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Pablo Molina

Nalgas de cemento armado

No hay nada que provoque más pavor en un sindicato de clase (alta) que la posibilidad de que alguien decida libremente si desea o no aceptar un contrato de trabajo.

Pablo Molina
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Viendo por primera vez las imágenes de la campaña de la UGT en contra del contrato juvenil propuesto por la CEOE, con un esforzado liberado sindical ofreciendo sus cuartos traseros a la cámara, uno creía que se trataba simplemente de un homenaje La Moncloa, haciendo referencia a la posición anatómica que mantienen los sindicatos desde que Zapatero llegó al poder.

Pero no se trataba de una representación visual de la relación entre sindicatos y Gobierno, sino de la expresión del rechazo de los liberados sindicales hacia la posibilidad de que cualquier joven de España pueda encontrar un trabajo remunerado. Y es no hay nada que provoque más pavor en un sindicato de clase (alta) que la posibilidad de que alguien decida libremente si desea o no aceptar un contrato de trabajo, porque si el ejemplo cunde igual algún día la gente se da cuenta de que su labor es innecesaria y muchos de los actuales liberados tendrían que ponerse a trabajar, con el drama social consiguiente.

A todos nos gustaría tener un sueldazo fijo trabajando lo justo o más bien nada, pero para eso hay que ser diputado o sindicalista, porque en la vida real las cosas funcionan de otra manera. Sin embargo, si algún joven decide comenzar su vida laboral aceptando una modalidad de contrato menos exigente que las que existen normalmente en tiempos de bonanza económica, ahí están unos señores que supuestamente representan sus intereses para impedírselo.

Y es que la alternativa a aceptar un contrato liberado de cargas empresariales excesivas no es otro con mayores garantías en caso de despido, sino seguir engrosando las listas de desempleados y viviendo en casa de los padres. En momentos en que la economía crece es un agravio a la libertad del individuo, pero en momentos de gravísima recesión económica es sencillamente letal.

Por otra parte, sorprende que un gesto tan sencillo como el de la campaña del culito sindical necesite un manual visual de instrucciones detallando el proceso paso a paso, pero nadie mejor que la UGT para conocer el nivel intelectivo medio de sus afiliados y simpatizantes.

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