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Pablo Molina

Descubriendo a la ultraderecha

Ahora toca llamar ultraderechistas a los votantes de Vox, la inmensa mayoría de los cuales ha venido votando durante años religiosamente al PP. Como estrategia no parece la más adecuada.

Pablo Molina
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EFE

Pedro Sánchez fue expulsado de la Secretaría General del PSOE al descubrirse que urdía un pucherazo durante la celebración del Comité Federal en que se iba a pedir su dimisión. Poco después volvió y arrasó en las primarias socialistas, presentó una moción de censura improvisada, en la que nadie creía, llegó a la Moncloa, adelantó las elecciones generales y el pasado domingo las ganó, sacando 57 escaños a su principal rival. Poca broma, que al tipo le sale todo bien y no parece tener la intención de querer dejar el Gobierno al menos en una década. Su señora, tampoco.

Sus contradicciones, sus flagrantes mentiras y la incapacidad proteica del socialismo para generar prosperidad son en Sánchez detalles menores que no entorpecen su manera de ejercer el poder. Al contrario, la nutren de significado, puesto que, cuanto más se deterioran la economía y la convivencia, más reclaman los izquierdistas la necesidad imperiosa de seguir en el Gobierno, como si los responsables de las tragedias fueran los mejor preparados para solucionarlas.

En el PP se lamentan del resultado de las elecciones y achacan el trompazo (caída de 120 escaños en dos legislaturas) a la división del voto del centro-derecha. Sin embargo, esa es la estrategia que los populares aplaudieron a rabiar en el congreso extraordinario de 2008, cuando Mariano Rajoy invitó a liberales y conservadores a abandonar el partido. Pues bien, eso es lo que han hecho siete millones de ellos, que ahora votan a Ciudadanos y a Vox.

Casado da por irrecuperables a los votantes del partido de Rivera, pero no así a los de Vox, sobre todo después del esfuerzo realizado durante la campaña por acercarse al partido de Abascal. Un esfuerzo, hay que decirlo a pesar de los sorayos, muy limitado, porque en los temas centrales del discurso del partido conservador, como la reforma de las leyes de género, la derogación de la memoria histórica o la supresión de las autonomías, el PP se ha mostrado en todo momento abiertamente en contra.

Pero los populares creen que hasta esa leve cercanía, más cosmética que otra cosa, ha sido excesiva, por lo que ahora toca llamar ultraderechistas a los votantes de Vox, la inmensa mayoría de los cuales ha venido votando durante años religiosamente al PP. Como estrategia no parece la más adecuada, pero es tanto el miedo que la gente de bien tiene a Sánchez y sus amigos, que igual las autonómicas y municipales dan un vuelco a la situación. La noche del domingo 26 veremos si el PP se recupera o se confirma la hecatombe. En otras palabras, veremos si el PP se confirma como la referencia del centro-derecha o acaba dejando en mantillas a la UCD.

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