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El presidente del gobierno ha afirmado que España va a desatender la solicitud realizada por el gobierno iraquí, por la ONU (con el voto favorable de España) y por la Unión Europea (con el voto favorable de Zapatero), y no va a prestar a este país ningún tipo de ayuda que requiera la presencia de españoles en territorio de Irak. Al parecer, todas estas peticiones no satisfacen las exigencias del gobierno español, que percibe “un problema de origen” en todo este asunto. Lo hay, ciertamente, y grave: se trata de que los hechos han colocado a nuestro gobierno en la obligación de optar entre conducirse éticamente y ayudar a Irak a convertirse en un Estado libre, democrático y próspero, o preservar transitoriamente su escaso y probablemente efímero atractivo electoral contra el interés del país. El gobierno sabe que debe atender esa solicitud (por eso votó a favor en la ONU y en la UE), pero no puede hacerlo explícito en España sin causar un grave daño a su imagen entre los votantes que de buena fe le creyeron cuando hablaba de Irak. Para el PSOE, hacer lo que debe hacer es negarse a sí mismo. Este es el “problema de origen”, o, mejor, el origen del problema, que sólo tiene una solución digna: cambiar de política, explicarse ante la opinión pública y aceptar el veredicto de las urnas.
 
Pero la respuesta dada hasta ahora impide al gobierno actuar decentemente, lo lleva a hacer como que ignora lo que ocurre a su alrededor –lo último, el consenso alcanzado sobre el “fotógrafo” de las Azores para que ocupe la presidencia de la Comisión Europea-, y delata un apego al poder y una falta de amor a la verdad, que casi garantiza la corrupción de las instituciones y de los procedimientos. En estas circunstancias, causa sonrojo el llamamiento a mantener “el alma democrática” que el presidente del gobierno se ha permitido dirigir a quienes han arriesgado la vida de sus compatriotas y su propia carrera política en esa tarea, y han sido abandonados a su suerte mientras la ejecutaban.
 
Seguramente, y contra lo que piensa el PSOE, el electorado español –que empieza a tomar conciencia de lo que pasó el 11-M y de lo que pasa en Irak- sabrá sancionar con su voto a quien antepuso y antepone su propio interés a la defensa de un interés general vital. Y vital para España es la derrota del terrorismo en Irak, y la consolidación de un nuevo Estado democrático, porque ese es el fundamento de nuestro sistema político, lo que declaramos desear para nosotros y para cualquiera. Si permanecemos al margen cuando nuestra ayuda es necesaria no sólo padecerán por ello los iraquíes, padecerán los fundamentos de nuestra vida política, nuestra estima como nación.
 
El mérito de quien combate por la vida libre de los iraquíes está precisamente en que no sabe si ganará, pero se esfuerza por ganar. Nuestro gobierno afirma –seguramente como coartada- que el hecho de que todavía no se haya ganado revela la inoportunidad del combate, y la justicia de las pretensiones de quienes atentan contra las instituciones del nuevo Estado iraquí. Esta perspectiva –que explícitamente ha sido rechazada por la ONU y por la UE con el acuerdo del gobierno español- manifiesta un error intelectual y una debilidad moral que no podemos permitirnos por mucho tiempo, y que no traerá nada bueno en la lucha contra el terrorismo, ni en Irak ni en España.

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