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Pablo Molina

El banquillo de los elegantes

Lo pintoresco de todo este asunto es que no se trata juzgar si Francisco Camps ha metido o no la mano en la caja, sino que todo se debe al empecinamiento soberbio de un político incapaz de admitir su error

Pablo Molina
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En la España de Zapatero, como antes en la de Aznar o González, o incluso en la de Calvo-Sotelo y Suárez..., en España, vamos, es toda una proeza sentar a un político en el banquillo, si bien es cierto que la pertenencia del presunto delincuente al Partido Popular allana mucho el camino como hemos visto ya tal vez en demasiadas ocasiones.

El caso de Francisco Camps y sus más directos colaboradores, acusados de recibir regalos por parte de empresas relacionadas con la trama "Gürtel", es el más grave de la última década por tratarse del presidente en ejercicio de una comunidad autónoma, algo nada habitual por otra parte, pues la maquinaria judicial suele volverse implacable sólo cuando el justiciable ha abandonado sus cargos representativos. En esta ocasión, el presidente de la comunidad valenciana alternará su presencia en los consejos de Gobierno y el banquillo de los acusados, con los lógicos problemas de agenda para encajar la inauguración de un nuevo mingitorio en una residencia de ancianos y las sesiones matutinas de la vista oral a la que ahora va a ser sometido.

Lo pintoresco de todo este asunto es que no se trata juzgar si Francisco Camps ha metido o no la mano en la caja, sino que todo se debe al empecinamiento soberbio de un político incapaz de admitir su error cuando aún estaba a tiempo de zanjar una cuestión más bien ridícula, como es el pago de unos trajes que nunca debió haber aceptado.

Acompañándolo en este pequeño calvario judicial va a estar el representante más notable del pijerío pepero, una supuesta élite fascinada por la estética que provoca bastante asquito entre el votante medio del PP, dicho sea de paso y sin ánimo de menoscabar las otras virtudes ciudadanas y políticas que sin duda atesora el gran Ricky Costa.

Un político puede creerse por encima de la ley sólo si pertenece a la izquierda, detalle que pasó inadvertido a Camps y su equipo de pijoasesores cuando decidieron empecinarse en una versión de los hechos tan bizarra que nadie podía tragarse; los primeros, ellos mismos. Ahí tienen el resultado, así que ahora no valen lamentaciones.

El banquillo más elegante de la justicia española va a dar días de gloria y muchas portadas a cierta prensa que no encuentra nada destacable en el hecho de que la cúpula del ministerio del Interior (de momento sólo la policial), esté a su vez procesada por delitos infinitamente más graves que el aceptar unos trajes de un hortera desmadejado.

Pero es lo que hay y en el PP deberían haber supuesto que este absurdo asunto de los regalos "impropios" les iba a estallar en el bajo vientre más tarde o más temprano. Es el precio de la elegancia, cuando no se la paga uno mismo.

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