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Lo que Sánchez no le contó a Merkel

La visión redentora del entorno de Doñana que explicó el presidente Sánchez a la canciller alemana dista mucho de la realidad.

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Maravilloso el entorno en el que el Presidente Sánchez recibió a la Señora Merkel. Los palacios de Sanlúcar de Barrameda rebosan historia y andalucismo, por otra parte inmejorable el menú: croquetas de rape, langostinos de Sanlúcar en diferentes preparaciones, corvina, una especie de hermana pequeña del mero, y para beber la incomparable Manzanilla, un caldo vivo que se deteriora nada más salir de aquella bendita tierra.

Llamaron al almuerzo "comida de trabajo", y no seré yo quien formule el menor reparo, porque mostrar estas delicias a una mandataria tan poderosa es trabajar por la fama y la excelencia española. Alabemos el gusto de quienes planificaron el lugar del encuentro y sus circunstancias gastronómicas.

Sánchez trató de contar a su ilustre invitada algunas particularidades de la historia del Parque Nacional de Doñana, que se divisa en el horizonte desde la playa sanluqueña de Bajo de Guía al otro lado de la desembocadura del Guadalquivir; a ella se dirigieron después del "almuerzo de trabajo" para cruzar el río e internarse en el corazón de Doñana en busca del Palacio de las Marismillas.

Mucho se ha contado y escrito sobre la historia de Doñana: fue cazadero real, gran coto de caza donde la nobleza alanceaba jabalíes, y donde los pueblos del entorno encontraban en la caza de la abundantísima avifauna un complemento a sus escasos recursos económicos.

Durante mis primeras visitas a Doñana, nada más convertirse el entorno en Parque Nacional, allá por los lejanos años sesenta, confieso que me escandalizaba al escuchar hablar de "la cacería" a los lugareños cuando se referían a las aves, en su mayor parte migratorias. Pronto comprendí que esta presión cinegética no suponía el menor peligro, y que la explotación moderada de los recursos forma parte integral de la aceptación de los entornos protegidos por parte de la población humana que los soporta.

En definitiva, Doñana y los cazadores habían evolucionado juntos y sabían respetarse y quererse.

Los verdaderos problemas vinieron como consecuencia del desarrollismo del pasado siglo y en particular de la obsesión por la desecación de las zonas marismeñas de toda Europa: marismas, albuferas y pantanos eran consideradas "zonas de malaria", cuando se creía que el paludismo se debía al mal olor, es decir al "mal aire" de las zonas palustres.

El ejemplo más colosal de destrucción de marismas corrió a cargo de la política agraria de Mussolini que arrasó los humedales de la desembocadura del Tíber tratando de convertirlos en un inmenso arrozal, este imaginario granero fabuloso fue llamado "Agro Pontino", y pronto se demostró que tal intento era un despropósito, toda vez que la marisma iba salinizando las tierras usurpadas por los agricultores de manera inexorable.

Cuando se comprobó el fracaso de estos intentos de cultivo cerealista, recuerden el famoso "arroz amargo" que da título a la película que refleja esta tragedia, las aves migratorias que descendían por el humedal en busca de sus cuarteles de invierno africanos ya habían perdido un área de descanso o de cría, según las especies, con el consiguiente riesgo de extinción de sus poblaciones.

Quedaba otro enclave aún superior en valor ecológico: las marismas del Guadalquivir, es decir, el entorno de Doñana: nadie pensaba entonces en circunstancias ecológicas o culturales (Goya pintó aquí a la Duquesa de Alba con un fondo en el que se distingue perfectamente el jaguarzo blanco, una planta característica del entorno. Ni aves, ni cuadros ni ecología que valieran; Doñana fue destinada a convertirse en una gran plantación de eucaliptales para la explotación maderera y conversión de la pulpa en pasta de papel.

Y la labor comenzó de inmediato: llegaron a plantarse las primeras manchas de este bosque extraño al entorno, pero se produjo el milagro que el Sr.Sánchez no ha contado a su ilustre invitada: la actuación de dos científicos españoles que actuaron en defensa de la Ciencia con un entusiasmo y una pureza que bien merecen no quedar en el olvido.

Porque en el extraño discurso pronunciado por nuestro Presidente en el Palacio de Sanlúcar, pareció dar a entender que Doñana es un símbolo de la actual labor de defensa del entorno que se debe poco menos que a el entusiasmo ecológico de los políticos de nuestro tiempo. No hay que perder ni un minuto para reivindicar a los biólogos Bernis y Valverde que fueron los auténticos "padres de Doñana" mucho antes de que Sánchez naciese. Ambos me distinguieron con su amistad.

Francisco Bernis Madrazo fue uno de los más ilustres ornitólogos del mundo: tuve el honor de ser su discípulo cuando era Catedrático de Zoología en la Complutense de Madrid. Por su parte José Antonio Valverde, investigador infatigable que recorría los montes tras superar cinco infartos de miocardio, es recordado como una verdadera gloria de la biología española. ¿Qué hicieron Bernis y Valverde para salvar Doñana del avance de la desecación y la plantación de eucaliptus?

Hay que remontarse a finales de la décadas de los cincuenta. Bernis y Valverde escribieron una carta al mismísimo Jefe del Estado, Francisco Franco, pero no se anduvieron con rodeos ni adulaciones sino que afirmaban en su escrito que "peligraba el patriotismo de Franco si no detenía la destrucción de Doñana. Inmediatamente Franco la detuvo.

El resto de la historia es mejor conocida: el entusiasmo de ambos científicos consiguió recabar la atención internacional y obtener fondos del WWF para comprar las primeras hectáreas, también la iniciativa privada, como la labor de la Fundación Blanch contribuyeron a la gigantesca tarea.

Los científicos de aquella difícil época no trataban de politizar la ecología, que entonces no se llamaba popularmente así, sino "historia natural". Eran tan limpios y puros como la causa que defendían.

Sra Merkel: Bernis y Valverde son dos ilustres científicos españoles que deberían gozar del reconocimiento de Europa entera, ya que el enclave que salvaron es garantía de supervivencia para multitud de poblaciones de aves de todo el continente que tendrían muy difícil llevar a cabo sus ciclos anuales migratorios si Doñana se hubiera perdido.

No descarto escribirle una carta para contárselo, porque creo que la visión redentora del entorno que le contó nuestro presidente dista mucho de la realidad.

Habrá comprobado con su visita que Andalucía, y en concreto esta Baja Andalucía marismeña es un verdadero patrimonio mundial en todos los sentidos.

Seguro que ha regresado con cierta nostalgia marismeña a su también hermoso país. ¿Le enseñó nuestro Presidente la ermita de El Rocío?

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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