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Pablo Molina

Un caos en cuatro fases

El levantamiento por fases y provincias de las restricciones impuestas con el estado de excepción disfrazado de alarma es la total garantía de un caos de varias semanas de duración.

Pablo Molina
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El levantamiento por fases y provincias de las restricciones impuestas con el estado de excepción disfrazado de alarma es la total garantía de un caos de varias semanas de duración.
EFE

El presidente Sánchez apareció en televisión, consumió cuarenta minutos hablando de una desescalada, utilizó las preguntas de los medios para seguir hablando de lo que le interesa a su persona y cuando dio por finalizada su comparecencia pública todos nos quedamos más confusos de lo que estábamos. Así pues, atendiendo a su desarrollo y al resultado, la de este martes fue una intervención perfectamente ajustada al canon impuesto por Sánchez desde que decidió asestarnos varias entregas semanales de Aló mi Persona.

Lo primero que debe hacer un gobernante es hablar con claridad y proporcionar a los ciudadanos información precisa sin posibilidad de dobles interpretaciones, especialmente en momentos de crisis como el que atravesamos actualmente en España. Sánchez hace lo contrario no solo por sus evidentes limitaciones, sino porque no tiene un plan y los esbozos que le pasan sus asesores y el sector chavista de su Gobierno es, simplemente, propaganda para mantenerse en el poder a toda costa; algo que, por otra parte, es lo único que les interesa a todos ellos.

El levantamiento por fases y provincias de las restricciones impuestas con el estado de excepción disfrazado de alarma es la total garantía de un caos de varias semanas de duración, en el que nadie sabrá qué se podrá hacer o no en su localidad. Tampoco el Gobierno, que utiliza estas comparecencias de Su Persona no para dar información clara, sino para lanzar globos sonda a ver cómo los acepta la opinión pública.

Pero en esta ocasión es peor aún, porque el relajamiento de las condiciones de arresto y cierre patronal impuesto por el Gobierno podrá ser revisado en función de unas estimaciones que no se han hecho públicas. Así pues, ¿qué autónomo va a reabrir su negocio sabiendo que dos semanas después el Gobierno puede decretar de nuevo su cierre?

Si el negocio está relacionado con la hostelería o la restauración, dos sectores fundamentales en un país eminentemente turístico como el nuestro, la cosa se complica aún más porque Sánchez ha dispuesto que estos locales tendrán que reducir su aforo a un tercio de su capacidad. De nuevo surge una cuestión elemental: ¿qué empresario va a reabrir su local si el Gobierno le impone una reducción de los ingresos de un 67%? ¿Quién va a contratar empleados para un negocio que va a facturar solo un 33% de lo habitual y que, además, puede que solo funcione un par de semanas antes de tener que volver a cerrar? Probablemente, ninguno.

Y dice Sánchez que este plan de desescalada para que todos juntos bajemos la montaña cogidos de la mano sin dejar a nadie atrás ha sido consensuado con los agentes sociales. Extraña que los empresarios hayan aceptado semejante disparate, pero mucho más que lo hayan hecho los dirigentes sindicales, a los que una reducción tan salvaje del aforo de los grandes restaurantes les podría hacer un daño mortal.

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