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Terra Lliure en el Supremo

Que estén a punto de destrozarse entre ellos no significa que no sean tan peligrosos como lo fueron en aquellos días octubre.

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EFE

Los separatistas se odian casi tanto como odian a los demás y cada vez disimulan menos. Puigdemont no se habla con Junqueras y le repugna Torrent, el presidente del Parlament, al que no perdona que se haya inmiscuido en su defensa con la ridícula iniciativa abocada al fracaso de llevar el caso de su investidura al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Marta Rovira y Marta Pascal no se aguantan, pero aún soportan menos a Elsa Artadi. En el catalanismo, todo el mundo odia a todo el mundo y al huido le llaman "el pastelero loco", según ha desvelado el exdiputado comunista Joan Coscubiela.

Es tal la aversión que sienten unos por otros que la cupera Mireia Boya le ha dicho al juez Llarena que la proclamación de la república no era "cosmética", que el plan consistía en su aplicación por las bravas, "efectividad real", ha detallado la joven anticapitalista, que se olvidó de anotar en su declaración de bienes en el Parlament que era la flamante copropietaria de un hotel rural en el Valle de Arán.

Así es que Junqueras alega en un recurso ante el Tribunal Constitucional que la independencia de Cataluña fue la expresión floral y retórica de una "voluntad política", mera "libertad de expresión" sin consecuencias jurídicas, mientras que Boya, en pleno ejercicio de sus libertades deambulatorias, sostiene que una leche, que aquello fue real, concreto y no había letra pequeña. Era república o república y ese sigue siendo el juego. Todo el mundo disimula, pero nadie le lleva la contraria. Ejemplo de "serena firmeza", ha tuiteado Lluís Llach, tal vez sin reparar en que la firmeza de salón son más barrotes para Junqueras.

Los chicos y chicas de la CUP ya se cargaron a Mas y no parece que les impresione el líder de ERC o que sus palabras en sede judicial revienten la defensa de los golpistas presos y de los que están en libertad bajo fianza. Eso sí, la garrida cupera se ha escudado en la naturaleza asamblearia de su partido para quitarse de en medio en lo del directorio separatista, aquel comité estratégico de Puigdemont, Homs, Mas, Madí, Oriol Soler, el exterrorista Francesc Vendrell, Junqueras, los Jordis y Rovira, entre otros, que dictaba los pasos a seguir mientras en las calles se cocía una insurrección abortada por las dos grandes manifestaciones a favor de la unidad de España que se produjeron en Barcelona el 8 y el 29 de octubre.

En una cosa coinciden los nacionalistas que pasan por el Supremo. Todos dicen que no hubo violencia, pero la hubo y la hay porque persisten los señalamientos, los ataques a periodistas y políticos no nacionalistas, el hostigamiento y la muerte civil de los disidentes, el acoso a los padres que denuncian la inmersión lingüística, la difusión masiva del puro odio a los españoles en el sistema escolar y en TV3 y el propósito nada disimulado de ahondar en la balcanización de Cataluña. ¿Cómo pueden decir que son pacíficos cuando se ponen a pegar vivas a la banda Terra Lliure delante del mismo Supremo?

Que sean patéticos y ridículos, que envíen mensajes de vergüenza ajena como los de Puigdemont a Comín, que estén a punto de destrozarse entre ellos no significa que no sean tan peligrosos como lo fueron en aquellos días octubre.

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