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Algunos medios de comunicación de los que suelen denominarse progresistas parecen estar empeñados en poner en circulación un  nuevo concepto para aludir a lo que, desde no hace mucho tiempo, conocemos como violencia de género o violencia doméstica. Al parecer, el fracaso de cuantas iniciativas han ido poniéndose en práctica para limitar  este tipo de crimen –entre las que quizás debería empezar a contarse el no hacerle publicidad-  ha llevado a estos medios a elevar su calificación y a elegir el término terrorismo, con la intención de llamar aún más la atención sobre el problema. Quienes consideran que ocuparse de los problemas sociales no es resolverlos, sino escandalizarse por su existencia, asignarles un origen ideológico conservador y gastar dinero en financiar a quienes dicen ocuparse de ellos, seguramente creen que la sofisticación de su jerga, además de proporcionarles una falsa apariencia de profesionalidad, puede rendir algún servicio a quienes  tienen la vida pendiente de un hilo. Pero, por desgracia, se equivocan.
 
Si hiciera fortuna esa nueva expresión -lo que probablemente ocurrirá, dado el gusto de los medios de comunicación por este tipo de hallazgos terminológicos-, tendría un efecto devastador sobre la política antiterrorista. Durante muchos años, los españoles dimos la espalda a las víctimas del terrorismo de verdad, principalmente el etarra, como efecto de una cómoda y profundamente inmoral creencia en que los atentados no eran más que un ajuste de cuentas entre particulares, un asunto privado. Policías, guardias civiles y militares, principalmente, fueron asesinados sin que nos sintiéramos victimas del crimen que les segó la vida. 
 
El asesinato de Miguel Ángel Blanco, idéntico a los demás en su inmoralidad, pero consumado ante nuestros ojos, hizo que muchos españoles comprendieran por fin la relación que ETA guarda con sus víctimas, y que ellos mismos se sintieran víctimas de ese crimen. Entender esto nos costó demasiado tiempo, pero, finalmente, nos puso en el camino de derrotar al terrorismo, que es una violencia pública en sus fines y en sus  instrumentos, una violencia colectiva que se ejerce sobre blancos de oportunidad y que persigue la obtención de poder político.
 
Quien ejerce violencia sobre su pareja, por el contrario, persigue a su víctima y nada más que a ella. No se siente partícipe de un movimiento, no persigue un fin político, ni amenaza al conjunto de la sociedad. Lo suyo es un asunto personal o familiar. La violencia de género es en realidad una relación de pareja, aunque una relación igualmente criminal y, por desgracia, trágica, y los medios para combatirla deben ajustarse a esa caracterización, que son muy diferentes de los que requiere el combate antiterrorista.
 
El uso de la expresión terrorismo  doméstico no ayudará a proteger a quienes son víctimas de sus parejas, y nos hará más vulnerables ante los terroristas. Quienes quieren cambiar el mundo con motivo de la violencia doméstica prestan un  pobre servicio a las víctimas a las que dicen proteger, porque hacen depender su suerte del éxito de una ideología insolvente.  Esa expresión, que es fruto de esta ideología,  revela una dramática ignorancia sobre el terrorismo y sobre la violencia doméstica, y su éxito no auguraría nada bueno para las víctimas. No es casualidad que quienes más entusiastas se muestran de su uso sean, precisamente, quienes más dificultades han tenido para llamar a los terroristas por su nombre.

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