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"Pregúntenme a mí"

Rajoy se reivindicó no como presidente y vicepresidente económico a la vez, sino como el Gobierno en su conjunto. “Pregúntenme a mí, por favor”, nos dijo a los periodistas, a propósito del desmadre de datos sobre cuánto necesitan la banca española.

Pablo Montesinos
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Querida Ketty:

Para el Gobierno, ni la semana pasada estábamos al borde del precipicio, ni en ésta empezamos a atisbar signos claros de recuperación. La situación sigue siendo grave y muy volátil. Un paso en falso, una declaración mal dada, puede hacer tambalear la pirámide de la confianza, aún tremendamente endeble. El presidente utilizó la semana para hacer gestiones de despacho. Habló con todos sus aliados europeos -principalmente, con Alemania y con Bruselas-, a quienes explica cada paso que va a dar, para abordar el único asunto que hoy por hoy ocupa su mente: el saneamiento de la banca.

El jueves recibió al primer ministro de los Países Bajos, Marck Rutte, en la Moncloa. Y escuchándole uno entiende lo difícil que deben de estar siendo las negociaciones en el seno de la Unión. Rutte se mostró partidario de abrir la mano y ayudar a los países amigos con problemas, pero puso una condición: equilibrar las cifras de déficit público para que aquellos que hayan cumplido no tengan que sufrir riesgos por culpa de quienes no han sido capaz de mantener a raya sus cuentas. Hasta entonces, nada de eurobonos, dijo tajante.

El “no” de Rutte, de la escuela de Merkel, es uno de los motivos por los que Rajoy insiste en que hay que ir a Bruselas con los deberes hechos; presentando los presupuestos más austeros de la democracia, habiendo metido en cintura a las comunidades y con las reformas necesarias puestas en marcha. En cuanto las instituciones comunitarias vean que algo falla, la pirámide vuelve a desestabilizarse y la incertidumbre regresa, interpretan en Moncloa. Y no hace falta que te diga que las vigas de sujeción no son muy gruesas.

En este contexto, tan etéreo que un día parece que la Bolsa se recupera como que vuelve a caer de forma estrepitosa -el viernes, todos volvieron estar atentos a la prima de riesgo-, el presidente llamó a huir del ruido, del baile de cifras, para definirse como único portavoz autorizado del Ejecutivo. Se reivindicó no como presidente y vicepresidente económico a la vez, sino como el Gobierno en su conjunto. “Pregúntenme a mí, por favor”, nos dijo a los periodistas, a propósito del desmadre de datos hechos públicos sobre cuánto necesitan las entidades españolas para recapitalizarse.

El mensaje no es nuevo. Ya lo utilizaba con insistencia cuando su casa era Génova y no la Moncloa. Por ejemplo, en materia antiterrorista. Cuando se le preguntaba por la denuncia de Jaime Mayor Oreja sobre una negociación encubierta del anterior Gobierno con la banda terrorista ETA, él siempre respondía que sólo era responsable de sus propias palabras; que él era quien dictaba la opinión del PP y que las interpretaciones o análisis de otros -aún siendo de sus mismas siglas- no eran las suyas.

Ahora en el poder, Rajoy lo reiteró: “Si quieren saber, pregúnteme a mí, a no ser que alguien sepa más que yo”. Estilo mariano, con esa media sonrisa y ese humor gallego que lleva por bandera, para advertir que no habrá cifra hasta que el FMI exponga su informe  y los evaluadores internacionales den su veredicto. “Daremos la cifra en cuanto oigamos a las personas contratadas. Tampoco es tan difícil de entender”, añadió.

No dio nombres, no reprendió a nadie en especial, pero muchos sintieron un escalofrío en el cuerpo y revisaron palabra por palabra lo dicho en los últimos días para saber si habían metido la pata. De nuevo, todo muy Rajoy. Un contundente aviso a navegantes, pese a que los hechos acabaron precipitándose. También lo hacía en la oposición. Tras ello, los suyos cogen el guante y callan, no vaya a ser. Un Rajoy que todo lo recuerda y que, pese al posible desgaste que la grave crisis económica le esté conllevando, ve como su sombra de poder interno es cada vez más grande. Hoy por hoy nadie tose al jefe, al menos en territorio nacional.
 

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