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Últimas horas con Torra

El proceso ha entrado con Torra en un nuevo estadio del lenguaje, el previo a la violencia.

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EFE

Quim Torra no para de soltar arengas. Es una máquina de pronunciar soflamas, un titán de las palabras inflamadas, el voceras de las trincheras separatistas. Ni Mas, Junqueras o Puigdemont le llegan a la suela de la chiruca en materia de retórica insurgente. El proceso ha entrado con Torra en un nuevo estadio del lenguaje, el previo a la violencia. Aquello de "apretar" que les dijo a los Comités de Defensa de la República (CDR) sólo fue el aperitivo de la disparatada escalada dialéctica que ha emprendido el suplente de Puigdemont.

Torra se vende a sí mismo como un editor (arruinado) con un pasado de ejecutivo (despedido) en una multinacional de los seguros, un hombre corriente que hace especial hincapié en dos cosas: que no procede de los partidos, sino del activismo independentista, y que su prole milita en los CDR. Bajo la pretendida apariencia de intelectual y hombre de letras, Torra es infinitamente más peligroso que sus predecesores, pues carece del punto escéptico y pragmático del oficio político.

El último presidente de la Generalidad era hasta hace nada un hombre que pululaba en el entorno de Convergencia para ver qué había de lo suyo tras haber sido cesado por Colau como director del Museo del Borne en 2015, sinecura que le proporcionó el exalcalde nacionalista Trias después de fracasar como ejecutivo y editor.

Tras dos años de dar tumbos encontró acomodo en la lista de amigos de Puigdemont en las "ilegítimas" autonómicas convocadas por Rajoy y de ahí a la fama absoluta, presidente de la Generalidad con la misión de hacer efectivos los mandatos bananeros del referéndum ilegal del 1-O y las regionales del 21-D. Ni en sueños se había visto en semejante tesitura. Él, un simple fan del pistolerismo catalanista de los años treinta y sus teorías racistas previas, convertido en el sucesor de peligros públicos como los trastornados Macià y Companys y de corruptos del empaque de Jordi Pujol.

No se lo acaba de creer todavía, pero tiene claro que estará a la altura de sus catastróficos antecesores. Quiere pasar a la Historia y Puigdemont ha dejado el listón muy alto con su fuga, tan alto que a Torra sólo le queda la cárcel o la ruina, tal vez las dos cosas, para ser algo más que el muñeco del ventrílocuo de Waterloo en la tragicomedia catalana.

Está pidiendo caña, no pares, sigue, sigue. Es consciente de que puede acabar en la cárcel, pero le encanta. Daría sentido a sus únicas lecturas. No hace otra cosa que regar con gasolina a pesar de las pistas de aterrizaje que el Gobierno tiende a los golpistas. Con ocasión del 78 aniversario del fusilamiento de Lluís Companys, ha dado un paso más en su deriva. Le está ofreciendo Sánchez al separatismo una oferta inmejorable, dinero, más competencias y amnistía, y Torra amenaza con echarlo todo a rodar con sus discursos de comandante de salón, como el que se largó este lunes con ocasión del 78º aniversario del fusilamiento de Companys. "La causa justa de la libertad de Cataluña es una causa por la que vale la pena luchar hasta las últimas consecuencias", ha depuesto Torra frente a la tumba del nefasto personaje.

El tipo apela al 1-O y al 3-O, el día de la huelga salvaje que los separatistas perpetraron desde la Generalidad, para retar de nuevo al Estado. De perdidos al río es su divisa. De puro bruto se ha convertido en el principal problema para el golpe de Estado. Con un individuo tan hiperventilado no hay quien negocie nada, protestan los socialistas y lamentan los republicanos. Sobrevive porque el mundo es de los osados. Está en la misma situación que su colega Sánchez. Dependen uno del otro para aprobar sus presupuestos. La coyuntura no puede ser mas potencialmente devastadora.

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