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Pablo Molina

Quebrando en fila de a uno

Una quiebra "ordenada" no es lo peor que podría pasarle a España. Con un cambio de Gobierno y un plan de ajuste serio que incluya la reforma del sistema autonómico saldríamos de la crisis tras muchos sacrificios.

Pablo Molina
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Volker Kauder, a la sazón jefe parlamentario del partido de Angela Merkel, ha tenido la virtud de decir públicamente lo que piensa la inmensa mayoría de alemanes, pidiendo que se deje a los países que constituyen una rémora para la locomotora europea disfrutar en solitario de los éxitos económicos de sus gobernantes. Y como tienen esa mentalidad tan prusiana, ha añadido que, por favor, esa quiebra inminente se haga de forma ordenada. El único problema es que resulta difícil que Zapatero haga algo de forma organizada, ni siquiera hundirnos en la sima más profunda y persistente de la depresión económica, pero por pedir que no quede.

La bolsa española se ha pegado el consiguiente batacazo, porque una cosa es que una agencia privada de calificación advierta del riesgo de nuestra deuda, y otra muy distinta que los responsables de salvarnos del desastre económico comiencen a mirar para otro lado. Si el leñazo bursátil del pasado mes de febrero encaneció súbitamente a Zapatero, obligándolo a enviar a Salgado a aquella famosa gira europea, con el de hoy puede que las ojeras, todavía incipientes, se le agudicen de forma notable en cuestión de unas horas.

Zapatero es el típico estudiante vago que deja pasar el tiempo sin hacer caso de las advertencias de los profesores de suspenderle en caso de que no haga los trabajos que tiene encomendados. Sabe que tiene que poner en marcha un plan de reformas brutal para que los mercados nos sigan prestando dinero y el resto de países vuelva a tomarnos en serio, pero como eso supondría un coste electoral, está dispuesto a seguir vegetando a la espera de que el día del examen se decrete un aprobado general que sin duda no merece.

Una quiebra "ordenada" no es lo peor que podría pasarle a España. Con un cambio de Gobierno y un plan de ajuste serio que incluya la reforma del sistema autonómico saldríamos de la crisis tras muchos sacrificios. Con un Zapatero uncido a las exigencias de sus socios autonómicos, sumado a la voracidad presupuestaria de los grupos de presión que agitan a las masas en su nombre, nuestro destino es irremediable: quebraremos y, gracias a Zapatero, el proceso será más lento, pero las víctimas mucho más numerosas.

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