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Miguel del Pino

Titulaciones 'cum fraude'

Parece que estamos a punto de alcanzar el logro progresista (o socialista) de que los adolescentes pasen de curso con varias asignaturas pendientes.

Miguel del Pino
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Parece que estamos a punto de alcanzar el logro progresista (o socialista) de que los adolescentes pasen de curso con varias asignaturas pendientes.
Isabel Celaá. | EFE

El sueño del aprobado general es una vieja aspiración del progresismo docente; el fracaso escolar, es decir, la incapacidad de una parte del alumnado para alcanzar los objetivos correspondientes al nivel establecido por la autoridad académica se convierte en arma arrojadiza contra el profesorado al que viene a considerarse culpable del desastre.

Parece que ahora estamos a punto de alcanzar el logro progresista, por no decir socialista, de que los adolescentes pasen de curso en curso con varias asignaturas pendientes, es más, de que alcancen el correspondiente título sin haber aprobado todas las materias abarcadas por la programación oficial: nos encontramos ante un verdadero engaño para padres y alumnos y en definitiva para la sociedad en general. Llegan los títulos "cum fraude".

Desde los comienzos de los años ochenta la presión de las asociaciones de padres, (ahora de padres y madres de alumnos y alumnas), viene obsesionando a las sucesivas autoridades del Ministerio de Educación, desde Maravall y Solana hasta Celaá, por evitar el enfrentamiento con unos progenitores que a su vez son vivero de votantes y que presionan por el aprobado de sus vástagos, en ocasiones con evidente perjuicio de los mismos si no están suficientemente preparados.

No cabe duda de que el mayor éxito para un profesor es conseguir que el porcentaje mayor posible de su alumnado alcance no ya el aprobado, sino altas calificaciones en la materia que imparte: lamentablemente no siempre es posible, por lo menos sin repetir curso, y engañar es el mayor baldón para los profesionales vocacionales de la enseñanza que son la inmensa mayoría.

Recuerdo, son muchos los recuerdos después de cuarenta años de trabajo como profesor, treinta de ellos como catedrático de instituto en el mismo centro, recuerdo digo, un momento en el que tuve que intervenir en defensa de una compañera que estaba siendo increpada por un indignado papá a causa de las malas calificaciones que ésta había adjudicado a su vástago. Pregunté al iracundo padre si se indignaría si el médico le diagnosticaba pulmonía en lugar de catarro, y si trataba a los facultativos con el mismo desprecio que empleaba con los profesores.

Cualquier profesor sabe y siente que su obligación vocacional es implicarse de manera especial con los alumnos que muestren especiales dificultades, bien relacionadas con sus facultades de aprendizaje o bien de su procedencia de entornos poco propicios para su progresión académica, como la pobreza, la inmigración, las circunstancias de su entorno familiar y social u otros aspectos a veces de difícil diagnóstico. Frecuentemente hay que llevar de la mano al discípulo en dificultades y este reto es tan obligado como apasionante para los verdaderos docentes.

Del esfuerzo a la excelencia

El insólito empecinamiento socialista en facilitar, antes el paso de curso, ahora la obtención de títulos sin superar todas las materias de la programación establecida nos va a llevar a verdaderos “títulos cum fraude” que no serán una ayuda futura para los alumnos engañados, sino antes bien una losa para sus aspiraciones laborales.

Porque, pasada esta etapa de regalitos académicos legalizados, una tremenda realidad aparecerá en forma de barrera para los estudiantes que menos se hayan esforzado amparándose en la ayuda de los supuestos legisladores progresistas: nos referimos al acceso al mercado laboral, que de manera inexcusable hay que ligar, como un eslabón más de la vida de la juventud, con la formación académica recibida y el esfuerzo que a la misma se haya dedicado.

Dicho de otra forma: las excesivas facilidades recibidas se tornarán en muro infranqueable para quienes no hayan alcanzado unos mínimos reales, que no siempre coincidirán con el nivel que muestren esos títulos que un castizo diría que parecen haber sido obtenidos en la tómbola.

Como desgraciadamente es habitual para los inmaduros sometidos a la supuesta tutela progresista, los más perjudicados serán los más desfavorecidos social y económicamente, porque es sencillo imaginar la irrupción en el mercado de cursillos, masters, certificados y demás complementos que serán sumamente caros, para soslayar la falta de garantía de unos títulos devaluados a la hora de elaborar el currículum que se exige para acceder a cualquier puesto de trabajo.

No inventamos nada nuevo: también la devaluación, sobre todo a nivel internacional, de muchos de nuestros títulos universitarios, ha favorecido la necesidad de añadir costosos masters a la licenciatura, o de realizar cursos en el extranjero que sólo se pueden permitir los económicamente privilegiados.

Hay que decir muy claro a los adolescentes que más difícil van a tener su promoción al mundo laboral cuando terminen lo que antes se llamaba Enseñanza Media, que sólo podrán abordar este paso trascendental en sus vidas desde la excelencia como plataforma de lanzamiento, y que los años dedicados a ésta, sea desde el aprendizaje profesional o desde el bachillerato serán decisivos en este sentido.

¿Quién no recuerda con afecto a los que fueron sus profesores más vocacionales? No siempre los más queridos serán en la memoria los más condescendientes, sino aquéllos que según un instinto juvenil que no suele fallar se implicaron con mayor intensidad en su formación académica: aquéllos que primaron el fomento del esfuerzo.

¿De verdad Sra. Celaá considera progresismo el regalo de los títulos de Enseñanza Media? No creo que hubieran coincido con esta opinión Don Antonio Machado, Don Gonzalo Torrente Ballester, Don Gerardo Diego, Don Benjamín Fernández Ruiz, Don Salustio Alvarado o Don Florencio Bustinza, todos ellos Catedráticos de Instituto, cuerpo creado en tiempos muy anteriores al franquismo, con el que desde la ignorancia se quiso relacionar en la Logse y sus derivados, y al que me honro en pertenecer desde que accedí al mismo por oposición libre el año 1974.

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