted. Con toda probabilidad, un poco más de tecleo descubrirá la fecha de su nacimiento, su dirección y número telefónico y todos los lugares donde ha vivido, junto con fotografías vía satélite de las casas y cuánto pagó por ellas, en cuántas acciones legales se ha visto involucrado, y mucho, mucho más.

Obtener su historial crediticio completo y números de la Seguridad Social apenas supone un poco más de trabajo. O detalles de sus compras, viajes y hábitos de navegación por Internet. Tal información es recopilada rutinariamente y vendida por una miríada de empresas de marketing. De modo que violar su privacidad para venderle algo es correcto pero no para protegerle de volar en pedazos.

¿Hasta dónde quieren llevar su lógica los absolutistas de las libertades civiles? ¿Las tropas de Irak y Afganistán tendrán que leer sus derechos a los sospechosos capturados y solicitar el permiso de un tribunal antes de registrar una casa franca terrorista? ¿O tales miramientos llegan hasta nuestras fronteras, concediendo así a Al Qaeda y sus acólitos la libertad de operar sin problemas en Estados Unidos?

Gran parte de esta estupidez se remonta a la Foreign Intelligence Surveillance Act de 1978, que por primera vez convirtió a los jueces en los supervisores de nuestros jefes de espionaje. Esto fue una reacción comprensible a abusos tales como la grabación del reverendo Martin Luther King Jr. por parte del FBI. Pero la FISA es un lujo que ya no nos podemos permitir. Si no fuera por los elevados estándares de la "causa plausible" de la FISA, el FBI podría haber examinado el ordenador portátil de Zacarias Moussaoui en agosto del 2001 y quizá haber salvado 3000 vidas. La Patriot Act rebajó algunas provisiones de la FISA, como "la pared" entre los agentes de Inteligencia y las fuerzas del orden, pero permanece intacto lo bastante como para plantear cuestiones innecesarias acerca de la legalidad de medidas de seguridad nacional bastante necesarias.

Esta ley arcaica debería ser abandonada. Reemplazarla con una legislación que conceda permiso al presidente para ordenar cualquier vigilancia que se juzgue necesaria, sujeta exclusivamente a una condición: si más tarde se determina que una operación de recogida de información de Inteligencia no fue ordenada por motivos legítimos de seguridad nacional –por ejemplo, fue diseñada para recoger trapos sucios de contrincantes políticos– entonces los culpables serán castigados con largas penas de prisión. Teniendo en cuenta que en nuestra burocracia de Inteligencia se filtra información como si fuera agua en un barco que se hunde, es una apuesta segura que, en ese caso, cualquier don nadie se convertiría en portada de noticias más rápido de lo que puedes decir "Premio Pulitzer".

Hasta la fecha no ha habido nada que sugiera que la NSA ha hecho algo por motivos cuestionables. La administración no ha hecho nada de lo que avergonzarse. El único escándalo aquí es que algunas personas prefieren el desarme unilateral en nuestra lucha contra los terroristas suicidas.

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