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Lo que los americanos quieren

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Desde hace tiempo sostengo que no hay reducción de impuestos que no me guste, pero unas me gustan más que otras. La razón de ser tan tajante no tiene que ver con la creencia keynesiana que los recortes de impuestos estimulan la economía (lo que considero generalmente errado) ni tampoco por el incentivo favorable que le atribuyen los economistas de la oferta (aunque generalmente es así). Mi apoyo a que se reduzcan los impuestos es por el efecto que produce en los gastos del gobierno.

Considero que el gobierno es demasiado grande y entremetido, que lo que recibimos del gobierno federal, estatal y local no vale lo que pagamos en impuestos sobre nuestros ingresos ni el 10% adicional que cuestan las regulaciones. La historia nos indica que Washington gasta todo lo que recibe por recaudación de impuestos, más todo lo adicional que puede. El déficit fiscal ha sido la norma. Los superávit, como los del gobierno de Clinton, ocurren accidentalmente cuando un partido controla el Congreso y otro la Casa Blanca. Como hemos visto, esos superávit no resultan duraderos. Pienso que de todas maneras hubieran desaparecido sin el ataque terrorista del 11 de septiembre o la posibilidad de guerra en Irak.

Entonces, ¿es acaso posible reducir el tamaño del gobierno? Creo que hay una sola manera de lograrlo: de la misma manera que los padres controlan a los hijos botarates, reduciéndoles su estipendio. En el caso del gobierno, eso equivale a reducir los impuestos. El déficit resultante se convierte así en el único freno efectivo a la propensión de gastar tanto del Ejecutivo como del Congreso. La reacción pública impone un freno.

Muchas de las discusiones sobre el efecto de las reducciones de impuestos y el déficit asumen que el gasto gubernamental es un hecho independiente y sin relación tanto a la reducción de impuestos como al déficit. Que lo que causa el déficit es insuficiente recaudación. Que aumentar los impuestos puede eliminar el déficit sin afectar el gasto. Pero yo lo veo de otra manera, muy diferente. Lo que está de antemano determinado no es el gasto sino el monto políticamente tolerable del déficit. Una reducción de impuestos puede aumentar el déficit por encima de lo que es políticamente tolerable, pero a la larga frena el gasto.

Claro que unas reducciones de impuestos son mejores que otras. Las reducciones de impuestos que promueven el incentivo a producir y que eliminan las distorsiones en el sistema de precios son doblemente positivas. Refrenan el gasto gubernamental y aumentan tanto el ingreso futuro como la riqueza presente. Los recortes permanentes de impuestos son mejores que los temporales porque frenan más el gasto gubernamental y no requieren su repetición.

Desde este punto de vista la propuesta del presidente Bush es muy buena. Eliminar la doble imposición a las ganancias empresariales (el impuesto sobre los dividendos) acabará con la actual preferencia de las empresas a pedir prestado en lugar de aumentar su capital, lo mismo que la tendencia a retener las ganancias en lugar de pagar dividendos. El resultado combinado será una más efectiva distribución del capital, a la vez que promueve el control del mercado sobre las empresas.

Hacer permanente las reducciones impositivas ya aprobadas, adelantar su aplicación y bajar aún más las tasas de impuestos mejorará la calidad de la ley existente Estos cambios frenan al gobierno y aumentan el incentivo de los contribuyentes a trabajar más, invertir más y asumir riesgos.

Yo no sé si los recortes de impuestos estimularán o no a la economía en el corto plazo. Les meten dinero en el bolsillo a los contribuyentes para que gasten, pero simultáneamente les sacan dinero a los inversionistas que compran bonos del estado para financiar esa reducción de impuestos, dinero que presumiblemente se hubiera invertido en el sector privado. El resultado neto en cuanto al gasto total puede ser positivo o negativo.

En cualquier caso, un recorte considerable del impuesto es un paso adelante en reducir el tamaño del gobierno que es lo que creo quiere la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos.

Milton Friedman, premio Nobel de Economía, es académico de la Hoover Institution. Este artículo fue originalmente publicado por el Wall Street Journal, diario que autorizó la traducción de © AIPE.

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