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La segunda vuelta del plebiscito catalán

Votar en Cataluña es, de nuevo, una prueba de fuego, un salto mortal sobre el alambre, un todo o nada.

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El separatismo está en estado de choque. Los sondeos son catastróficos. La marca local de Podemos y, lo que es peor, Ciudadanos son los favoritos para ganar las generales en Cataluña. El primer escenario no es del todo malo. A fin de cuentas, los de Pablo Iglesias comulgan con la rueda de molino del derecho a decidir, lo que permitiría a los nacionalistas camuflar su derrota y enarbolar otra vez la bandera del referéndum. En cambio, el segundo decorado, un triunfo de Ciudadanos, desmontaría el mito rural y la leyenda urbana de que la mayoría de los catalanes está por el Bye bye Spain.

Convergencia ha caído en su propia trampa. Cada comicio es un plebiscito, un paso más o hacia atrás en el camino hacia la independencia. Ninguna elección en Cataluña, sea local, autonómica, general o europea, se libra de la lectura particular en torno al fenómeno catalanista y las elecciones que vienen llevan la misma impronta. Pasó el tiempo en el que los politólogos atribuían al electorado catalán una inteligencia colectiva que les llevaba a votar socialista en las municipales, nacionalista en las autonómicas y Felipe en las generales. La fractura y dispersión del voto de los catalanes tenía más que ver con el fomento del abstencionismo en el área metropolitana de Barcelona en las autonómicas que con el cálculo infinitesimal del cuerpo electoral. Votar a González no era lo mismo que votar a Obiols, Nadal y Maragall, auténticos estandartes del más canónico catalanismo. El sistema de medios y el educativo condenaban cualquier alternativa. Hasta ahora.

Ciudadanos está en la diana de CDC y ERC porque en Cataluña tanto el PSC como, en menor medida, el PP dimitieron de la tarea de cuestionar el nacionalismo de castell, tortell y força Barça. El Podemos catalán es la versión estatal de la CUP. Lo quieren todo y lo quieren ya, más un referéndum de propina. Ciudadanos, por su parte, es la refutación total del nacionalismo. Si el partido naranja gana, el procés quedará seriamente afectado.

El candidato de los convergentes, Francesc Homs, y el de los republicanos, Gabriel Rufián, no suscitan simpatía ni entre sus votantes objetivos. Sus peroratas desmovilizan hasta a los más aguerridos nacionalistas. El primero por previsible y el segundo por inaudible. Ambos, en un pacto de no agresión, señalan a Ciudadanos. "Cuestionan la inmersión lingüística", se espantan. Y no sólo eso, compañeros del metal, sino que dudan seriamente del propio "hecho diferencial".

En el resto de España, las elecciones tienen un sesgo poliédrico, intereses múltiples, variables impredecibles. En Cataluña, por desgracia, el procés lo enfanga todo y provoca una galopante deslocalización de empresas, de empleo y de oportunidades. Votar en Cataluña es, de nuevo, una prueba de fuego, un salto mortal sobre el alambre, un todo o nada, la posibilidad de decir de nuevo al separatismo que este país es España.

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