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Pablo Planas

Game over

Lo que no es en absoluto previsible es que Zapatero vaya a tener que afrontar unas consecuencias a la altura de los efectos de su gestión.

Pablo Planas
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Aún es pronto para establecer la cuantía del agujero económico causado por los más de siete años de Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Como es obvio, habrá que esperar al desalojo definitivo de La Moncloa para auditar en condiciones la herencia de Zapatero. Es más que previsible que la catástrofe alcance proporciones inéditas, de una cuantía incomprensible y hasta puede que de envergadura y perfiles judiciales.

Lo que no es en absoluto previsible es que Zapatero vaya a tener que afrontar unas consecuencias a la altura de los efectos de su gestión. El peor presidente de la historia democrática de España deja el poder con el mismo tono rumiante con el que lo ha ejercido, sin parecer consciente del descrédito acumulado, como si la crisis no fuera a oscurecer "logros" tales como el retorno de la última marca electoral de ETA a las instituciones, el Estatuto catalán que ha sumido al Tribunal Constitucional en una espiral de sumisión a intereses políticos que alcanzó el nivel de no retorno con la sentencia de Bildu o ese homenaje al rencor que constituye la Ley de Memoria Histórica.

No hay nada en el bagaje de Zapatero que merezca una revisión alternativa, nada destacable en lo positivo. Sin embargo, los rotos causados por su frivolidad, inconsistencia y relativismo tardarán años, por no decir décadas, en ser digeridos, asimilados y subsanados. La expresión lineal de cifras como los cinco millones de parados o los trescientos mil desalojos (y no precisamente de okupas o indignados) ejecutados en los últimos años no alcanza a describir las insoportables consecuencias para miles de familias del fiestorro que se han dado Zapatero y el PSOE en los últimos años a costa de los españoles, de sus recursos, sus opciones, su futuro y sus expectativas.

El rosario de milongas con el que se ha manejado Zapatero dejó de tener sentido tras la retirada de las tropas españolas de Irak, única promesa que cumplió, pero que tardó pocas semanas en ser matizada con el envío de soldados (en las precarias condiciones de siempre) a Afganistán. A partir de ese instante, al poco del inicio de su primera legislatura, el relato de Zapatero dejó de tener sentido; el guión estaba en blanco, al albur de los arrebatos de sectores tan minoritarios como militantes, en manos de la providencia de un Pangloss convencido de que el suyo era el mejor de los mundos posibles. En medio de ese largo tiempo muerto que va desde 2005 hasta hoy, España perdió el tren de la competitividad; acumuló desprestigio internacional a caballo de un presidente que vagaba solo en las cumbres internacionales y a quien las fotos era lo único que le interesaba; acumuló también tensión política, social y territorial en una acelerada carrera hacia la insolidaridad y la ruptura; y vivió un imparable retroceso en áreas como la educación, la investigación, la sanidad y la protección social. La deconstrucción de España, de sus estructuras sociales, culturales, políticas y económicas es el único legado de un presidente para olvidar. Game over. La fiesta ha terminado.

 

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