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Pablo Molina

Contabilidad creativo-pacifista

Pero entre las cifras fiables y las estimaciones del gran Pepiño Blanco, Baltasar Garzón prefiere utilizar los datos aportados por el estadista de Palas de Rei.

Pablo Molina
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La segunda parte de la guerra de Irak ha exacerbado el afán justiciero de la izquierda, no por un sentimiento pacifista profundamente arraigado en sus genes, sino porque fue una decisión de Aznar (que no del PP) que les sirvió para llegar al Gobierno. Para el progresismo hispano, la única moral válida es la que le permite alcanzar el poder, y en esa carrera siempre suelen llevar ilustres compañeros de viaje. Como Baltasar Garzón, nuestro justiciero por antonomasia, una suerte de Capitán Trueno con puñetas dispuesto a alancear a los enemigos de la verdad, el bien y la justicia.

En el imprescindible libro de Jesús Cacho El negocio de la libertad se cuenta con pelos y señales el episodio de la recusación del juez Gómez de Liaño por el caso Sogecable, en el que Garzón tuvo una participación estelar. "Le voy a freír los huevos a Javier" es la frase atribuida al juez megaestrella, plena de sentido de la justicia y ecuanimidad de la que ahora pretende también hacer gala con Aznar, a quien no desea freírle el escroto sino simplemente llevar ante la corte internacional de justicia. Se conoce que, con el paso de los años, también los jueces megaestrella se ablandan.

Tras las últimas algaradas del faranduleo en contra de la guerra de Irak, el superjuez ha puesto de nuevo su granito de arena afirmando que la muerte de seiscientos cincuenta mil iraquíes exige que Aznar, y eventualmente Bush y Blair, acaben entrullados. Es interesante que centre su análisis no tanto en la supuesta ilegalidad de la intervención en Irak, como en lo que abultan las cifras de víctimas. ¿Si hubiera muerto menos gente inocente –pongamos unos diez mil, como en Paracuellos del Jarama, por utilizar un ejemplo cercano– habría materia para iniciar un proceso por crímenes de guerra según el superjuez?

Pero vayamos con los muertos de Garzón, quiero decir, con la cifra de víctimas de la guerra enarbolada por D. Baltasar. Los EEUU enviaron 225.000 soldados a Irak, a luchar contra un ejército de unos trescientos mil soldados de Sadam más cuatrocientos mil reservistas, aunque la mayoría de estos no entró en combate, pues prefirió la táctica de dar media vuelta y avanzar sin contemplaciones siguiendo las enseñanzas militares de aquel famoso jeque tuerto, grabado mientras huía en ciclomotor con los marines pisándole la chilaba (se ve que eso de las veinte huríes reservadas a los soldados de Alá no lo tenía demasiado claro). Durante la guerra murieron doscientos soldados de la coalición y unos seis mil iraquíes. En la posguerra, la inmensa mayoría de víctimas han sido causadas por atentados terroristas, no por disparos de los soldados de la coalición, con un saldo final, según el Iraq Body Count, de 65.000 víctimas civiles. Si a esta cifra le sumamos los 3.500 soldados de EEUU muertos durante la posguerra más los soldados iraquíes caídos en combate durante la ocupación, resulta un saldo de unas 74.500 víctimas en total.

Pero entre las cifras fiables y las estimaciones del gran Pepiño Blanco, Baltasar Garzón prefiere utilizar los datos aportados por el estadista de Palas de Rei. Debiera el juez ser más cuidadoso con los elementos de prueba si finalmente decide iniciar un proceso penal contra el trío de las Azores, no sea que lleve el caso ante la corte suprema de justicia progresista universal y se lo tiren abajo por defectos en la instrucción. Creo que tiene ya alguna experiencia al respecto.

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