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20 aniversario de los atentados del 11-S: Regreso al 10 de septiembre

En fin: veinte años después del 11S, los Estados Unidos lo han olvidado todo y han regresado al 10S.

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Cualquiera que se aproxime con cierto detenimiento y tranquilidad al estudio de las decisiones tomadas por la Casa Blanca desde el mismo 11 de septiembre de 2001 por la mañana descubrirá la metamorfosis sufrida por el Presidente Bush en unas pocas horas. Con fama de no ser demasiado inteligente, crecido políticamente a la sombra de su padre y de su hermano, con un pasado personal complicado, no parecía un líder capaz de encabezar la respuesta de la nación al mayor desafío desde Pearl Harbor. Pero lo fue.

Y de manera sencilla, o quizá por eso. En cuestión de horas, Bush fue capaz de hacer un análisis de sentido común y de enormes repercusiones estratégicas. Había tres precedentes inmediatos que ayudaban a explicar el 11S. El primero fué fue el desastre de Mogadiscio de 1993, en el que murieron 19 norteamericanos y que se saldó con la salida norteamericana de Somalia en 1994: el episodio reavivó el fantasma de Vietnam, acobardó a los americanos y animó a Ben Laden a ir más lejos en su desafío. El segundo precedente fue el brutal ataque en 1998 a las embajadas de Kenia y de Tanzania, respondido por la Administración Clinton con el lanzamiento de misiles crucero contra objetivos de Al Qaeda en Sudán y Afganistán, que ni surtieron efecto ni acobardaron a Al Qaeda y a los talibanes. El tercer precedente fue el ataque en octubre del año 2000 contra el USS Cole, anclado en el puerto de Adén y que se saldó con 17 marineros americanos muertos, y al que ni Clinton ni el propio Bush fueron capaces ni siquiera de responder bombardeando algo.

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USS Cole, en el puerto de Yemen en octubre de 2000

Pero como he dicho, éste último espabiló a tiempo, y sobre las ruinas del World Trade Center y del Pentágono, tres cosas se volvieron claras para la Administración Bush que hoy siguen siendo válidas.

La primera, que los ataques quirúrgicos contra objetivos terroristas son inefectivos: Estados Unidos se había acostumbrado a utilizarlos de manera rutinaria como elemento de imagen, pero sólo con ellos no se acababa con los grupos terroristas. La inteligencia falla, los grupos son amplios y descentralizados, y los terroristas cambian de refugios o evacúan los objetivos antes de que sean destruidos. Resultaba y resulta evidente que no se acaba con el terrorismo con misiles cruceros o drones.

En segundo lugar, atacar coches en marcha, campamentos y tiendas de campaña en el desierto, o edificios urbanos, dejaba de lado un hecho fundamental: los enemigos de América contaban con el amparo, apoyo y ayuda de países y regímenes enteros. Es absurdo perseguir a un grupo fantasma sin hacerlo con los países de carne y hueso que los cobijan, financian o ayudan. Y más aún: hace veinte años eso incluía a aquellos países que jugaban o jugueteaban con estos grupos: Pakistán, Irán, Corea del Norte, Libia o Siria debían cambiar de actitud o enfrentarse a las consecuencias. Y más allá de estos países, el resto de naciones debían retratarse.

En tercer lugar, que Ben Laden se hubiese atrevido a golpear a Estados Unidos en 2001 no era ajeno a la falta de credibilidad de la respuesta norteamericana, a su vez castigada por la debilidad moral del Presidente Clinton enredado en escándalos y líos de faldas. La degradación moral de la Casa Blanca su falta de integridad corrían parejas a la debilidad mostrada por Clinton en el exterior.

Es decir: las lecciones amargas pero de sentido común del 11S fueron que bombardear campamentos en el desierto no acaba con las capacidades de los grupos terroristas; no afecta a la cuestión fundamental, que es el apoyo, ayuda o justificación de países y regímenes; y deja traslucir falta de voluntad y de determinación por parte de Estados Unidos.

Por eso sorprende lo rápido que tras el desastre de Kabul -que tanto recuerda a Mogadiscio- Estados Unidos ha olvidado esas lecciones, y lo rápido que ha vuelto a la estrategia que desembocó en el 11S. Primero se ha vuelto a la estrategia de lanzar ataques aéreos aquí y allá y olvidarse después. El ataque al consulado americano en Bengazhi en 2012 incluso quedó sin respuesta y envuelto en las mentiras y medias verdades del dúo Obama-Hillary. Ya Obama y Trump vovieron al comodín fácil de los ataques quirúrgicos como sucedáneos de una estrategia. Y tras el ataque contra el aeropuerto de Kabul -nada menos que 13 marines muertos- la respuesta de Biden ha sido bombardear un par de objetivos del ISIS de valor bajo, nulo o incluso desconocido.

Segundo, si el 11 de septiembre había una gran estrategia militar-diplomática, hoy resulta sorprendente la indiferencia y pasividad con la que Estados Unidos observa el papel cada vez más oscuro y siniestro de Pakistán, Rusia y China en relación con los talibanes. No hay política global contra los talibanes, con los que incluso se pacta medio a escondidas, ni hay aislamiento de los regímenes que los apoyan. Y la alianza norteamericana tejida contra el radicalismo islámico -que llegó a incluir a las grandes potencias islámicas- está hoy resquebrajada y, con la ofensiva iraní, a la defensiva en no pocos lugares.

Y en tercer lugar, no creo que ningún lector vea en la Casa Blanca de Biden otra cosa distinta a debilidad. Distinta a la de Clinton, pero no tanto: debilidad física de Biden, desde luego; debilidad moral derivada de la avalancha de mentiras, medias verdades y negaciones, evidente. Y debilidad política ante una opinión pública americana que exige respuestas y recibe gestos: esto a los españoles nos suena mucho. Si hay algo que transmite la Casa Blanca es debilidad. Y en las circunstancias globales actuales, la debilidad es una invitación a la agresión.

En fin: veinte años después del 11S, los Estados Unidos lo han olvidado todo y han regresado al 10S.

Óscar Elía. Analista del GEES. Director del Grado en Filosofía, Política y Economía de la UFV.

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