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El centro-derecha español no debería ocupar su tiempo en explicarle al PSOE lo que debe hacer, sino en explicar a la opinión pública cuál es su visión de España. Cosa que todavía no ha hecho

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Es evidente que el PSOE de Zapatero contraviene una parte de la tradición socialista. Es cierto que hay una socialdemocracia ilustrada que no puede ni quiere prescindir de España porque la necesita para promover valores y programas que tienen por último fundamento el concepto de ciudadanía, la igualdad ante la ley. Es bueno recordarle al PSOE que dispone en su baúl de los recuerdos de una panoplia de la que podría servirse para tratar de rearmarse, después de que el derrumbe por demolición del muro de Berlín lo golpeara. Es bueno que el PP trate de tender puentes con quienes en la izquierda desean que el Gobierno rectifique su actual alianza con los nacionalistas. Todo eso está bien.
 
Ahora bien, el deseo de favorecer la estabilidad institucional está originando una situación paradójica. Con frecuencia, la mayor crítica que se le hace al PSOE de Zapatero es no ser como el PSOE de González, y esa crítica se efectúa desde el centro-derecha. Hasta el punto de que comienza a ser habitual que políticos e intelectuales cercanos al PP dediquen su tiempo a exaltar las bondades de la teoría crítica, las virtudes de una ética deliberativa de corte habermasiano, y algo parecido a un “neoturnismo” como respuesta a lo que se percibe como una reedición del cantonalismo del XIX. Bien está servirse de la Historia y beber en los clásicos, pero sin exagerar.
 
La primera obligación del centro-derecha español no es favorecer la resucitación de un PSOE moribundo ni garantizarle que podrá gobernar porque el PP se quitará de en medio regularmente. Ese tipo de razonamiento es una ofensa para los votantes, y no se ve bien cómo se puede hacer tal cosa sin pervertir el proceso electoral. El PSOE que ganó en marzo de 2004 fue el que perdió en el año 2000, y habría vuelto a perder de no ser por los atentados de marzo. Ese PSOE, simplemente, no dispone de un programa –entre otras cosas, por culpa de González y de Guerra– y lo lógico es que pierda las próximas elecciones y que acometa un proceso de renovación interna que lo ponga a la altura de los tiempos, proceso que lamentablemente ha sido retrasado por las anómalas circunstancias en que se produjo su triunfo. Eso es lo que dará estabilidad a la vida política española. Pensar que España se acaba si se acaba el PSOE es un gesto que no dice nada bueno sobre las convicciones del centro-derecha.
 
El PSOE de González y de Guerra pudo hacer en el Gobierno lo que ahora se le sugiere a Zapatero que haga, pero sólo porque no había oposición. ¿Está dispuesto el PP a favorecer una reedición de ese proceso cediendo el centro político a Zapatero?
 
El centro-derecha español no debería ocupar su tiempo en explicarle al PSOE lo que debe hacer, sino en explicar a la opinión pública cuál es su visión de España. Cosa que todavía no ha hecho. A hacerse votar masivamente en las próximas elecciones. Ahí están las encuestas para decirnos quién es el que tiene problemas. Pero para eso es necesario dar la impresión de que se quiere ganar y no asumir la propaganda del rival: que el triunfo del PP “crisparía el clima social” y que sería una imprudencia ganar las elecciones con contundencia. Lo que la Historia nos muestra es que el PSOE, que incluso después del referéndum sobre la ley de reforma política seguía manifestando desear “la superación del sistema capitalista”, sólo cambió de posición porque los electores y la realidad le obligaron a ello, y lo hicieron porque la postura del centro-derecha les convenció más. Ese debería ser el modelo.

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