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Pablo Molina

Un risómetro para el Hemicirco

Los oradores del Congreso, rollizos mamoncetes de la ubre presupuestaria, no compiten en rigor político o eficacia dialéctica, sino en ver quién provoca las mayores risotadas en su grupo parlamentario respectivo.

Pablo Molina
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Si la actividad de los diputados en las Cortes Generales importara algo a los españoles que pagamos sus sueldos, probablemente hubiéramos asistido ya a alguna cacerolada de impresión en las escalinatas del Congreso en pago a los espectáculos, a cual más lamentable, que se vienen sucediendo en su interior a lo largo de los últimos días.

Con cinco millones de parados, un millón de hogares sin ingresos periódicos, los comedores sociales abarrotados y un Gobierno que colabora con una banda terrorista, los depositarios de la soberanía nacional se limitan a competir entre ellos a ver quién dice la soplapollez más ingeniosa, circunstancia desconocida en los países serios cuyos políticos, aún siendo tan desastrosos como los españoles, cosa improbable, todavía mantienen cierto respeto por los usos democráticos y la inteligencia de los ciudadanos que les votan y les pagan a fin de mes.

En cambio, aquí no se trata de que el Gobierno explique sus decisiones y que la oposición, en el ejercicio de su función democrática, critique las que considere perniciosas y denuncie con rigor las de apariencia delictiva, adoptando de paso las medidas, incluso judiciales, que cada caso exija.

No. Los oradores del Congreso, rollizos mamoncetes de la ubre presupuestaria, no compiten en rigor político o eficacia dialéctica, sino en ver quién provoca las mayores risotadas en su grupo parlamentario respectivo, algo que si fueran medianamente inteligentes deberían cuidarse mucho de llevar a cabo con tal asiduidad, porque el horno ciudadano está cada vez para menos bollos.

Pero ningún razonamiento ético parece hacer mella en la conducta de unos políticos cada vez más prescindibles, que siguen pasándoselo chupi especialmente en las sesiones de control al gobierno, precisamente la más alta función de un parlamento democrático. Sólo falta que José Bono instale un medidor de decibelios para determinar qué orador gana el debate en función del volumen de carcajadas que provoquen sus intervenciones. Un risómetro, vaya, que es lo que se utilizaba antaño en los programas televisivos más chuscos de aspirantes a cómico, para determinar quién era el chistoso más celebrado por el público del plató. Total, puestos a rivalizar haciendo el ridículo, al menos que la competición sea limpia.

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