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La gran invasión de las orugas

Las procesionarias que nos han invadido esta primavera son urticantes y pueden provocar graves reacciones alérgicas a niños y perros.

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El complejo reloj biológico que desencadena la actividad de numerosas especies de orugas ha dado la señal de despertar para las procesionarias del pino, las galerucas del olmo de Siberia y tantas otras especies de larvas de insectos que tienen forma de gusano, aunque en realidad no lo son.

Las larvas eruciformes son propias del orden de los Lepidópteros (mariposas), pero no sólo de ellas; también muchos escarabajos llegan a la forma de adulto a partir de una oruga, aunque éstas sean menos visibles por desarrollarse bajo las cortezas o las piedras.

La "Ley fundamental de la ontogenia" del naturalista Haeckel establece que "la ontogenia repite la filogenia", es decir, que a lo largo de las etapas del desarrollo embrionario de muchos animales se pasa por fases que recuerdan a sus formas antepasadas: por ejemplo, los vertebrados con pulmones, como nosotros mismos, tenemos un momento del desarrollo fetal en la que poseemos branquias, es un recuerdo de nuestra descendencia a partir de los peces.

Pues bien, los insectos descienden de los gusanos anillados llamados anélidos, de manera que no es extraño que las larvas de algunos de sus órdenes, como mariposas y escarabajos, tengan forma de gusano antes de detener su desarrollo pupar, y convertirse en adultos.

La larga infancia de estos insectos

Por lo general consideramos como insectos perfectos a los adultos, pero conviene saber que en muchos casos quien tiene una vida larga y activa en cuanto a nutrirse es precisamente la oruga, ya que el adulto, la mariposa, es una fase voladora cuya función específica es la reproducción y el llamativo vuelo tiene carácter de "viaje nupcial" previo a la fecundación y a la postura de los huevos.

La dominancia en el tiempo de la larva sobre el adulto es aún mayor en otros órdenes de insectos, como los Efemerópteros; sus curiosas larvas viven bajo el agua en refugios construidos por ellas cementando y pegando guijarros.

En estos seguros refugios, en el fondo del río, las larvas hacen su metamorfosis y cuando salen volando a la superficie para aparearse, una vez convertidas en gráciles criaturas parecidas a las mariposas, su vuelo nupcial dura apenas unas horas, de aquí su nombre que alude a lo efímero de su vida sexuada.

Las orugas, sobre todo las de las mariposas, que viven y crecen comiendo hojas y siendo por lo tanto bastante visibles, constituyen un alimento muy apetecible para numerosos predadores como los pájaros, así que tienen que defenderse para superar la etapa larvaria y acumular material que les permita llegar a la fase de pupa o crisálida, en cuyo interior se convierten en mariposas.

Estableciendo estrategias defensivas

Muchas orugas de mariposas están vivamente coloreadas, aunque otras se camuflan en la vegetación adoptando tonos verdes o pardos y simulando ramitas; las que son llamativas avisan del peligro que supone su sabor o su contacto urticante, es el caso de las conocidas procesionarias.

En estas orugas del pino que esta primavera nos han invadido de manera masiva, el poder urticante se basa en una gran cantidad de pelitos que el insecto puede desprender para que sean transportados por el aire al menos algunos centímetros, lo que ocurre cuando es tocado. Los pelillos se clavan en la piel o las mucosas del incauto que las ataca, y las consecuencias pueden ser muy graves.

La curiosa costumbre de caminar en hileras perfectas, propia de la Thaumetopoea pityocampa de los pinares, hace inconfundible la especie; forman estas ristras cuando bajan de los grandes nidos de seda en que han pasado el invierno en las copas, y se apresuran a introducirse bajo tierra para convertirse en las mariposas que repetirán el ciclo.

Desde el punto de vista práctico el problema se agrava cuando las procesionarias aparecen en los parques y jardines urbanos, los niños muy pequeños se sienten intrigados al ver sus "procesiones", y si las tocan pueden sufrir graves reacciones alérgicas.

Más frecuentes son los accidentes sufridos por los perros cuando tratan de oler una fila de procesionarias ya que los pelillos urticantes, en caso de incrustarse en su lengua o en la trufa del hocico, pueden provocar un choque mortal por asfixia del pobre animal en caso de que no intervenga inmediatamente el veterinario.

No todas las orugas son urticantes, baste recordar a la inofensiva y útil mariposa de la morera, cuyos "gusanos de seda" tantas veces criados por los niños como clásica lección de educación ambiental pueden ser manipulados sin peligro alguno; otras especies se defienden simulando una falsa cabeza, con llamativos ojos que suele canalizar el ataque de los predadores hacia esta parte poco vital, mientras la verdadera cabeza apenas se percibe en el otro extremo del cuerpo.

Por lo general consideramos repugnantes a las orugas, pero algunas, como las de muchos Papilionidos (Papilio del lirio por ejemplo) son verdaderos "insectos joya", con una belleza cromática que no superará la mariposa adulta: en la casuística hay ejemplos para todos los gustos.

Comenzamos hablando de ese misterioso "reloj biológico" que se ha adelantado este año poniendo en marcha a la tribu de las orugas de forma masiva y antes de lo previsible: han sido las condiciones climáticas del pasado invierno, seco y poco frio las que han motivado la aparición de la plaga. Las autoridades municipales trabajan a fondo destruyendo nidos para tratar de combatir la invasión y sin duda lo conseguirán en pocas semanas.

Entre tanto seamos prudentes y no dejemos a los niños jugar en la arena del parque sin haber explorado la zona nosotros previamente, y no dejemos sueltos a los perros, por nuestra parte es así de sencillo.

Para las citadas autoridades, y también para los responsables ambientales, el problema es complejo, ya que se trata de investigar en el descubrimiento y aplicación de feromonas atractivas para los machos que los atraigan a trampas o a trabajar durante el invierno para combatir la plaga cuando los nidos de seda, muy visibles, se detectan en las copas de los pinares.

Sembrar los bosques, en este caso los pinares, con toneladas de plaguicidas suele traer consecuencias "rebote" siempre indeseables y no es más que una aparente solución a corto plazo. Prevención e investigación ingeniosa, ese es el secreto.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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