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Miguel del Pino

Coronavirus: Los verdaderos números del covid-19

Si analizamos la letalidad, podemos suponer que el número de infectados real podría acercarse al millón de personas.

Miguel del Pino
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Si analizamos la letalidad, podemos suponer que el número de infectados real podría acercarse al millón de personas.
Enfermo de coronavirus | EFE

Poco a poco vamos conociendo mejor al enemigo que provoca la pandemia que padecemos, pero si nos sirve de consuelo, en epidemias del pasado como la del cólera morbo que azotó España en 1884, ni siquiera sabíamos que se trataba de una bacteria hasta que el microbiólogo alemán Koch descubrió el bacilo en forma de coma que la provoca. Ahora, en pocos meses, conocemos hasta el genoma del nuevo coronavirus.

Pero todavía ignoramos mucho sobre sus mecanismos de transmisión y su comportamiento como patógeno. Cada vez que las autoridades sugieren un nuevo consejo, como el de utilizar todos mascarillas en la calle, nos damos cuenta de que anteriormente hemos estado en manos de verdaderos irresponsables.

Lo de que el virus sólo se transmitía por gotículas y de que era tan grande que "caía por su peso al suelo en solamente unos centímetros", no se lo creían más que unos cuantos iluminados, no ya los científicos, sino la generalidad de la población venía intuyendo que no bastaba para infectarse con recibir un golpe de tos o un estornudo a corta distancia.

Poco a poco, en medio de insoportables reiteraciones sobre aquello de que "lo venceremos entre todos" o de supuestas informaciones matemáticas sobre "picos de curvas" y otras sandeces, hemos ido recibiendo nuevos datos sobre medidas de protección imprescindibles que hace sólo unos días se venían descuidando. Ahora se confirma que el virus no sólo está en las gotículas respiratorias y cae con ellas, sino que puede también infectar en forma de aerosol.

También fuimos aprendiendo que conviene lavar los alimentos o sus envases utilizando agua con unas gotas de lejía y hasta desinfectar la suela de los zapatos al regresar de la compra o de la farmacia. ¿Alguien podía creer que el alto número de conocidos de todos y cada uno de nosotros que ha contraído la infección podía deberse sólo a la mala fortuna de cruzarse frente a un golpe de tos o un estornudo de nuestros semejantes?

Vamos entonces a tratar de encontrar el número real de personas que se han infectado en España desde la aparición de la pandemia, no me atrevo a decir que en marzo, porque seguramente se venían dando casos anteriormente sin que fueran diagnosticados. ¿Qué número real de infectados ha habido?

Seguramente nunca sabremos el número real de infectados.

No llegaremos a saberlo porque la población base ni ha sido testada, ni lo está siendo ahora, ni lo será probablemente en los próximos meses, y esa carencia del dato basal se debe principalmente a dos circunstancias: las personas asintomáticas pueden actuar como transmisores y además, no se cuenta con equipos de test, ni fiables ni suficientes para detectarlas.

Suponiendo en un alarde de optimismo que nuestro Gobierno fuera capaz de conseguir tales equipos en un plazo razonable, tampoco se podría hacer en una primera etapa un muestreo general de la población, ya que habría que comenzar por proteger a los profesionales sanitarios implicados en la lucha, después a los ancianos y otros colectivos especialmente vulnerables; en definitiva testar a la población de manera masiva es por el momento inviable.

No hay otro medio que especular para tratar de aproximarnos al número real de contagiados, y para ello podemos comenzar por un dato tristemente cierto: el número de fallecidos. con los datos que nos suministran en estos momentos la letalidad del virus Sars Cov-2, a día de hoy, con 130.000 infectados en números redondos, y 12.000 fallecimientos, la letalidad se aproximaría al diez por ciento, y nos negamos a admitir tamaña capacidad destructiva.

No la admitimos por los precedentes conocidos de virus similares, como el Sars 1 o el Mers (la letalidad máxima de este último no superó el 6%) ni por los datos iniciales obtenidos en China ni por la estrategia evolutiva de este tipo viral, que trata más de difundirse que de matar, ya que la muerte supone en corte de su cadena de reproducción y de infección,

Si partíamos de la suposición de un 2´6 como máximo de letalidad en el actual Sars Cov-2, y descartando que haya mutado hacia una mayor agresividad mortífera en el último mes, nos sentimos tentados a añadir un cero al número supuesto de infectados para aproximarnos a lo que podría ser el número real, posiblemente en torno al millón de individuos como mínimo.

Atención, porque este supuesto no debe aumentar el terror ante la pandemia, antes bien nos informa sobre una capacidad de matar muy inferior a la que podría deducirse de los números que se nos ofrecen como reales, y no estamos hablando de engaño, sino de falta de información básica. El retraso en la toma de medidas por parte del Gobierno es otro tema, que seguramente terminará en los tribunales de justicia.

Por cierto, en su última, larguísima y patética alocución del Sr. Presidente por medio de la televisión pública, después de entrar en bucle hablando de una curva que se enredó en su dialéctica hasta convertirse en ovillo, volvió a referirse al "Comité de expertos científicos que le asesora". ¿Quiénes son tales expertos Sr. Presidente? Por favor publique sus nombres y deje que ellos nos informen, al menos durante unos minutos al día.

Porque queremos estar informados científicamente, y además porque creemos en la Ciencia española. Volviendo a hacer referencia a la epidemia de cólera de 1884 en nuestro país, recordemos que la vacuna fue descubierta por un "médico de pueblo" español, el Dr. Ferrán, a pesar de que ni políticos ni colegas soberbios le tomaban en principio en serio.

De aquella epidemia, magistralmente estudiada por el Dr. Juan José Fernández Sanz en su libro 1885: el año de la vacunación Ferrán (Fundación Ramón Areces 1990), se pueden extraer consecuencias que hoy merecen una reflexión.

Por ejemplo la dimisión del ministro Romero Robledo debida a su deficiente gestión de la crisis, o la entusiasmada adhesión del pueblo al Rey Alfonso XII cundo tomó el tren en Atocha y se marchó a Aranjuez, uno de los focos del cólera, para visitar enfermos y compartir el rancho con los soldados que los protegían. El pueblo suele mostrarse muy sensible durante las catástrofes.

También comenta el autor el peligro que supuso para la España de la Restauración el rebrote de conductas cantonales a causa de la epidemia tras los horrores separatistas de la Primera República que se creían superados. Reflexionen sobre ello los Presidentes autonómicos porque el problema no es cantonal, es de España y del Planeta en visión global.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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