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Miguel del Pino

Exterminio de cotorras en Madrid

Se destinarán cien mil euros en la operación de captura y muerte de unas veinte mil cotorras pertenecientes a dos especies diferentes.

Miguel del Pino
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Se destinarán cien mil euros en la operación de captura y muerte de unas veinte mil cotorras pertenecientes a dos especies diferentes.
Ejemplar de cotorra argentina | SEO Birdlife

Se anuncia el inminente comienzo de un plan de exterminio de las cotorras que se han aclimatado y reproducido a sus anchas por Madrid y sus alrededores desde que, en los años ochenta, se detectó el grave problema de su presencia en libertad procedente de la fuga de ejemplares destinados al mundo de los animales de compañía.

Cien mil euros serán empleados en dicha operación de captura y muerte de unas veinte mil cotorras, pertenecientes a dos especies diferentes: la Cotorra de Kramer, originaria de Asia y Norte de África, y la Cotorra argentina, nativa del país que le da nombre en cuyas planicies cerealistas habita en bandadas de muchos miles de ejemplares.

No se trata de un problema para la ciudad, sino de dos muy diferentes, ya que las dos cotorras tienen requerimientos ecológicos distintos: la de Kramer, que no es un demonio al que odiar sino un animal doméstico muy frecuente en Europa, anida en huecos de árboles mientras que la argentina fabrica en las copas los grandes nidos colectivos que se anuncian como uno de sus peligros por posibilidad de caída.

La Sociedad Española de Ornitología está avalando con sus ¿estudios?, las causas que justificarían esta tremenda masacre de unas aves cuya capacidad de adaptación al medio y su empatía con el ser humano cuando son mascotas es extraordinaria. En la actualidad, los ornitólogos reconocen en ellas una "inteligencia" superior incluso a la de los primates, y desde luego a la de un perro o un gato.

De manera que de lo que estamos hablando es de capturar y matar –vamos a dejarnos de eufemismos como sacrificar– a veinte mil ave inteligentes, bellas pero, vamos a reconocerlo, no deseables en el entorno urbano.

Sabemos de muy buena tinta que hace más de treinta años que se viene advirtiendo a las autoridades municipales del crecimiento de las colonias de cotorras y de la necesidad de limitar sus poblaciones. Al comienzo del problema habría sido muy sencillo y nada cruento, ahora va a ser un acontecimiento tremendo para cualquier persona, no ya amante de los animales, sino simplemente sensible.

Aprecio y valoro la garantía científica de las opiniones de SEO Birdlife (Sociedad Española de Ornitología), pero en este caso discrepo con gran disgusto de la forma en que está colaborando con las autoridades municipales afirmando lo siguiente:

  1. Las cotorras son causa de la disminución de gorriones en la ciudad.
    Falso. Es frecuente que los gorriones supervivientes a su declive en las grandes ciudades como Madrid, hagan sus nidos aprovechando huecos de las grandes edificaciones nidificantes de las cotorras argentinas, que no les afectan en absoluto. La casi extinción de los gorriones en muchas ciudades europeas no está aclarada en sus orígenes, aunque convendría revisar si disponen de agua limpia en el ambiente urbano y si las fumigaciones no les privan de insectos, necesarios para su crianza en el verano.

  2. Las cotorras transmiten enfermedades:
    Por supuesto: como cualquier otro ser viviente; por esa razón habría que extinguir a todas las demás aves urbanas.

  3. Los nidos pueden caer y lesionar a las personas:
    Es cierto, por lo tanto habría que eliminar los nidos que por su situación resulten peligrosos. En cuanto a la reducción de las poblaciones de las dos especies invasoras, es necesaria sin ninguna duda, pero el Ayuntamiento debería pensar en hacerlo de la manera menos cruenta posible: por ejemplo capturando, esterilizando y liberando machos, suministrando productos limitantes de la eclosión de los huevos o capturando ejemplares para alojarlos en instituciones de refugio.

Ya sabemos que todas estas medidas tienen mayor presupuesto que el de que matarlas en masa, pero la pésima gestión del problema durante tantos años no debería desembocar en una matanza final que a muchos, y me incluyo, repugna por pura sensibilidad.

Porque el factor sensibilidad merece ser incluido en el conjunto de los que hay que barajar en un tema que no debería haber llegado hasta aquí y que ahora va a tener un alto coste no sólo económico sino también de imagen, para quienes hagan de malos de la película basándose en el puritanismo ecológico de la "gestión delas especies invasoras."

Si hablan o encuestan a los ciudadanos sobre cómo resolver este tema, comprobarán que la inmensa mayoría es partidaria de reducir el número de cotorras y de limitar su reproducción, pero no de una matanza masiva impropia de estos tiempos. En definitiva sería deseable llevar a cabo el control de las aves invasoras de la manera menos cruenta posible.

Recapaciten por favor las autoridades municipales, ahora que estamos a tiempo.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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