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Pablo Molina

La desgracia de tener un Papa tonto

Francisco se ha sumado a las celebraciones indigenistas por el 200 aniversario de la independencia de Méjico haciendo él también el indio.

Pablo Molina
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Francisco se ha sumado a las celebraciones indigenistas por el 200 aniversario de la independencia de Méjico haciendo él también el indio.
El papa Francisco. | EFE

El papa Francisco se ha sumado a las celebraciones indigenistas por el 200 aniversario de la independencia de Méjico haciendo él también el indio, un gesto que, sin duda, habrá llenado de orgullo y satisfacción a las autoridades del país azteca.

Bergoglio ha creído conveniente pedir perdón a los mejicanos, pero no por ser el Papa más ridículo de la historia de la Iglesia, sino por los pecados personales y sociales (¡!) perpetrados por los españoles en la conquista y evangelización de América, una de las empresas civilizatorias más formidables de la historia de la Humanidad.

Esta referencia a los pecados sociales es una novedad en 2.000 años de tradición de la Iglesia, a lo largo de los cuales los cristianos solo teníamos constancia de la existencia de siete pecados capitales: los catalogados por Gregorio I en el siglo VI e integrados más tarde por Dante Alighieri en la cultura universal. Estos nuevos pecados sociales deben ser la versión vaticana de los delitos trendy, que la izquierda trata de imponer en los países occidentales para machacar las conciencias de los que todavía no están metidos en su rebaño.

¿Cómo entender si no que la Iglesia Católica Apostólica y Romana proclame que es pecado contribuir a ampliar la brecha entre ricos y pobres o la riqueza excesiva? Y en tal caso, ¿hablamos de pecados mortales o veniales? Porque el Catecismo oficial no dice nada al respecto; pero como Bergoglio tiene una visión tan peculiar del papado, puede que entremos en la senda de la perdición por recibir un aumento de sueldo. Y, lo peor, sin enterarnos.

Pero no se alarmen. La Iglesia no dice nada al respecto… porque no lo puede hacer. Los pecados sociales a los que se refería Francisco en su mensaje a los descendientes de los muchachos de Hernán Cortés son una chorrada inventada en su día por un monsignore masoncete de los centenares que pululan por el Vaticano con total impunidad. Desaparecido san Juan Pablo II y con Ratzinger ocupado en desmontar herejías, los funcionarios vaticanos tuvieron su momento de gloria haciendo pública esa lista majadera de la que nunca más se supo, hasta que Bergoglio, faltaría más, llegó a la Silla de Pedro.

Llama la atención, sin embargo, uno de estos pecaditos incluidos en la lista, al que, sin embargo, el papa Francisco no parece prestar atención. Es el que condena a los que crean pobreza, pecado mortalísimo, este sí, del que sus amigachos comunistas, responsables de haber llevado a millones de personas a la miseria, presumen cuando van al Vaticano a echarse unas risas con él.

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