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Del coche al burro, la auténtica 'transición ecológica'

Se prohíben los vehículos con motores de combustión. Tal vez sea el momento de recuperar el "burro-taxi".

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Burros. | Pixabay

Desde que el llamado "progresismo" olvidó el antaño famoso "prohibido prohibir", las prohibiciones se multiplican y en caso de necesidad se recurre para ello al Real Decreto. En el caso de los vehículos con motores de combustión se prohíben ahora a cuarenta años vista.

Estamos preparando para el futuro lindas carretas ecológicas pintadas de verde y cargadas de flores, pero se ha olvidado algo muy importante: los bueyes se han enganchado detrás, y así no hay carreta que funcione.

Los bueyes, es decir, los planes y los estudios necesarios para saltar hacia el futuro, en este caso energético, deben ir necesariamente por delante de las autorizaciones y prohibiciones, y no sólo los planes, sino también los presupuestos necesarios para ejecutarlos.

Al recibir la noticia de que los coches de combustión serán prohibidos dentro a lo sumo de cuarenta años, los profesionales, fabricantes y vendedores, temblaron y los consumidores abrieron asombrados los ojos, pero después unos y otros pensaron y llegaron a la conclusión de que los políticos, jugando una vez más con la Naturaleza, patinaban en el terreno del absurdo.

Algunos recurrieron incluso a sus viejos libros de física del colegio y buscaron el capítulo "electricidad" para recordar conceptos y fórmulas, como los de potencia, voltaje, carga, intensidad de corriente, sea la misma continua o alterna. A partir de entonces se dividieron en dos grandes colectivos: los indignados y los que, mejor dotados de sentido del humor todavía se están riendo a carcajadas.

Nosotros sólo recurriremos a conceptos elementales, como por ejemplo: que la carga del motor de un coche eléctrico depende, entre otros factores, de la intensidad del voltaje y del tiempo: respecto al último concepto hablamos de carga rápida –una media hora- o de carga lenta-diez o doce horas para conseguir una autonomía de al menos cien kilómetros-

La carga lenta podrá conseguirse con puntos de toma de corriente instalados en los garajes de las casas, lo que necesitará un aumento de los amperios y del diámetro de los cables. Tiemblen los miembros de las Comunidades de vecinos ante la necesidad de llegar a acuerdos sobre la instalación de tales mecanismos, de contadores, comunitarios o individuales, de turnos en dicho garaje si los enchufes no son suficientes, de las medidas de seguridad para evitar incendios o apagones por sobrecarga, por citar sólo algunos ejemplos.

Pero es que no todos los coches descansan en garajes, es más, la mayoría en las grandes capitales tienen que aparcar en plena calle. ¿Sustituiremos los árboles por postes de carga? ¿Dormiremos dentro del vehículo para que no se interfiera el proceso? ¿Han pensado en ello nuestros "iluminados" gobernantes?

Vamos ahora a la carga rápida. En este caso no hablamos de intensidades de diez amperios, sino de varios miles, que deberán soportar los puntos previstos en las actuales gasolineras. Teniendo en cuenta que cada poste sólo puede alimentar simultáneamente a dos vehículos, al llegar con las baterías casi agotadas en el transcurso de un viaje largo será necesario guardar cola hasta que toque el turno ¿Quizá tras veinte o treinta aspirantes que consume media hora cada uno?

Antes se hablaba de "carretera y manta": un viaje de seiscientos kilómetros requerirá varias jornadas y no cabrá aquello de descansar o hacer noche en un hostal mientras avanza la cola de coches precedentes al nuestro: habrá que dormir dentro de él, no sea que se delante de manera aviesa algún avispado.

Hasta ahora sólo estamos hablando del coche privado pero denostada la combustión habrá que reflexionar también sobre el transporte pesado, las calefacciones, el consumo industrial de energía: la electricidad no es la solución de futuro.

A quien dude lo que afirmamos remitiremos a los apagones veraniegos cuando llegan las olas de calor y los termómetros se disparan. El encendido masivo y simultáneo de los aparatos domésticos de refrigeración suele provocar el agotamiento momentáneo de la fuente de suministro, porque la electricidad no puede acumularse en tal cantidad sino que hay que ir acomodando el consumo a su producción. ¿Es tan complicado?

La pregunta clave es: ¿Cómo se va a generar la suficiente electricidad para responder a la hipotética demanda masiva? No piensen en la energía nuclear, porque estará aún más satanizada que la combustión; podemos suplicarla a los vecinos nuclearizados, pero no tendremos ni para empezar con todo lo que podamos producir en agricultura o en servicios para intercambiar por el preciado bien. Seremos inválidos energéticos.

No muy lejos tenemos el ejemplo que nos proporcionaron Ucrania y Rusia tras la caída de la Unión Soviética: bastaba un breve corte de suministro de gas por parte de Rusia a su viejo granero del sur para que reventaran las congeladas tuberías calefactoras y Ucrania y Crimea quedaran en la miseria, bien es cierto que no es fácil escarmentar en cabeza ajena.

En pleno auge del turismo de playa de tiempos del "landismo cinematográfico" unos modestos pero geniales empresarios inventaron el "burro-taxi" allá por las costas malagueñas. Aquí tenemos la solución futura, que puede ser viajar en vehículos movidos por tiro de caballería. Las supergasolineras evolucionadas a eléctricas con postes de carga de noventa mil amperios podrán dar paso a las "alfalferas", en las que no deberá faltar la paja bien limpia y los suplementos de remolacha y zanahoria. Se dirá que esto es reírse por no llorar, pero la situación no es para menos.

No nos merecemos unos políticos que brinden constantemente al sol ni que jueguen con la Naturaleza, y esto último lo hacen constantemente: todo lo que se refiera a los aspectos científicos y técnicos de la planificación del desarrollo futuro debe ser tomado con la mayor seriedad y no con frivolidades ni decretos efectistas.

Si nuestros dirigentes han tenido la previsión de guardar sus libros de Primaria, les invito a que repasen los capítulos de física elemental, que parecen haber olvidado.

Y entre tanto demos gracias a Pascual Rovira y su asociación para la defensa del borrico "Adebo", con sede en Rute y siempre recordando a Juan Ramón y su "Platero". Menos mal que gracias a entusiastas como ellos no se han extinguido los burros, porque pronto van a volver a estar de servicio.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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