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Pablo Molina

Una reunión de amiguetes

No es previsible que entre las reformas "consensuadas" en su día entre Zapatero y Rajoy figure la necesidad de que las organizaciones privadas, todas, se financien con el dinero de sus miembros.

Pablo Molina
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La convocatoria de manifestaciones en contra del llamado "pensionazo" por parte de los sindicatos, es tan creíble como cuando la Falange se pronunciaba en contra de algunas medidas de los tecnócratas franquistas bajo la paternal (y divertida) mirada del Caudillo. Hemos saltado una generación, pero la actitud es similar y los apellidos de los participantes prácticamente idénticos.

Los sindicatos de clase (alta) no estiman conveniente organizar una huelga general en toda regla, porque su prioridad no es contribuir a la creación de empleo sino el mantener los flujos de dinero que el Gobierno trasvasa a sus cuentas bancarias desde el bolsillo de los ciudadanos. Esto es suficientemente conocido, pero como la izquierda utiliza el peonaje sindical en su provecho y la derecha no tiene redaños para denunciar el latrocinio, no es previsible que entre las reformas "consensuadas" en su día entre Zapatero y Rajoy figure la necesidad de que las organizaciones privadas, todas, se financien con el dinero de sus miembros.

Los sindicatos son un cuerpo más de la administración cuya única diferencia con el resto de funcionarios es que trabajan (aún) menos. Pero es que ni siquiera el aditivo ideológico con que adornan su discurso les interpela lo suficiente para guardar las formas de cara a los que les financian, de ahí que no tengan inconveniente en salir a la calle acompañados de los mismos diputados socialistas que votan a favor de las medidas económicas contra las cuales, aparentemente, protestan. A fecha de hoy tienen la misma credibilidad que el Rafita llevando la pancarta en una manifestación que exigiera el endurecimiento del Código Penal o una brigada de artistas pidiendo el cese de las subvenciones al cine español.

Los sindicatos están de acuerdo en todas las medidas que el Gobierno de Zapatero ha puesto en marcha, pues la capacidad destructiva de la izquierda se reparte de forma homogénea entre sus distintos cuerpos y escalas. Así pues, y a modo de ejemplo, les parece toda una conquista histórica que los Estados roben a los ciudadanos sus aportaciones sociales para concederles una pensión ridícula llegada la jubilación, siempre que el socialismo no haya estado más de diez años gobernando, claro, en cuyo caso la Seguridad Social quiebra irremisiblemente.

El único matiz que los sindicatos introducen en su campaña de manifestaciones, a modo de pellizco de monja, es su oposición a que los trabajadores sigan dos años más cotizando para que Zapatero no tenga que recortar otros gastos y la ministra de Defensa pueda organizar sus jaranas de palmeros, taca-taca-taca-taca, a razón de noventa mil euros la función. Dice Zapatero que está muy agradecido a los sindicatos. Es que es para estarlo, ¿O no?

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