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Nacida para reñir

"Los buenos" están a salvo de la sanción ministerial así se metan entre pecho y espalda media docena diaria de hamburguesas con tocino hasta ponerse del tamaño de un ballenato que compartiera los hábitos alimenticios de Michael Moore.

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La ex ministra de Sanidad, hoy flamante responsable de Administraciones Públicas, debió encontrar siendo muy joven su auténtica vocación, porque cuando da una reprimenda se nota la existencia de una técnica muy trabajada. Ella vino para decirle al mundo cómo debe conducirse y corregir de una vez la pulsión innata del ser humano a hacer con su vida lo que le parece oportuno, algo inadmisible para una mentalidad socialista como la suya.

Lo interesante del caso es que sus sermones (laicos, por supuesto) tienen un carácter selectivo, de forma que los reproches únicamente recaen en los grupos considerados como "malos", por utilizar las categorías de ideólogos del socialismo posmoderno como Peces Barba. "Los buenos", o sea, los amigos de Elena, están a salvo de la sanción ministerial así se metan entre pecho y espalda media docena diaria de hamburguesas con tocino hasta ponerse del tamaño de un ballenato que compartiera los hábitos alimenticios de Michael Moore. La ministra completa así el círculo virtuoso del relativismo ético: una acción no es buena o mala por sí misma, sino en función de quien la realiza.

Esta semana hemos visto un ejemplo muy claro de cómo interpreta la Salgado su función censora. Una amenaza de muerte a un cargo público utilizando la peor jerga terrorista es algo muy feo... salvo que sea proferida por "los buenos" contra un representante de "los malos", en cuyo caso la exigencia de un comportamiento democrático hay que dirigirla únicamente a quien recibe el ultimátum. Con esta sencilla anécdota, la ministra demuestra con nitidez que la misión del Gobierno del ingrávido no es velar por los derechos civiles de los ciudadanos sin distinción de sus ideas, sino seguir avanzando en la construcción de un nuevo mundo socialista, a cuyo éxito se sacrifica cualquier principio ético.

Como ministra de Administraciones Públicas, Elena Salgado, pueden estar tranquilos, jamás sacará a relucir su vena de amargada Rottenmeier para exigir que en los edificios de muchas administraciones ondee la bandera constitucional, tal y como establecen las leyes. Nuevamente nos encontramos ante la barrera primordial de que quienes se ciscan en la ley son "los buenos". Cuando "los malos" protesten se les aplicará la receta de la casa Salgado, según la cual su irascibilidad obedece únicamente a la presencia de un espíritu escasamente democrático.

Mientras todo se quede en el diagnóstico podemos ir tirando. Lo preocupante vendrá cuando, cansada de convivir con tanto antidemócrata, la Salgado se decida a convertir a los malos en buenos reeducándonos mediante tratamientos de choque. Tengo entendido que son muy dolorosos.

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