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Pablo Molina

Después de Su Majestad

Los que tienen que tirar del carro son los que lo han despeñado, puliéndose de paso todo el dinero que los ciudadanos hemos aportado todos estos años para que no se saliera del camino.

Pablo Molina
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Las metáforas las carga el diablo, aunque procedan de la Casa Real. Es lo que ocurre con la fatídica expresión utilizada por Su Majestad para dar ánimos a sus súbditos frente a la crisis, porque tirar, lo que se dice tirar del carro es lo que hacemos todos los españolitos nada más levantarnos de la cama de lunes a sábado. Es que, Majestad, resulta que no todos somos políticos, ni embajadores en Nueva York de cualquier territorio de la catetada autonómica. Ni siquiera directores de cine, o sea que lo de tirar del carro lo tenemos asumido desde que comenzamos a pagar impuestos con dieciséis años, hace ya unos cuantos.

Pero es que además, resulta que el carro nos ha pasado por encima, nos ha triturado todos los huesos y, en muchos casos, ha aplastado nuestra principal fuente de supervivencia, por lo que lo de invitarnos a ponernos de pie y uncirnos a las varas como bueyes resulta francamente, perdón, molesto.

Los que tienen que tirar del carro son los que lo han despeñado, puliéndose de paso todo el dinero que los ciudadanos hemos aportado todos estos años para que no se saliera del camino. Ellos, los políticos principalmente, pero también el resto de manos muertas que suponen una losa implacable sobre nuestra economía, son los que tienen que hacerse cargo de los desperfectos y apretarse el cinturón, aunque sólo sea por esta vez. No sus víctimas, que ya bastante tenemos con haber visto las ruedas pasarnos por encima.

El autónomo que el próximo miércoles, día 31, va a cerrar su negocio, o el trabajador con veinte años de experiencia que se ha quedado en el paro, no tienen por qué tener, además, complejo de culpa por no tirar del carro lo suficiente. Sobre todo cuando están viendo que el dinero de sus impuestos se desvanece en rescates financieros de malos empresarios o bajadas de impuestos a los banqueros y sus familiares hasta segundo grado, que son precisamente los mismos que les niegan el crédito con el que poder subsistir en esta situación y salvar sus negocios, su vivienda o su empleo. Este es el hecho que debiera haber suscitado una paternal amonestación del jefe del Estado, en lugar de su apelación a un esfuerzo que la gente no puede aportar ya, sencillamente porque no les queda nada con qué financiarlo.

Hay una sencilla prueba para conocer si una propuesta va a ser mala para los contribuyentes, y es observar la reacción de los políticos. Si todos aplauden, ya puede usted ir preparando el bolsillo. El PP, además de aplaudir con las orejas, está a favor de que los demás tiremos del carro al que va subida la clase política "un ciento uno por ciento". Encima horteras. Es que se le quitan a uno las ganas de tirar, oiga.

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