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Y la sardana desbancará al hip-hop

La frugalidad a que les conducirá la ruina hará de los catalanes unos émulos de los monjes tibetanos.

Pablo Molina
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El programa de Convergencia y Unión para las elecciones autonómicas del próximo 25 de noviembre, convertidas en un plebiscito independentista, establece un serio compromiso con los ciudadanos, en virtud del cual la Generalidad hará que aumente la tasa de supervivencia de los afectados por graves enfermedades, reducirá los accidentes en carretera y, en consecuencia, conseguirá que los catalanes incrementen notablemente su esperanza de vida. Yo así también lo creo, ¿pasa algo?

Pero mi convicción de que esa alborada salutífera es muy factible no se explica por que la promesa venga del Sr. Mas, por otra parte un argumento de autoridad de consistencia incuestionable, sino porque la frugalidad del modo de vida catalán tras la independencia que persigue CiU podría, en efecto, poner la salud de los catalanes al nivel del que se estila en los monasterios tibetanos.

A saber. Una Cataluña independiente tendría que asumir la parte de deuda del Estado que en función de su población le corresponda, pues se trata de un dinero que ha sido utilizado para gastos e inversiones en todo el territorio nacional y, de paso, para mejorar las cuentas de la Generalidad con generosas aportaciones extraordinarias, como ha ocurrido este año. Esto supone 96.000 millones de euros, a los que habría que añadir los 44.000 millones de deuda emitida por la propia Generalidad. En total, el Estado catalán nacería con un endeudamiento de 140.000 millones, y como los intereses y vencimientos anuales rondarían el 10%, cada año los catalanes tendrían que pagar 14.000 millones, a menos que su nuevo Estado quisiera declararse en bancarrota a los pocos meses de constituirse.

Por el lado de los ingresos, en Cataluña se recaudan actualmente unos 27.000 millones de euros por IVA, IRPF e impuestos especiales. Si estimáramos –a la baja– que el 30% del PIB catalán pasaría a generarse en otras partes de España a consecuencia de la deslocalización previsible de sus grandes empresas, Cataluña recaudaría por los tres grandes conceptos impositivos 18.900 millones, de los que 14.000 tendría que dedicarlos a cubrir la amortización de la deuda y los intereses.

Quedaría de remanente 4.900 millones de ingresos netos, sin contar los impuestos y tasas autonómicos; pero la Generalidad ya gasta anualmente, según su presupuesto de este año, muy moderado respecto a lo que venía siendo normal, 37.000 millones, con lo que el déficit inicial para gastos corrientes sería de 32.100 millones. La solución para cubrir la diferencia sería emitir todavía más deuda, aumentar exponencialmente la presión fiscal sobre los ciudadanos del nuevo Estado o una mezcla de ambas. En cualquier caso, el resultado sería que los catalanes tendrían mucha menos renta disponible para vivir.

Y aquí viene lo bueno, porque la consecuencia inmediata de una bajada brutal de la renta familiar es que los hábitos alimenticios se modifican notablemente. Las carnes rojas y las fritangas, auténticas bombas de colesterol, serían forzosamente sustituidas por un aumento de la ingesta de legumbres y verduras de las feraces riberas del Llobregat, y de fruta de la generosa tierra leridana. Por no hablar de los vinos catalanes, espumosos o no, muy justamente apreciados en todo el mundo por su calidad, cuyo consumo interior crecería marcadamente a consecuencia de las dificultades para la exportación hasta que no se resolviera el encaje institucional del nuevo Estado. El vino, rico en polifenoles, ejerce una acción anticancerígena clínicamente demostrada que –en el caso de los ricos caldos del Priorato, con sus intensos taninos– lo convierte prácticamente en la garantía de un envejecimiento muy saludable. Añadamos a estas dos evidencias que habría menos dinero para comprar coches o para viajar, con lo que necesariamente se producirían menos accidentes, y ya tendríamos la tercera feliz consecuencia que para la salud en general de los catalanes supondría un Gobierno de CiU decidido a proclamar la independencia.

No es seguro que la sardana vaya a desbancar en el mercado mundial al hip-hop, como reza el título de esta columna. De hecho, CiU no lo lleva en el programa. Pero tratándose de una suerte de tai-chi con deliciosas armonías musicales y procedente del lugar con los vejetes más longevos del planeta, yo de los productores de esa música tan moderna no estaría nada tranquilo.

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