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Pablo Molina

Europa soy yo

La última tesis del abanderado de la "homosexualidad militante", sea eso lo que sea, es que a Polonia se la debe expulsar de la unión europea porque, a juicio del estadista canario, su Gobierno no hace el suficiente caso al lobby gay.

Pablo Molina
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Las opiniones de Zerolo sobre derecho internacional tienen un peso notorio, acorde con la solvencia intelectual del personaje. Sus dictámenes sobre las materias más abstrusas de la legislación europea son, por este motivo, analizadas con gran atención en Bruselas y Estrasburgo. No ocurre lo mismo en el barrio de Chueca, donde las tesis zerolianas, a juzgar por los últimos resultados electorales, importan más bien una higa; en efecto, los residentes en la zona gay de Madrid han votado –también– mayoritariamente a Esperanza y Gallardón  O sea, que los Chuecadilly Street Boys leen más a Luis Margol que a Zerolo (qué traidores, ¿no?).

La última tesis del abanderado de la "homosexualidad militante", sea eso lo que sea, es que a Polonia se la debe expulsar de la unión europea porque, a juicio del estadista canario, su Gobierno no hace el suficiente caso al lobby gay. Si de atender con cariño las demandas de los kolektivos de gays y lesbianas se tratara, también habría que expulsar a todos los países islámicos de la ONU, cancelando de inmediato la nonata alianza civilizatoria, amén de sancionar duramente a los regímenes comunistas, cuyo entusiasmo por lo que llaman "esa perversión capitalista" es también perfectamente descriptible. Pero nuestro teórico de la revolución sexual no se ha pronunciado aún sobre estos extremos. Se conoce que todavía está madurando una tesis final para integrar y resolver estos pequeños obstáculos que entorpecen el advenimiento de un mundo nuevo, rosa con tonos pistacho.

Como en España su jefe le ha dado barra libre, el ilustre pensador supone que el resto de países ha de conducirse como si estuvieran también gobernados por botarates revolucionarios. Y no es así. Es más, se puede gobernar de forma distinta a como lo hace ZP y continuar siendo una nación digna perfectamente integrada en la Europa común.

El problema de la progresía es su permanente conflicto con la realidad, un rasgo típico de la primera infancia que la gente suele superar con el paso del tiempo, aunque en algunos casos se convierte en un problema enquistado que lastra el desarrollo emocional. Hay gente que no está de acuerdo con los postulados del homosexualismo militante (sic) y que es además algo refractaria a los experimentos de ingeniería social basados en la orientación sexual de los individuos. Pero eso no les convierte ni en antidemócratas ni en fascistas, ni, por supuesto, se puede marginar a un país entero de las instituciones internacionales simplemente porque sus dirigentes opinen de forma contraria a los líderes del progresismo gay de la España de ZP, que ya hay que tener humor.

Por otro lado, si no te hacen caso en Chueca, Zerolo, ¿Cómo quieres que te obedezcan los polacos, que no saben siquiera quién coño es María Jiménez?

Colaborador de Libertad Digital.

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