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El discurso del Rey

Este año al Rey le ha parecido adecuado señalar que los españoles estamos más bien achuchados, por no decir jodidos.

Mikel Buesa
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Los políticos tienen, como si dijéramos, una vida por oficio, en el sentido que le diera a esta expresión el antropólogo e historiador Julio Caro Baroja. Una vida por oficio es aquella en la que, dice Caro Baroja,

el arquetipo puede más que el tipo, que el hombre de carne y hueso, se mete en él y lo domina para siempre.

Vivir por oficio es, así, prestarse al cultivo de una pose peculiar, sea institucional o política, sobre la que se supone cabalga un mensaje que los oídos de los ciudadanos quieren escuchar o que los seguidores y militantes del propio partido desean jalear. Los que viven por oficio desarrollan, por eso, una ficción, se envuelven en ella, se impregnan de su perfume y flotan en el aire ayudados por la imagen que de ellos proyectan los medios de comunicación.

El Rey es uno de esos personajes que viven por oficio. Y eso se nota todos los años cuando pronuncia su discurso de Navidad. Para él, la vida por oficio requiere estar atento a lo que la calle desea que se diga, al menos una vez al año, en el solemne momento que precede a la cena de Nochebuena, aunque también sea cierto que la mayoría de los españoles sólo se entera de eso que se dice a toro pasado, tras la polémica que, en el ritual anual, acompaña al discurso, cuando los políticos, por mor de su vida de oficio, se ven impelidos a hacer la exégesis de unas palabras que, en la mayor parte de las veces, no requieren la menor interpretación.

Este año al Rey la ha parecido adecuado señalar que los españoles estamos más bien achuchados –por no decir jodidos– y que de ello tiene la culpa no sólo la crisis económica, también la política; esa política barriobajera, de corto regate y menor alcance que nos acompaña desde hace años y de la que no nos hemos librado, desafortunadamente, ni con las elecciones generales ni menos aún con las autonómicas que se han concatenado a lo largo del año. Y también le ha parecido bien insistir en que, después de tanto desastre, hay que ponerse las pilas, o más bien que los políticos se las tienen arreglar para, mirando un poco más allá del oficio concreto que inspira su vida, encontrarse con la política grande; es decir, con aquella que ni da de comer, ni promete una sinecura, ni asegura la reelección ni amojona una cómoda vida por oficio en el futuro.

Ni que decir tiene que la reacción de esos políticos que viven por los diversos oficios hacia los que se decanta el pluralismo político no ha defraudado. Siguiendo el ritual anual, el portavoz del PP, Carlos Floriano, ha ensalzado la figura real, destacando su perfecta identificación de los problemas de los españoles, y se ha referido, pero sin demasiado compromiso, a lo estupendo que sería sumar fuerzas para solucionarlos. Lo mismo ha hecho la socialista Trinidad Jiménez con su habitual tono melifluo, señalando de paso la sensibilidad social del monarca, casi como si fuera un militante más de su propio partido. Claro que ha tenido que llegar el izquierdista unitario Cayo Lara para chafar esta última percepción, al expresar su decepción con el Rey porque éste, en su opinión, no ha sido capaz de reflejar la desesperanza, la exclusión social y la pobreza que impregnan la sociedad española. Don Cayo no se ha puesto a leer, para nuestra ilustración, La situación de la clase obrera en Inglaterra, porque las más de cuatrocientas páginas que escribió Friedrich Engels en 1845 no caben en un total de televisión y menos aún en los ciento cuarenta caracteres de un twit. Y también ha llegado Rosa Díez, ejerciendo de su oficio de okupa del socialismo, para mostrar su decepción con un discurso en el que, según ella, no se han desarrollado los conceptos de la economía y la política –cosa que podrían hacer los catedráticos que ocupan escaño en su partido–, ni se ha incidido en el secesionismo catalán o en la corrupción; todo ello porque, al parecer, el Rey es demasiado políticamente correcto.

Es entre los políticos nacionalistas entre quienes el vivir por oficio alcanza su mejor expresión. De esta manera, el Honorable Mas, después de haber ocultado el retrato del Rey en su toma de posesión y de haber despreciado sus palabras indicando que no le oyó porque tenía cosas más importantes que hacer, se ha despachado diciendo que Cataluña –o sea él– sumará pero por su cuenta –o sea, que restará–; que Cataluña integrará sus fuerzas pero dentro de la Unión Europea –o sea, que se desintegrará para luego, eventualmente, reintegrarse–. En apretada síntesis, un lío de esos tan nacionalistas en los que las palabras significan lo contrario de lo que se dice para no dejar claro si se dice lo que se dice o su contrario. Menos sofisticado ha sido, en esta ocasión, el portavoz del PNV Aitor Esteban –tal vez porque se estrena en estas lides– al desempolvar el viejo memorial de agravios, en el que se reclama para Euzkadi, y de paso para Catalunya, la posibilidad de expresarse –como si celebrar elecciones y formar gobiernos nacionalistas no fuera una expresión pertinente–. Claro que, en esto, quien alcanza el paroxismo es, cómo no, el diputado de Amaiur Mikel Errekondo, cuando se queja de la ausencia de respeto a la voluntad de los vascos después de decenios de imposición.

Vidas por oficio son las de estos políticos que ocultan más que desvelan y mienten con apariencia de verdad, porque, como destacó también Julio Caro Baroja, "la mentira en sí tiene un gran poder, (...) es fertilizante y vitalizadora". De ahí que este gran intelectual vasco, tras constatar que "la verdad sigue en el pozo", aconseje "insistir en que la mentira sirve tanto como aquella para conocer a los hombres", y a continuación concluye, con referencia a la mentira:

No hay que recurrir al refranero para tener conciencia de la cantidad de agudezas que ha producido su práctica y uso, que va desde la mayor conciencia de santidad a la absoluta convicción de la propia miseria: "Como creo lo que invento, no me parece que miento", dice un proverbio viejo. ¡Y esto de creer es tan dulce! Creer y ponerse una etiqueta, ponérsela luego a los demás y adelante.

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