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Miguel del Pino

La anarquía y la estupidez se alían con la COVID

Nunca una sociedad estuvo tan bien asistida por la Ciencia. Nunca estuvo por el contrario tan reacia a obedecerla.

Miguel del Pino
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Nunca una sociedad estuvo tan bien asistida por la Ciencia. Nunca estuvo por el contrario tan reacia a obedecerla.
Fiestas ilegales en Madrid | Policía Madrid

No podemos pedir más a los científicos en relación con la lucha contra la pandemia. Nos han asistido con diligencia en la búsqueda de nuevas terapias contra los efectos del coronavirus que asola nuestra civilización y han conseguido diferentes vacunas batiendo todas las plusmarcas anteriores. En este sentido sí estamos inmersos plenamente en los prodigios exigibles al Siglo XXI.

Por el contrario los políticos no han estado a nivel mundial a la altura de las circunstancias, especialmente los que en este momento nos desgobiernan, pero hay que reconocer que el desconcierto y la incompetencia han sido, como la infección, otra verdadera pandemia. Sálvese quien pueda.

Cuando a base de sacrificios, a veces casi inhumanos, parece que vamos contribuyendo a colaborar con el proceso de vacunación en vencer el pulso a la que se viene llamando “tercera ola”, le salen nuevos amigos al virus y la situación se vuelve a complicar; estos amigos son la anarquía, la insensatez y la estulticia.

Imprudencias y negligencias incomprensibles

Aquellos que confunden la prudencia con la libertad de expresión y pretenden volver a tropezar en la piedra del ocho de marzo de 2020 con evidente posibilidad de intensificar el riesgo de recaída en la morbilidad del proceso de contagio en pro de la reivindicación del feminismo ¿Han pensado siquiera en la posibilidad de aplazamiento de sus convocatorias por la seguridad de la población en general?

La necesidad de llamar a la prudencia se vuelve angustiosa cuando pensamos en el elevadísimo porcentaje de ancianos que se nos ha quedado en el camino; estos ancianos pertenecen, no quiero hablar en pasado, a una de las generaciones más valiosas que ha conocido nuestra historia: por su abnegación durante la juventud que tuvieron que soportar y por lo mucho que han trabajado para regalarle a esta juventud la sociedad del bienestar de que disfrutan.

Hay que ser muy prudentes al hablar de juventud cuando nos referimos a los jóvenes fiesteros que escandalizan a la opinión pública apareciendo borrachos o sin tomar precauciones: sólo son una ínfima parte de nuestros jóvenes y no hay que olvidar a tantos otros que se han ofrecido a ayudar a sus vecinos ancianos y a hacerles la compra durante la pandemia. Estos fiesteros incontrolados, que no incontrolables, no son sino minoría, pero una minoría muy dañina y altísimamente peligrosa.

¿Se les puede calificar de “gilipollas"?

La primera descalificación que se suele ocurrir a muchos ciudadanos cuando se horrorizan al ver en los telediarios los botellones sin distancia ni mascarillas en los rostros de los participantes suele ser la de “gilipollas”; hay que discrepar del término porque esto es algo infinitamente más serio y punible que la simple “gilipollez”.

El término a que nos referimos, tan empleado como malsonante, tiene varias acepciones que merece la pena analizar, la mayor parte de ellas relacionadas con el casticismo y referentes a falta de juicio, estupidez o simpleza de raciocinio, manejadas con intención de insulto venial y que por tanto en este caso dejan la palabra en demasiado benevolente.

Algunos expertos buscan la etimología de “gilipollas” en la raíz “Jilí”, procedente del caló y con significado de “tonto”: sería por tanto una gitanería cuyo complemento sexuado se refiere a quien piensa con todo menos con el cerebro.

El vocabulario del “Género Chico” emplea el término “aijili” como derivado de la burla a quienes, en ambientes muy populares, pretendían imitar la vestimenta y gestos de la alta sociedad “high life” en idioma inglés. (La Gran Vía, “chotis del Eliseo”).

Particularmente curiosa resulta la presunta derivación de la palabra a expensas de la burla que los madrileños del Siglo XVI dispensarían, según la leyenda, a un recaudador de tributos llamado Baltasar Gil Imón de la Mota, quien acostumbraba a pasear a sus hijas, Fabiana y Filomena extravagantemente vestidas, con la finalidad de encontrarles novio. “Polla” y “Pollo” hacían referencia a la inmadurez de los adolescentes, que no eran aún “gallos y gallinas”; las ridículas paseatas del funcionario y sus hijas hacían exclamar a los guasones: “aquí vienen Gil y pollas”, lo que evolucionó a calificación despectiva.

En cualquier caso las imprudencias de los amantes del botellón y la fiesta ayuna de precauciones sanitarias no son solo merecedoras de burla, sino de verdadera indignación.

Que caiga el peso de la ley

Hay circunstancias en que la comisión de faltas o delitos desborda por su novedad las previsiones legales y es posible que nos encontremos ante uno de estos casos. ¿Cómo calificar las infracciones cometidas por quienes son descubiertos por la policía participando en fiestas clandestinas donde no se guardan las medidas de seguridad establecidas por la Legislación?

¿Podría tratarse de imprudencias temerarias? ¿Habría que agravar el concepto añadiendo la circunstancia legal de “con resultado de muerte”? Si pensamos que tal resultado fatal puede afectar a sus familiares más allegados concluiremos que las actitudes de estos irresponsables sobrepasan lo humanamente concebible.

No es lógico que los sorprendidos en estas infracciones sanitarias escapen con una simple sanción pecuniaria; deberían ser detenidos, aislados, superar una cuarentena no precisamente en su domicilio, y hacerlos reos de la necesaria reinserción social que su actitud sin duda requiere.

Todo lo anterior sea cual sea su extracción social, su nacionalidad y su edad. La vida de muchos ciudadanos depende de que la Justicia acierte a utilizar el suficiente rigor correctivo.

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