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Miguel del Pino

Presidente, ¿sabe lo que es la inmunidad de grupo?

El último mantra, al que el Presidente del Gobierno trata de aferrarse es la conquista de una "Inmunidad de grupo"

Miguel del Pino
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El último mantra, al que el Presidente del Gobierno trata de aferrarse es la conquista de una "Inmunidad de grupo"
Aglomeraciones en el primer fin de semana tras el fin del estado de alarma | EFE

Durante el tiempo de duración de la pandemia Covid, que ya nos va pareciendo eterno, los españoles venimos padeciendo una información defectuosa, insuficiente y parcial emitida por portavoces políticos carentes de asesores científicos, como al final tienen que confesar. Un ministro filósofo aspirante frustrado a mayores empeños y un descabellado portavoz con titulación de doctor (Simón), nos han desconcertado con sus proclamas. No nos orienta la Ciencia sino los mantras.

El último mantra, al que el Presidente del Gobierno trata de aferrarse como tabla de salvación, o quizá como último recurso político es lo que repetidamente viene proclamando como la conquista de una "Inmunidad de grupo", a la que se atreve a poner fecha, por supuesto muy próxima, que nos conducirá a la felicidad de su "nueva normalidad" (mantra), de la que "saldremos más fuertes" (nuevo mantra): mantra tras mantra pero nada de objetividad científica, sea por ignorancia o por exceso de interesado optimismo.

Recientemente la prestigiosa revista Lancet reclama para nuestro país una información más veraz y completa por parte de nuestros dirigentes y no sólo por razones de ética internacional sino también para conseguir que España no se convierta en un punto negro respecto a la recuperación del conjunto de los países de nuestro entorno. Dicho de otro modo: la pésima información y las contradicciones que nuestra población viene soportando es ya objeto del escándalo internacional.

La inmunidad de grupo y sus mitos acompañantes

La inmunidad de un colectivo comenzó llamándose "Inmunidad de rebaño" al observarse primero en la naturaleza y después en ganadería, que algunos rebaños de rumiantes se habían hecho resistentes a determinadas epidemias después de haber sufrido un número de bajas muy elevado tras afectar la enfermedad a la mayor parte de sus miembros, de manera que los supervivientes basaban su inmunidad en el padecimiento previo.

El año 1929 en un libro, hoy clásico, de epidemiología publicado en Inglaterra por Topley y Wilson, se extiende este concepto a la especie humana y en concreto a la población inglesa frente a las epidemias de tifus, con la aclaración de que la inmunidad de grupo se mantendrá sólo mientras la población inmunizada se mantenga dentro del territorio sin mezclarse con otras poblaciones externas: primera objeción ante la suficiencia del Presidente Sánchez, que habla de alcanzar la inmunidad de grupo como objetivo salvador y definitivo.

Los objetivos de alcanzar esta inmunidad en poblaciones humanas dejando que se produzca el contagio y lo supere el porcentaje necesario de población son insoportables, tanto desde el punto de vista médico como del económico. Un cálculo sobre esta suposición conduciría a estas alturas de la pandemia a la muerte de casi ochenta millones de personas, sin que ello implicase necesariamente el logro del objetivo.

Desechada esa posibilidad, que algún político iluminado se atrevió a sugerir al comienzo de la pandemia, estamos hablando en realidad de una inmunidad de grupo conducida a través de la práctica de la vacunación, y en ello se basa el Presidente del Gobierno para simplificar de forma pueril al asociar la inmunidad de grupo con un determinado porcentaje de vacunados y una fecha exacta, tan utópica como irreal.

Varias objeciones se oponen a tal simplificación y son verdaderamente relevantes las personalidades científicas que lo vienen recordando. Por poner algunos ejemplos: la inmunidad de grupo depende de la estructura de cada población en parámetros como la edad o el estado general del sistema sanitario; de la seguridad de contar con el suficiente número de unidades de vacunas y del personal y los medios necesarios para inocularlas, de la aparición y evolución de nuevas variantes o del estudio del porcentaje de eficacia de cada tipo de vacuna.

Sin duda el desmesurado optimismo del Presidente del Gobierno se basa en la suposición de una eficacia del 100% en todas las marcas de vacunas que se vienen empleando: no es así de manera que vamos a empezar a elevar los porcentajes de vacunación necesarios para llegar a sus cifras mágicas.

Hablando de la distribución poblacional tampoco es prudente tomar cifras generales para los diferentes países, incluso considerando los del entorno más próximo. No es que los jóvenes sean tontos, malos o irresponsables, sino simplemente que de manera natural tienden a interrelacionar más entre sí que los adultos o la población senil. Un ejemplo claro de la necesidad de complementar la vacunación con medidas de orientación sobre formas de precaución necesarias a pesar de ella.

Hasta ahora parece que la eficacia de las vacunas no se está viendo afectada seriamente por la aparición y distribución de las nuevas variantes y sus recombinaciones, pero nada asegura que esto vaya a seguir ocurriendo. Hay que llamar nuevamente a la prudencia.

¿Seguro que dispondremos del suficiente número de vacunas para asegurar lo que promete el Presidente? Por el momento los números no salen.

Es imprescindible y urgente reclamar para nuestros conciudadanos un sistema de información verdaderamente científico, constante, realista sin caer en optimismos surrealistas interesados políticamente y sin falsear la realidad conduciendo, sobre todo a los más jóvenes a adoptar actitudes insolidarias.

Digamos al Presidente Sánchez lo que Joselito el Gallo, aún casi niño, dijo en su presentación en Madrid a su supuesto asesor que no dejaba de transmitirle instrucciones desde la barrera. ¡Haga usted el favor de callarse!

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