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Incertidumbre política y economía

A nuestros políticos más les valdría buscar puntos de encuentro sobre un programa positivo de gobierno que atendiera a los problemas de los españoles.

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La perplejidad en la que nos han dejado sumidos a los españoles los resultados electorales debido a la, al parecer, inexistente capacidad de los partidos políticos para arbitrar una mayoría de gobierno se ha trasladado en estos días al debate sobre la economía. Desde la derecha se dice con frecuencia que su presencia es imprescindible para afianzar la recuperación y salir definitivamente de la crisis. En la izquierda este asunto no parece preocupar demasiado, pues lo suyo se define por oposición al discurso del PP y, por tanto, es mejor no decir nada antes que insinuar siquiera que se desea lo mismo que éste pretende. Entretanto, los asuntos económicos siguen su curso sin que se adviertan, al menos de momento, signos inequívocos de pánico ante la incertidumbre que se ha instalado en el cotarro político. Y, desde luego, no hemos visto a los españoles correr a rescatar sus ahorros ni a acaparar alimentos en los hipermercados, ni a hacer cualquier otra cosa que pudiera interpretarse como un síntoma de temor. Todo lo contrario, sale uno por los centros comerciales y los encuentra llenos de público haciendo compras navideñas; o entra en cualquier tertulia de bar y se habla de lo de siempre: familia, fútbol y sexo.

Así que de eso de la incertidumbre política parece que no se ha enterado nadie. Por no alterarse, ni siquiera se ha modificado gran cosa la prima de riesgo, cuyo nivel cuando escribo este artículo es el mismo que tenía el día anterior a las elecciones. Ni que decir tiene que, seguramente, el curso de los acontecimientos apenas habrá influido sobre los empresarios que estaban en pleno proceso de inversión para ampliar sus capacidades de producción o sobre los exportadores que llevan meses y años viendo cómo se amplían sus cuotas de mercado por el ancho mundo, en el que compiten con creciente acierto.

La economía española va bastante bien, no sólo porque la coyuntura internacional le resulta favorable, con la caída de los precios de la energía y las materias primas o la contención del tipo de cambio del euro, sino porque durante el curso de la crisis se han renovado las estructuras productivas, se han reordenado los factores de producción, se han contenido los costes, se ha mejorado la tecnología y, en definitiva, se ha puesto al país en orden para competir tanto en el mercado interior como en los exteriores. Que ese proceso fue favorecido por la política económica del PP me parece indudable; pero no es quitarle mérito al gobierno de Rajoy añadir que a ello han contribuido con tanta o mayor virtud esos que suelen designarse como los agentes económicos y sociales para no hablar de las empresas concretas, de sus equipos directivos y de sus trabajadores.

El signo inequívoco de lo que estoy señalando lo proporciona el saldo de la balanza de pagos por cuenta corriente, que a partir diciembre de 2012 muestra una capacidad positiva de financiación de la economía española, muy sostenida en alrededor de veinte mil millones de euros mensuales desde mayo de 2013 hasta el último dato publicado por el Banco de España. Ese saldo se sustenta sobre un superávit comercial en bienes y servicios que ya mostraba un signo positivo al comenzar el primero de los años que acabo de mencionar, y que se ha afianzado en cifras superiores a los treinta mil millones mensuales sin mostrar el menor signo de debilidad.

Por consiguiente, lo que cabe esperar para el futuro inmediato es que el proceso de crecimiento continúe su curso sin mayores alteraciones, incluso en medio de esa incertidumbre que crean los políticos cuando no logran ponerse de acuerdo sobre sus asuntos. Con ello no voy a negar que exista alguna posibilidad de afectación negativa de la política sobre la economía, pues, en efecto, una alteración institucional persistente que introdujera incentivos adversos sobre la asignación de recursos podría dar lugar a ello. Pero para que así fuera tendría que pasar bastante tiempo; no bastan sólo unas semanas o unos pocos meses. Así que a nuestros políticos más les valdría buscar sus puntos de encuentro sobre un programa positivo de gobierno que atendiera a los problemas de los españoles que sobre la amenaza apocalíptica de un improbable caos sin remedio.

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