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Miguel del Pino

Elección del sexo. ¿Qué dice la Biología?

Hasta las podemitas radicales que postulan la libre elección del sexo conocen la base genética pero poco les importa ante su obsesión ideológica.

Miguel del Pino
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Hasta las podemitas radicales que postulan la libre elección del sexo conocen la base genética  pero poco les importa ante su obsesión ideológica.
ADN | Pixabay/CC/qimono

Para el fanatismo político de ultraizquierda que pretende gobernar la sexualidad a su manera las bases biológicas (que ignoran) de la sexualidad carecen de importancia ante sus aberrantes teorías. ¿Qué dice la biología sobre tal sucesión de proyectos legislativos eminentemente antinaturales?

El sexo y la distribución sexual

Se designa como distribución sexual el modelo espacial y temporal según el cual se distribuyen las formas sexuales masculina y femenina dentro de una especie. La biología admite que con toda probabilidad los seres sexuados evolucionaron a partir de organismos con una potencia inicial bisexual que se fueron posteriormente diferenciando, y esto ocurrió tanto en animales como en plantas.

La reproducción sexual implica que dos individuos tengan que aparearse para formar un nuevo ser; si tanto plantas como animales han adoptado por abrumadora mayoría este sistema, más complicado que la reproducción asexual, es porque la fusión del patrimonio genético de ambos individuos mejora el resultado final.

Vamos a decirlo de otra forma: si un ser progenitor comienza a dividir su cuerpo o una parte del mismo para dar nuevos seres descendientes, éstos serán genéticamente idénticos a su progenitor, es decir “clones”; y sin intervención de otros genes “refrescantes”, las sucesivas mutaciones que produce el azar lo irán deteriorando.

A partir de esta base genética fundamental, la casuística nos ofrece una variabilidad extraordinaria e inabarcable en este artículo: dentro de los seres sexuados (animales o vegetales) caben dos posibilidades: la separación de sexos o el hermafroditismo.

En el caso de la separación de sexos las especies se distribuyen en machos y hembras, y el porcentaje de uno u otro sexo viene determinado por mecanismos muy diversos que en definitiva vienen a tratar de conseguir la supervivencia de la especie con mantenimiento de la densidad de su población. Es cierto que la reproducción asexual, por ejemplo la de los hongos que producen multitud de esporas, suele generar un número de individuos menor que el que corresponde a los seres sexuados, pero recordemos que en aquéllos se trata producir clones, lo que anula las posibilidades evolutivas.

La naturaleza encuentra soluciones verdaderamente brillantes para combinar las ventajas de la reproducción asexual (mayor número de descendientes), y de la sexual (descendientes genéticamente mejores): en la reproducción alternante, como la de los helechos, se suceden dos fases biológicas a lo largo del ciclo reproductivo: en la fase sexuada hay órganos reproductores que forman gametos, y éstos, tras fusionarse, hacen crecer un nuevo tipo, el “esporofito”, que produce millares de esporas.

La determinación del sexo en los vertebrados y en el hombre

En la mayor parte de los vertebrados, el sexo viene condicionado por unos genes que son transportados en unos cromosomas especiales llamados cromosomas sexuales. En nuestra especie estos cromosomas se designan con las letras X e Y. Los genes masculinos están contenidos en el cromosoma Y de manera que, dado que recibimos un par de cromosomas sexuales, uno paterno y otro materno, las combinaciones posibles serán XX (hembra) o XY (varón).

Seguramente hasta las podemitas radicales que postulan la libre elección del sexo (al que tratan de convertir en un nuevo concepto que llaman “género”) conocen esta base genética que se estudia ya en la Enseñanza Básica, pero poco les importa la biología ante su obsesión ideológica.

Dado que el sexo de un embrión viene determinado por el tipo de espermatozoide que fecunda al óvulo maduro, queda clara la naturaleza inicial y primordial de la definición del sexo en la especie humana.

Después de la fecundación comienzan a actuar sobre el sexo una serie de factores que determinarán la definitiva sexualidad funcional del individuo; los más importantes son las hormonas, pero en una especie eminentemente social como es la nuestra no se pueden desdeñar otros complementos de naturaleza psicológica o sociológica, en cuyo nombre tratan los manipuladores de fundamentar sus aberrantes postulados.

La sexualidad integral en el adulto

Los factores hormonales son especialmente importantes a la hora de definirse no sólo el aspecto externo de los individuos sino también, en parte, su comportamiento sexual: este último aspecto es particularmente complejo ya que depende de un conjunto de circunstancias tan variables como las vivencias marcadas desde la infancia, los ejemplos que se presenten como modelos imitables al inmaduro o infantil, y desde luego, de las hormonas.

Los dos sexos producen en la mayor parte de los animales hormonas masculinas y femeninas, de manera que es la preponderancia de unas u otras quien define el resultado final: hormonando se puede variar el aspecto de un individuo externo de los individuos, pero la necesidad de un riguroso control por parte médico es imprescindible, y muy especialmente en el caso de adolescentes o adultos inmaduros, circunstancia de la que pretenden prescindir los legos en biología que aspiran a imponernos sus leyes.

A la hora de abordar el estudio de las hormonas es necesario evitar la consideración de estos mensajeros químicos orgánicos como una relación de sustancias independientes; no es así, ya que en realidad forman un sistema que relaciona unas con otras y que tiene su base en la glándula hipófisis situada en la base del cerebro y que constituye un “cerebro endocrino”. Alterar el sistema hormonal es delicado y puede provocar efectos imprevisibles tipo “dominó” o “castillo de naipes”, de manera que dejen en paz a niños y niñas, sobre todo sin control médico ni autorización y consejo paterno-materno.

Los factores que se suman a los hormonales para determinar el comportamiento sexual de un ser humano suelen ser de tipo sociológico y en una sociedad democrática y liberal cabría pedir al estado que respete la libertad de cada ciudadano mientras no delinca, sin preocuparse de otra circunstancia que no sea la forma en que tributa. Sin penalizaciones ni privilegios.

Y en cuanto a los supuestos legisladores, en este caso con predominio de legisladoras que pretenden imponer sus postulados de ingeniería sociológica sobre las bases biológicas elementales, es necesario condenarlos al más riguroso ostracismo.

MIGUEL DEL PINO LUENGO es biólogo y Catedrático de Ciencias Naturales.

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