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Pablo Planas

Sánchez: de traer a Puigdemont a reunirse con su vicario

El presidente del Gobierno da por bueno el golpe de Estado perpetrado por los separatistas en octubre de 2017.

Pablo Planas
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El presidente del Gobierno da por bueno el golpe de Estado perpetrado por los separatistas en octubre de 2017.
Sánchez y Torra | EFE

Carles Puigdemont ha triunfado, según la crítica independentista. Su irrupción en el Parlamento Europeo es una bofetada al Estado, coinciden los titulares de los medios en Cataluña. Contra viento y marea, el expresidente de la Generalidad se ha plantado en Estrasburgo, disfruta por el momento de inmunidad y dispone de nuevo de un potente altavoz en una cámara parlamentaria, resumen esos medios que solazan a sus lectores con las peripecias y aventuras del prófugo como si fuera el Llanero Solitario. Hay quien incluso le compara con el Papa, Trump, el Dalai Lama y Xi Jingping, cual es el caso de Ramon Tremosa, exdiputado convergente en la Eurocámara, profesor de Economía y uno de los más eficaces difusores de bulos en Cataluña, como aquel de la policía chilena arrasando a pacíficos manifestantes el 1 de octubre de 2017. El culto a Puigdemont está muy extendido en su región de origen.

Que Puigdemont se siente en el gallinero del Parlamento Europeo se debe a varias personas y factores. En primer lugar, tal hecho sería imposible sin la producción ejecutiva de Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría, que dejaron volar al pajarito a pesar de la acumulación de indicios sobre el carácter propenso al delito de personaje. Y es que el hombre campaba a sus anchas después de haber montado un referéndum ilegal, amagado con declarar la independencia una semana después y proclamado la república al término de un mes, no sin antes haberse fotografiado con cinco requerimientos incumplidos del Tribunal Constitucional a modo de piezas de caza mayor.

Tampoco habría sido posible esta película sin la imprescindible colaboración de las autoridades belgas y alemanas y los jueces bruselenses y de Schleswig-Holstein, que dieron carta blanca al prófugo al juzgar que lo que en su país sería un delito de alta traición severamente castigado no merecía ser tenido en cuenta si se cometía en España.

Mención especial merece también la legislación nacional, que permite que tipos que están en búsqueda y captura puedan concurrir a cuantas elecciones quieran. De tal modo que Puigdemont ha pasado de diputado en el Parlament a diputado en el Parlamento Europeo sin haber dejado de cobrar un solo mes y disfrutando al tiempo de un gabinete en calidad de expresidente de la Generalidad, aunque sus acólitos, los medios públicos catalanes, los diputados de su grupo, los de ERC, los miembros del Govern y el presidente de la Generalidad, Quim Torra, le traten de presidente. Y todo ello con una euroorden sobre su cabeza.

Tantas vicisitudes y correrías, tantos halagos y lisonjas, tantas cortesías políticas y judiciales han terminado, de momento, con Puigdemont y Comín, que en la Cataluña separatista son algo así como Batman y Robin, sentados en el Parlamento de Estrasburgo negándose a debatir con los eurodiputados del PP y Ciudadanos, en un extraordinario alarde de parlamentarismo inverso, nueva prueba del sentido de la democracia de los separatistas.

Por si todo esto no fuera de suyo escandaloso, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que prometió en campaña traer de vuelta a España a Puigdemont, se dispone ahora a agasajar y negociar con el representante del fugado, Quim Torra, un pato cojo inhabilitado que apura sus últimas horas como vicario del prófugo tratando de provocar en Cataluña la revuelta definitiva. Así es que reunirse con Torra con el peregrino argumento de que es el presidente de la Generalidad equivale a reunirse con Puigdemont, que a su vez es lo mismo que dar por bueno el golpe de Estado perpetrado por los separatistas en octubre de 2017.

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