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Pablo Planas

Colau, una calamidad sin límites

El proceso separatista ha tapado la decadencia de Barcelona, una galopante carrera hacia la irrelevancia no ya en Europa sino en España.

Pablo Planas
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El proceso separatista ha tapado la decadencia de Barcelona, una galopante carrera hacia la irrelevancia no ya en Europa sino en España.
Inmaculada Colau. | EFE

El proceso separatista ha tapado la decadencia de Barcelona, una galopante carrera hacia la irrelevancia no ya en Europa sino en España. A finales del siglo pasado, la capital de Cataluña adoptó ínfulas de co-capital del Reino, pero fue un espejismo derivado del canto de sirena olímpico. Los alcaldes socialistas que siguieron a Maragall vegetaron mecidos en la inercia de los Juegos del 92, que fueron un éxito a pesar de Pujol, sus hijos y algunos de sus amigos, tres de ellos indultados por Sánchez: Rull, Turull y Forn.

Pero la ruina de Barcelona no es obra del separatismo, que rechaza tener un discurso sobre Barcelona porque le parece una especie de Sodoma y Gomorra llena de charnegos. No, la culpa es de un siniestro engendro llamado Observatorio Desc (por derechos económicos, sociales y culturales), donde en un momento infausto coincidieron personajes como Jordi Borja, modelo de comunista millonario y exteniente de alcalde de Maragall por la cuota del PSUC, Jaume Asens, Gerardo Pisarello, Ada Colau o Gonzalo Boye, el abogado de Puigdemont y Sito Miñanco condenado por el secuestro de Emiliano Revilla y procesado en la actualidad por un presunto delito de blanqueo de dinero procedente del narcotráfico.

La conjunción de semejantes individuos en el espacio y el tiempo degeneró en la elección de Ada Colau como alcaldesa en 2015, tras cuatro años de mandato del nacionalista Xavier Trias, uno de esos productos genuinos de la enfermiza pero supremacista burguesía catalana, un alcalde que fue el hazmerreír de los okupas, manteros y trileros que llevaron en volandas a Colau hasta el Ayuntamiento a las primeras de cambio, con campañas del tipo "Rodrigo Lanza [el pijoflauta chileno que dejó tetrapléjico a un guardia urbano y mató tiempo después a un hombre por llevar unos tirantes con la bandera de España] es una víctima de la mafia policial de Barcelona".

Tras un paso por el Ayuntamiento cuya sustancia consistió en retirar el busto del Rey del salón de plenos, Pisarello y Asens dieron el salto a la política nacional como escuderos de Pablo Iglesias. Ada, no. Ada y sus amigas más zotes se quedaron en Barcelona para seguir al servicio de sus conciudadanos inaugurando plazas por la República, quitándoles las calles a los héroes del 98 por franquistas (sí, como suena y como hicieron con el almirante Cervera, sustituido en el callejero por Pepe Rubianes), expulsando a empresas como la Nissan y promoviendo el modelo circulatorio de Pekín hasta los ochenta, todos en bicicleta, menos ellas, que disponen de una flota de monovolúmenes con los cristales tintados para preservar su intimidad de celebrities de Barcelona tipo Kardashian.

En los seis años que lleva al frente de la ciudad, Colau ha conseguido convertir Barcelona en un inmenso cagadero de perros, capital mundial de los narcopisos, paraíso de patinetes y bicicletas por las aceras, infierno del coche privado, meca de los carteristas, Las Vegas del botellón, del sexo al aire libre, del turismo de borrachera, de los okupas y del comercio, pero siempre que sea ilegal. Y a mayor abundamiento, ha puesto todo su empeño en romper lo poco que funcionaba bien con disparatadas restricciones al tráfico, una señalización en el pavimento que es una especie de homenaje a la decoración torturadora de las checas de la ciudad, unas terrazas para los bares en las zonas de aparcamiento que da grima verlas y la creación de unas supermanzanas cuya principal virtud es que han arruinado el comercio.

Barcelona huele mal en sentido literal, apesta a deposiciones humanas y cánidas, a orines de gato, a aguas fétidas a punto de desbordar las alcantarillas, a sudor y a falta de ventilación. Y es una ciudad insegura, peligrosa, violenta, en la que se dan palizas de muerte a los incautos que llevan relojes caros con tal de arrebatárselos, una ciudad en la que ya no se ven policías ni en coche ni mucho menos a pie, una urbe fallida, quebrada, fracasada, una catástrofe sin paliativos dirigida por una mujer cuya última ocurrencia es la de dar luz verde a un centro municipal de "nuevas masculinidades" para frenar las agresiones al colectivo LGTBI. Ni siquiera pasa por la cabeza de esa señora que si hubiera más policía, o algo de policía, tales agresiones tal vez no se producirían. En fin, una calamidad sin límites.

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