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El miedo andaluz y el voto útil

El miedo andaluz es el miedo a cambiar un rumbo que históricamente no le ha conducido más que a la dependencia de una Administración obesa y sectaria.

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Decía Manuel Halcón que el miedo andaluz era el miedo a los muertos. No. En el monólogo de esta región fría, que declama políticamente Andalucía desde hace 40 años, el miedo andaluz es el miedo a cambiar un rumbo que históricamente no le ha conducido más que a la dependencia de una Administración obesa y sectaria incapaz de sacarla del hoyo del paro y el atraso respecto a las demás regiones de España y Europa. En este agujero la metieron entre muchos –los Gobiernos de España incluidos, que beneficiaron sobre todo a las regiones vasca y catalana desde el siglo XIX, como han subrayado Velarde Fuertes y muchos otros–, y ella sola cayó en él por no defender ni sus industrias incipientes ni su banca emergente ni sus puertos ni sus ciudadanos ni su futuro ni nada. Luego tuvo la mala fortuna de ser víctima de los embaucadores socialistas, y no sólo ellos, que mercadearon con los derechos de primogenitura del desarrollo económico que merecíamos por un plato de lentejas y la continuidad de los privilegios de los separatismos. Cuarenta años llevaremos pronto de esa gran operación de maquillaje que ocultó los moratones de la agresión con un AVE, una Expo y un falso andalucismo de bandera, que no de euros per cápita, empleo y educación superior. Quejíos, muchos. Pero miedos, más.

Está de moda desde hace unos años el liberalismo del miedo oriundo de Harvard, taponado por los intelectuales orgánicos al servicio de la izquierda y, tomen nota, también por la derecha infeliz. Pero el miedo andaluz no se refiere a la crueldad del retraso económico y social, no aprende del pasado y de la experiencia de las malas recetas fracasadas, no se dirige a unos partidos que ocupan las instituciones acumulando todos los poderes sin ser garantía contra los abusos y exclusiones. No, no. El miedo andaluz es un miedo a todas luces no racional que responde con inmovilismo a toda propuesta de romper la rutina de su reflejo eficazmente condicionado por una izquierda inútil. O eres de izquierda o no eres andaluz, reza su lema, aunque sufras en el purgatorio de los últimos lugares de bienestar de España y Europa. La falsa utopía se impone a la realidad en esta tragedia inacabada.

Pero ¿puede acabarse? Claro que se puede, a pesar de que los partidos del centroderecha andaluz hayan hecho todo lo posible por machacar la esperanza de una mayoría que quiere el cambio. Pero ahora es el momento del realismo, del auténtico voto útil que, para esta región desaprovechada y humillada, no es otro que el voto del cambio hacia un Gobierno más liberal y eficaz.

Las últimas encuestas calientes de ayer, si se leen con esmero, apuntan a que a la alternativa del cambio apenas le quedan unos escaños, cada vez menos, para poder componer una mayoría de reforma y desarrollo. Por ello, a seis días ya de las elecciones, hagamos un esfuerzo por unir afanes para conseguir el fin del miedo andaluz. Nada de abstención, nada de voto en blanco, nada de errores intencionados. Vayamos a las urnas el 2 de diciembre para cumplir nuestro deber de cambiar Andalucía y cambiar España, encajonadas en rutas muy peligrosas. Los descontentos con el régimen que asola el Sur, que superamos el 60 por ciento de la población, estamos obligados a levantarnos contra el miedo y la resignación y votar a la opción de cambio que prefiramos, pero cambio. Dado que el voto al PSOE es un voto demostradamente inútil y que Podemos apuntalará su tela de araña, la utilidad real estará en votar a quienes pueden acabar con esta pesadilla interminable. Tengamos miedo, no a la libertad ni a sus mejoras, sino a seguir como estamos, encadenados a la cola de todo. Nada está escrito.

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