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El ensañamiento como agravante

La izquierda se forra a costa del contribuyente, le roba cuando tiene ocasión, sus dirigentes se labran un futuro acomodado y, para justificar el expolio, lanzan una campaña anticatólica que enardece a los más descerebrados.

Pablo Molina
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A los socialistas no les basta con haber arruinado a varias generaciones de españoles, condenando al hambre a muchos de miles de ellos. No es suficiente. Quieren también machacar a los que les dan de comer, en un gesto de crueldad excesivo incluso para el partido socialista, que no se ha caracterizado precisamente en ningún momento de su historia por la compasión hacia los más pobres. Su exigencia de que la Iglesia pague los impuestos que se perdonan a las organizaciones "de mucho progreso" es puro ensañamiento, un agravante tipificado como tal en cualquier legislación.

La Iglesia Católica es sólo una de las varias decenas de miles de entidades sin ánimo de lucro que operan en el país. El IBI de los edificios religiosos no dedicados a tareas sociales es aproximadamente el cuatro por ciento del total que recaudaría el Estado si suprimiera la exención con carácter general. Pero a los socialistas no les importa el 96% del total de impuestos que el gobierno deja de recaudar con estas exenciones, sino tan sólo esa diminuta fracción que la Iglesia se ahorra para dar de comer a las víctimas de Zapatero y Rubalcaba.

Las sedes de los partidos políticos no pagan el IBI, como tampoco lo hacen las oficinas de los sindicatos, más de un millón de metros cuadrados repartidos por las zonas nobles de las principales ciudades españolas por las que no sólo no pagan el impuesto de bienes raíces, sino tampoco un solo euro de alquiler al Estado, dato bastante desconocido que convierte a UGT y CCOO en usufructuarios perpetuos de unos bienes pertenecientes a todos los españoles que, además, tienen que financiar sus francachelas a base de subvenciones públicas.

La izquierda se forra a costa del contribuyente, le roba cuando tiene ocasión, sus dirigentes se labran un futuro acomodado y, para justificar el expolio, dado que como gobernantes han quedado retratados para varias décadas, lanzan una campaña anticatólica que enardece a los más descerebrados.

Les parece aceptable que de alcanzar sus fines en la modificación del régimen fiscal de la Iglesia se aumente notablemente el sufrimiento de las víctimas del socialismo, amparadas en su mayoría por instituciones como Cáritas. No sólo son insensibles a la desesperación que han provocado, sino que están dispuestos a agravarla con tal de seguir en el machito dando lecciones de moral democrática.

Siguen como en la famosa noticia recogida por la prensa de izquierdas en los treinta del siglo pasado –cuando vestir una sotana era un desafío al pueblo–, sólo que ahora la pieza periodística sería de otro tenor: "El acusado, miembro de la ejecutiva del PSOE, vio cómo unos voluntarios de Cáritas daban de comer a los hijos de un matrimonio en paro; ante tal provocación..."

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