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Basta de estímulos

Los impuestos simplemente redistribuyen el poder de compra y lo hacen de una manera particularmente ineficiente, reduciendo los incentivos para producir o contratar empleados.

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Cuando se trata de gasto público, "estímulo" aparentemente significa nunca tener que decir "suficiente". Puede que uno no se haya dado cuenta si ha estado escuchando a, por ejemplo, Paul Krugman, pero el Congreso ya ha aprobado tres leyes distintas de estímulo económico, llegando a un coste total de alrededor de un billón de dólares.

La primera de estas fue aprobada en febrero de 2008 durante la administración Bush: una medida de 152.000 millones de dólares que consistió en un reembolso de impuestos de 600 dólares, varios incentivos para las empresas y garantías de préstamos para la industria de la vivienda. Esto fue en el momento en que la recesión apenas comenzaba y el desempleo se encontraba en 4,9 por ciento.

Luego, cuando que la recesión empeoraba en septiembre de 2008, el Congreso aprobó la "Ley de Creación de Empleo y Alivio para el Desempleo de 2008" con un costo de 61.000 millones de dólares. Esta ley inyectó dinero a "proyectos de infraestructura" federales y extendió el seguro de desempleo. Un mes después, el desempleo llegó a 6,5 por ciento.

Y el año pasado, el presidente Obama logró que se aprobara la ley del gigantesco estímulo de 787.000 millones de dólares que fue lo que caracterizó su primer año en la presidencia. Cuando la ley fue aprobada, la tasa de desempleo era de 8,1 por ciento.

Hoy, el desempleo es de 9,5 por ciento y el Congreso está nuevamente debatiendo una ley de estímulo, esta vez de 34.000 millones de dólares en su versión del Senado (la versión aprobada por la Cámara de Representantes costaba 60.000 millones) para brindar fondos a los gobiernos estatales y locales, extender nuevamente el seguro para los desempleados y proveer más deducciones fiscales dirigidas a los negocios.

Y todo esto dispendio ni siquiera incluye al Programa para Alivio de Activos Tóxicos (TARP, por su sigla en inglés) I ó II, o el presupuesto del año pasado, que aumentó el gasto para todo tipo de programas "que generan empleo".

Claramente, todo este gasto público no ha hecho mucho para reducir el desempleo o estimular el crecimiento económico. Pero sí ha estimulado el crecimiento del Estado. El año pasado el gasto del Gobierno federal llegó al 24,7% del PIB, el porcentaje más alto en la historia en tiempos de paz. Esto debe compararse con un promedio histórico de alrededor del 21%. Agréguele el gasto a nivel de estados y de gobiernos locales y el Estado a todos los niveles consume más del 36% de todo lo que produce la economía estadounidense.

Tal vez todo este gasto tenga algo que ver con el hecho de que nuestra economía no está creciendo o produciendo empleos. O tal vez los negocios están anticipando que los aumentos de impuestos vendrán el próximo año cuando expiren los recortes tributarios de Bush. Algunos incluso podrían estar pensando a más largo plazo pensando en las directrices, tributos y regulaciones que eventualmente serán impuestos como resultado de la recientemente aprobada reforma de salud. Solamente los nuevos impuestos de esa ley alcanzarán un total de 669.000 millones de dólares, muchos de ellos penalizando el ingreso por inversiones, y aunque la mayoría no entrarán en efecto hasta dentro de un par de años, muchos negocios ya están considerando los costes. Y, por supuesto, existe la posibilidad de más impuestos sobre la energía.

Para Krugman y otros como él la respuesta siempre radica en todavía más gasto público. EEUU se enfrenta a una "tercera depresión", advierte Krugman, a menos que el Estado gaste más, mucho mas, tal vez hasta 10 billones de dólares. El liderazgo demócrata en el Congreso está de acuerdo con esa dirección y tal vez hasta con la cantidad. El líder demócrata en el Senado, Harry Reid, quien ha visto aumentar el desempleo en su natal Nevada del 5,3 por ciento al 14 por ciento (el más alto en la nación) desde que la primera ley de estímulo fue aprobada, dice que necesitamos un nuevo estímulo para "crear trabajos y hacer que nuestra economía despegue".

Pero lo que ignoran los partidarios de un mayor gasto público es que el Estado no tiene dinero propio. Cada dólar que gasta el Estado debe venir finalmente de alguna otra parte. Cada dólar que gasta el Estado es un dólar que sale del bolsillo de los trabajadores estadounidenses sin importar si este es recaudado a través de deuda o impuestos. Los impuestos simplemente redistribuyen el poder de compra y lo hacen de una manera particularmente ineficiente, reduciendo los incentivos para producir o contratar empleados. Pedir prestado simplemente obliga a que los negocios y los inversores esperen impuestos más altos en el futuro.

Como explica John Cochrane de la Universidad de Chicago, "Cada dólar extra de gasto público corresponde a un dólar menos de gasto privado. Los empleos creados con el gasto del estímulo son compensados por los trabajos perdidos por la reducción en el gasto privado. Podemos construir carreteras en vez de fábricas, pero el estímulo fiscal no puede ayudarnos a construir más de ambas. Esta forma de ‘expulsión’ es cuestión de contabilidad".

Otros países están empezando a entender que existen límites a cuánto le puede robar el Estado a Pedro para pagarle a Pablo. Desde Grecia hasta Alemania, de Gran Bretaña a España, desde Irlanda hasta Francia, los gobiernos están empezando a achicar el estado benefactor, a disminuir los déficit presupuestarios y a depender más del sector privado. Mientras tanto, Estados Unidos continúa con más gasto de "estímulo".

Albert Einstein definió la locura como "hacer la misma cosa una y otra vez y esperar resultados distintos". En unos momentos en los que el Congreso se dedica impulsar más gasto, más regulación, más impuestos y más "estímulo", esta es una lección de la que debería tomar nota.

Michael Tanner es Director del Proyecto del Cato Institute para la Privatización de la Seguridad Social.

© El Cato

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