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Pablo Planas

La mirada catalanista de Madrid

El fenómeno catalanista de la caricaturización de Díaz Ayuso, de Vox y de Madrid alude al supremacismo separatista.

Pablo Planas
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El fenómeno catalanista de la caricaturización de Díaz Ayuso, de Vox y de Madrid alude al supremacismo separatista.
Rufián, en el Congreso. | EFE

Una gran parte de los periodistas y tertulianos de la Cataluña del proceso separatista contempla la política madrileña con indisimulado horror, como si en lugar de la vida pública de la capital de España observara la de Kabul. El espanto ante el supuesto fascismo que presuntamente asuela Madrid es sincero, lo cual tiene un enorme mérito. Quienes con más aspavientos condenan los sobres con balas dirigidos a políticos socialistas jamás dijeron ni una palabra sobre las amenazas de muerte, abucheos, insultos, agresiones y demás expresiones del independentismo frente a lo que tachan con desprecio de "unionismo". Pero es que ni una. Claro que tampoco dijeron nada cuando el sobre con balas iba dirigido a Isabel Díaz Ayuso, un envío procedente, por cierto, de Cataluña.

De lo que sí han hablado es de las vacunas que la Generalidad debe administrar a los agentes de la Policía Nacional y la Guardia Civil destinados en Cataluña. Han dicho, en la línea del doctor Argimon, que si se vacuna a los policías no se podrá vacunar a los ancianos. Tal cosa no ha sido óbice para que dos minutos después la consejera de Salud, la republicana Alba Vergés, anunciara la vacunación de la población de entre 50 y 59 años.

La cuestión es más o menos así. Vacunar a todos los Mossos no ha provocado ninguna discriminación ni víctimas colaterales; empieza a administrarse la vacuna a la gente de entre 50 y 59 años y, sin embargo, vacunar a la vez a los policías y a los guardias civiles es quitar la aguja de los brazos de los ancianos para ponerla en los de quienes no la necesitan o, peor aún, no la merecen. Pues la gente que defiende estos disparates de raíz balcánica es la misma que llama fascista a Isabel Díaz Ayuso o a Rocío Monasterio. No tiene una explicación lógica. Es el nacionalismo puro y duro, a dos pasos del fascismo de verdad.

Es cosa de ver cómo se rasgan las vestiduras los tertulianos del proceso porque el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, dijera aquello de "Seremos fascistas, pero sabemos gobernar". No es que no aprecien la ironía implícita en el mensaje, es que ni siquiera reparan en que Martínez Almeida es al fascismo lo que Pablo Iglesias al esfuerzo, la honradez o la sinceridad. Nada que ver, y no hace falta conocer en profundidad al alcalde de Madrid para llegar a esa conclusión. Pero todo vale, y más cuando se habla de Madrid desde Cataluña.

El fenómeno catalanista de la caricaturización de Díaz Ayuso, de Vox y de Madrid alude al supremacismo separatista, lo que está bastante más cerca del fascismo (porque es fascismo) que las declaraciones del alcalde. Las elecciones se siguen con sumo interés en Cataluña. El separatismo en pleno está con Iglesias, Mónica García y Gabilondo y aboga por una subida generalizada de los impuestos que convierta la Comunidad de Madrid en un infierno fiscal como el de la región catalana, donde se paga más por todo para que la Generalidad pueda abrir más embajadetas y Puigdemont viva como un monarca republicano en Waterloo.

Por lo demás, el año pasado, el de la pandemia, se registraron en Cataluña 380 incidentes de violencia política y odio ideológico, 349 perpetrados por individuos o grupos independentistas. Un informe del Observatorio Cívico de la Violencia Política en Cataluña desgrana así el estado de la cuestión en este oasis de la concordia: "Acoso y boicot a los contrarios a la secesión y escarnio a figuras y representantes del ámbito constitucional (46 incidentes); daños y deslucimiento de bienes del ámbito contrario a la secesión (43); injurias a representantes del constitucionalismo (24); enaltecimiento del terrorismo dirigido a los constitucionalistas (20); amenazas a los contrarios a la secesión (19); agresiones físicas a constitucionalistas (13)". Esta suma sólo tiene en cuenta los hechos concretos en lo que se podría denominar vida real, no las amenazas e insultos en redes sociales.

Muy mal se tendrían que poner las cosas en Madrid para alcanzar los datos de violencia real y odio digital y postal que rigen en la Cataluña del proceso independentista.

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